En esta carta, continúo con el tema de mi carta anterior: la adoración. En la primera carta, vimos la adoración sincera a nuestro Padre Celestial. En esta lección, exploraremos cómo la verdadera adoración es la manera de ofrecernos nosotros mismos, nuestras vidas, a Dios.

En el Salmo 96:8, el salmista establece una condición fundamental para acercarse a Dios: «Traed ofrenda y venid a sus atrios». En Éxodo 23:15, el Señor afirma: «Ninguno se presentará delante de mí con las manos vacías».

Podemos presentar a Dios muchos tipos de ofrenda: acción de gracias, alabanza, dinero, pertenencias, servicio, la obra de nuestras manos. Sin embargo, es en adoración que presentamos ante Dios nuestra ofrenda suprema: nosotros mismos. Cualquier actividad religiosa que no nos lleva a entregarnos a nosotros mismos a Dios no es verdadera adoración.

De los diferentes tipos de ofrenda en el Antiguo Testamento, la que simboliza nuestra ofrenda a Dios es la ofrenda de cereales (véase Levítico 2:1-11). Esta contiene algunos principios importantes que deben guiarnos en nuestra adoración.

Para que nuestra adoración sea aceptable ante Dios, al ofrecerle nuestra vida, ésta debe ser “bien molida”— en otras palabras, nuestra vida debe estar completamente sometida a las disciplinas de Dios. No puede haber ningún “grumo” de desobediencia o de terquedad.

Había dos cosas que se ofrecían junto con la ofrenda de cereales: aceite e incienso. El aceite, que representa el Espíritu Santo, nos recuerda que para que nuestra ofrenda sea aceptable, debemos depender del Espíritu Santo.

El incienso es una resina aromática que en sí no tiene nada de particular, pero que cuando se quema, despide una fragancia muy especial. Este aroma representa nuestra adoración que sube delante de Dios.

De esta ofrenda, sólo un puñado de la harina y del aceite se quemaba sobre el altar ante el Señor; todo el resto se le daba al sacerdote. Sin embargo, todo el incienso se quemaba exclusivamente como sacrificio al Señor. Esto nos advierte que ningún ser humano debe recibir ni siquiera un rastro de la adoración del pueblo de Dios. Los líderes que permiten que sus seguidores les ofrezcan algo que equivalga a adoración quedan bajo el juicio de Dios. Esta es una de las razones por las que en las últimas décadas algunos ministerios carismáticos han terminado en desastre.

Ninguna ofrenda de cereales debía ir acompañada de levadura, ni de miel (versículo 11). En 1 Corintios 5:8. Pablo habla de “los panes sin levadura, de sinceridad y de verdad”. Por lo tanto, la levadura representa cualquier tipo de hipocresía o falsedad.

El hecho de que la ofrenda tampoco podía ir acompañada de miel saca a relucir aún más esta idea. La miel es dulce al paladar, pero a diferencia del incienso, no resiste el fuego. Al ser quemada, se vuelve un pegote negro. Cuando adoramos, debemos evitar el uso de frases religiosas huecas, así como de cualquier tipo de exageración. No debemos aventurarnos a hacer cualquier compromiso o pronunciamiento que no pueda pasar la prueba del fuego.

Finalmente, toda ofrenda de cereales debe ser sazonada con «la sal del pacto» (Levítico 2:13). Dios establece una relación permanente con el hombre solo sobre la base de un pacto, es decir, un compromiso mutuo entre Dios y el hombre. Dios se compromete con el creyente, pero a cambio, este debe comprometerse con Dios. La adoración que no procede de un compromiso de pacto es «sin sal» e inaceptable.

Acceso a Dios

En el Salmo 100:4, el salmista señala dos pasos sucesivos que debemos dar para acercarnos a Dios: entrar por sus puertas con acción de gracias y por sus atrios con alabanza. Primero entramos por sus puertas con acción de gracias, y luego pasamos por sus atrios con alabanza. De esta manera, entramos directamente a la presencia de Dios. Si no entramos de esta manera, podemos orar a Dios y Él nos oirá, pero estaremos orando desde lejos.

Seremos como los diez leprosos descritos en Lucas 17:12-19. Podemos clamar a Jesús desde lejos, y él nos escuchará y tendrá misericordia de nosotros, pero no podemos acercarnos a él.

Es significativo que el único leproso que se acercó a Jesús fue el que regresó a darle gracias. Jesús le dijo: «Tu fe te ha sanado» (en griego, «te ha salvado»). Los diez leprosos fueron sanados, pero solo el que dio gracias también fue salvo.

En el Salmo 95:1-7, el salmista nos guía a través de los mismos dos pasos de acercamiento a Dios: acción de gracias y alabanza. Pero luego nos lleva un paso más allá: a la adoración. Los versículos 1 y 2 describen una alabanza y acción de gracias en voz alta y jubilosa. Los versículos 3, 4 y 5 dan la razón de nuestra alabanza: la magnificencia de la creación de Dios. Pero en el versículo 6 pasamos a la adoración:

Venid, adoremos y postrémonos; arrodillémonos ante el Señor nuestro Hacedor.

Una vez más vemos que la adoración se expresa en una postura de nuestros cuerpos: postrándonos y arrodillándonos.

El versículo 7 revela la razón por la que debemos adorar: «Porque él es nuestro Dios». La adoración pertenece única y exclusivamente a Dios. Aquel a quien adoramos es nuestro Dios.

Pero la última línea del versículo 7 nos lleva aún más lejos: «Si oyereis hoy su voz». Tras la alabanza enérgica y jubilosa de los versículos anteriores, sigue una quietud especial, que solo surge de la adoración. En la quietud, solo oímos un sonido: la voz del Señor. En tal contexto, Dios puede hablarnos con una claridad y una autoridad que no se pueden encontrar de otra manera.

La quietud es parte esencial de la verdadera adoración. Debemos llegar a un punto en el que no tengamos peticiones de oración, agendas personales ni límite de tiempo. Nuestro único deseo es estar en la presencia de Dios. Lo que sigue después debe proceder de la iniciativa de Dios, no de la nuestra.

Sentado a los pies de Jesús

En Lucas 10:38-42, María (la hermana de Lázaro y Marta) nos da un modelo a seguir: se sentó a los pies de Jesús y escuchó su palabra. Marta, en cambio, estaba «distraída con muchos quehaceres». Le pidió a Jesús que le dijera a María que la ayudara, pero Jesús respondió: «Una cosa es necesaria, y María ha escogido la mejor parte, la cual no le será quitada».

¿Cuántos siervos dedicados de Dios hoy están como Marta, «distraídos con muchos quehaceres»? Están demasiado ocupados para «perder el tiempo con Jesús», simplemente sentados a sus pies.

El resultado del tiempo que María pasó a los pies de Jesús se describe más adelante, en Juan 12:3-7. Mientras los demás discípulos estaban sentados a la mesa comiendo, «María tomó una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, y ungió los pies de Jesús, y los enjugó con sus cabellos; y la casa se llenó del olor del perfume» (v. 3, NVI ). Este fue un acto de adoración, que se expresó en la fragancia que llenó la casa.

Los demás discípulos la criticaron por “derrochar” un perfume tan caro, pero Jesús aprobó lo que había hecho, diciendo: “Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto”. (v. 7).

Parece que entre todos los discípulos, María era la única que entendía en ese momento que Jesús tenía que morir. ¿Habrá adquirido este conocimiento al estar sentada a los pies de Jesús?

Era una práctica judía aceptada ungir el cuerpo que se preparaba para el entierro. Sabiendo que Jesús había de morir, María ungió su cuerpo con el ungüento más caro que tenía. Fue la única que tuvo este privilegio. Más tarde, las demás mujeres vinieron a la tumba para ungir el cuerpo de Jesús (Véase Marcos 16:1), ¡pero llegaron demasiado tarde! Jesús ya había resucitado de entre los muertos.

¡Ojalá el pueblo de Dios de hoy se tomara un tiempo para sentarse a los pies de Jesús! Sin duda, entonces seríamos más generosos en nuestra adoración. Quizás también estaríamos abiertos a esa revelación especial que no se recibe de otra manera.

El Modelo de Adoración en el Cielo

La visión de Isaías de los serafines nos ofrece un vistazo de la adoración tal como se realiza en el cielo (véase Isaías 6:1-8). La palabra serafín está directamente relacionada con la palabra hebrea que significa «quemar». Los serafines eran criaturas ardientes. Cada uno tenía seis alas (mientras que los querubines de Ezequiel 1:6 tenían cuatro).

La adoración de los serafines se manifestaba de dos maneras: mediante una expresión oral y mediante una acción corporal. Con sus bocas proclamaban: «Santo, santo, santo es el Señor de los ejércitos». «Santo» es el único adjetivo en las Escrituras que se aplica tres veces al Señor en una misma oración.

Los serafines usaban sus alas de tres maneras. Con dos se cubrían el rostro; con dos se cubrían los pies; con dos volaban. Cubrirse el rostro y los pies era un acto de adoración. Volar era un acto de servicio. Usaban cuatro alas para la adoración y solo dos para el servicio.

El pueblo de Dios en la tierra necesita seguir este modelo. Primero, debemos poner el doble de énfasis en la adoración que en el servicio. Segundo, debemos reconocer que el servicio eficaz debe surgir de la adoración. Es en nuestros momentos de adoración que recibimos revelación y dirección para nuestro servicio.

En Apocalipsis, capítulo 4, somos llevados a la sala del trono celestial. En este breve capítulo de 11 versículos, la palabra «trono» aparece 14 veces. Es desde aquí que se gobierna el universo. El énfasis principal está en la adoración.

Los seres vivientes de seis alas aparentemente corresponden a los serafines de la visión de Isaías. Su tema es el mismo: la palabra «santo» se pronuncia tres veces: «Santo, santo, santo».

En el capítulo 5, la atención se centra en el León de la tribu de Judá, el Cordero inmolado, de pie en el centro del trono. Su presencia es un recordatorio eterno de que la victoria se alcanza al entregar la vida. Del trono se extienden círculos de adoración en constante expansión que finalmente abarcan todo el universo.

Primero, están los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos, que se postran y cantan un cántico nuevo (vv. 8-10). Luego, millones de ángeles proclaman a gran voz: «¡Digno es el Cordero!» (vv. 11-12). Después, todas las demás criaturas del cielo, de la tierra, debajo de la tierra y del mar se unen en un coro de bendición al que está sentado en el trono y al Cordero (vv. 13-14). El clímax es un «¡Amén!» final de los cuatro seres vivientes y los veinticuatro ancianos (v. 14).

El Único digno de ser el centro de tal adoración es el Cordero inmolado. Si nuestra adoración en la tierra ha de ser como la adoración en el cielo, tendrá que enfocarse en lo mismo: El que está sentado en el trono y Jesús, el Cordero, que está de pie delante de él.

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