El Administrador de la Bendición

Derek Prince
*First Published: 2008
*Last Updated: marzo de 2026
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El Espíritu Santo es el administrador de toda la herencia en "la bendición de Abraham" (Gálatas 3:14). En Génesis 24, encontramos una hermosa historia para ilustrar esta verdad. La historia cuenta como Abraham obtuvo una novia para su hijo Isaac. Es una parábola muy simple pero bella, con cuatro personajes principales, tres de los cuales son los siguientes: Abraham, quien representa a Dios el Padre; Isaac, el hijo de Abraham, quien representa a Jesús, el Hijo unigénito de Dios; y Rebeca, la novia, quien representa a la iglesia (la novia de Cristo). Hay otro individuo, y él es, en un sentido, el personaje principal. Ese personaje es el siervo anónimo, quien representa al Espíritu Santo. Si leemos el capítulo con esas personalidades en mente, nos revelará verdades casi ilimitadas.
Note que, al principio del capítulo, dice que todo lo que Abraham poseía estaba bajo el control del siervo. Él era el administrador de toda la herencia de Abraham, el padre y de Isaac, el hijo. Eso también es verdad con respecto al Espíritu Santo; Él es el administrador de toda la riqueza de la Divinidad. Nosotros somos herederos de Dios y coherederos con Jesucristo. Pero el administrador de nuestra herencia es el Espíritu Santo. Separados del Espíritu Santo, no podemos recibir o disfrutar de nuestra herencia.
Cuando la Biblia describe nuestra herencia como hijos de Abraham, se refiere específicamente a recibir la promesa del Espíritu, el único que puede lograr que nos apropiemos de toda la bendición que es nuestra herencia. La bendición de Abraham es "en todas las cosas" (Génesis 24:1), pero el administrador de la bendición es el Espíritu Santo. Así que, en Gálatas Pablo específicamente hace referencia de recibir la promesa del Espíritu.
*Prayer Response
Gracias, Jesús, por Tu obra en la cruz. Proclamo que el administrador de mi herencia es el Espíritu Santo, y recibo la promesa del Espíritu por fe—“la bendición de Abraham” en todas las cosas—porque Jesús fue hecho maldición para que yo pudiera entrar en la bendición. Amén.
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