Me alegro de estar nuevamente con usted para continuar con nuestro tema de esta semana “El temor de Dios”, yo creo que este es un tema que inevitablemente deberá retarnos a reexaminar nuestra relación personal con el Señor, incluyéndome a mí.

En mi charla de ayer compartí con usted sobre: El temor a Dios en la vida de Jesús, y cité principalmente a Isaías capítulo 11, versículos del 1 al 3, donde leemos las palabras concernientes a Jesús como el Mesías predicho:

“Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces. Y reposará sobre él el Espíritu de Jehová; espíritu de sabiduría y de inteligencia, espíritu de consejo y de poder, espíritu de conocimiento y de temor de Jehová. Y le hará entender diligente en el temor de Jehová.”

Vemos que hay siete aspectos del Espíritu Santo, el Espíritu del Señor: El primero, el Espíritu del Señor mismo, el espíritu que habla en primera persona como Dios. Luego el Espíritu de sabiduría, de inteligencia, de consejo, de Poder, de conocimiento y de temor de Jehová. El aspecto culminante del Espíritu Santo que descansa en Jesús es el temor de Dios.

Eso es en particular lo que se resalta para hacer énfasis en el comentario del siguiente versículo, “Y le hará entender diligente en el temor de Jehová.” Y apunté ayer que si Jesús el hijo de Dios sin pecado, necesitaba el temor a Dios, y si el Espíritu Santo, tercera persona de la trinidad se lo impartió a Jesús, entonces ¿Cuánto más necesitamos usted y yo el temor de Dios si vamos a llevar una vida que glorifique a Dios y que sea agradable a Él?.

Hoy vamos a continuar y tomar a la iglesia primitiva como nuestro patrón, y estaremos considerando el temor de Dios en la iglesia primitiva, como se describe para nosotros en el Nuevo Testamento. El primer pasaje que veremos será en Hechos capítulo 9, versículo 31, esta es una descripción de las primeras iglesias en Judea, Galilea y Samaria; habían pasado un tiempo de persecución que había incitado principalmente Saulo de Tarso, que recién se había convertido y llegó a ser el apóstol Pablo, y después del tiempo de persecución entraron en un tiempo de descanso y bendición. Y así es como el escritor del libro de los Hechos describe esta situación. Hechos 9:31:

“Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo.”

Quiero que note ese equilibrio, es algo que aparece en todas las escrituras, es algo que en realidad no cabe en nuestra manera normal y carnal de ver las cosas, el equilibrio está entre el temor de Dios y el fortalecimiento y el consuelo del Espíritu Santo. Hemos visto ya por el ejemplo de Jesús que es el Espíritu Santo quien pone en nosotros el temor de Dios. Pero es el Espíritu Santo, igualmente, quien nos consuela. Y lo que quiero enfatizar hoy, de esta lección de las primeras iglesias, es que nunca debemos separar estas dos cosas: el temor de Dios y el consuelo del Espíritu Santo.

Muchos de nosotros diríamos, bueno, lo que en realidad necesito es consuelo, ánimo, ¿verdad?; pero si usted recibe consuelo y ánimo sin el temor a Dios, no hará por usted lo que verdaderamente necesita. Es capaz de hacerle descuidado, orgulloso o engreído, no producirá por sí mismo el resultado que necesita, el resultado que Dios quiere. El consuelo del Espíritu Santo debe estar equilibrado por el temor de Dios, el temor reverente del Señor que también es inspirado por el Espíritu Santo. No debemos separarlos. Y también quiero sugerir que no debemos invertir el orden. No ponga el consuelo antes que el temor. Esa tendencia es de inclinación natural de todos los que dicen: en verdad necesito consuelo, necesito aliento, necesito ayuda. Pero la palabra inspirada de Dios pone el temor de Dios y luego el consuelo. Yo creo que allí está la seguridad para todos nosotros.

Y luego quiero que note los resultados, dice: “Las iglesias tenían paz, eran edificadas y se acrecentaban, crecían en número”, así que hay tres resultados en la iglesia cristiana, en la vida de los cristianos del equilibrio entre el temor de Dios y el consuelo del Espíritu Santo.

Primero, que todo tenemos paz, y recuerde lo que dije anteriormente en esta charla, que los otros tipos de temor no imparten paz, ese es un aspecto distintivo del temor de Dios que imparte paz. Segundo, que fueron edificados, se hicieron más fuertes. Y tercero, se acrecentaban o fueron multiplicados, crecían en número.

En estos tiempos oímos mucho sobre el crecimiento de la iglesia y yo creo en eso, yo creo que las iglesias deberían crecer, pero yo quiero sugerirle que esto es en realidad el patrón divino para el crecimiento de la iglesia; el temor a Dios equilibrado con el fortalecimiento del Espíritu Santo que produce primero paz; segundo, edificación de los creyentes y tercero, crecimiento numérico. Y quiero dar mi opinión que si alcanzamos crecimiento numérico sin el temor de Dios, para empezar los resultados serán muy superficiales y temporales; he visto iglesias crecer como hongos y marchitarse como hongos también, y se marchitaron porque no tenían sus raíces en el temor de Dios.

En el nuevo Testamento el temor de Dios también nos es inculcado como cristianos en nuestras relaciones personales, hay un versículo muy breve pero muy importante en Efesios 5:21, que habla de cómo debemos relacionarnos el uno con el otro, dice así:

“Someteos unos a otros en el temor de Dios.”

Es importante que vea dos cosas. Primero, Dios requiere que tengamos una actitud sumisa y humilde hacia los demás creyentes. Segundo, la razón que debemos tener esta actitud es el temor de Dios, si vemos a los demás creyentes y juzgamos sus caracteres y sus problemas, muchas veces podríamos decir: No veo ninguna razón para someterme a una persona como esa, soy tan bueno como él y tal vez mejor! Pero si usted piensa así no está pensando en el temor de Dios, la razón por la que debemos someternos el uno al otro es porque tememos a Dios. Dios dice que debemos someternos los unos a los otros, y si no lo hacemos no estamos caminando en el temor de Dios.

Yo he visto muchos cristianos aparentemente exitosos, con ministerios poderosos que no están de ninguna manera preparados para sujetarse a otros creyentes, ni aún a ministros, y sobre eso solo tengo un comentario que hacer con base en las escrituras: Podrán tener éxito pero no están caminando en el temor de Dios,, y yo sospecho que su éxito será muy corto.

Continuando en el Nuevo Testamento, quiero darle una importante razón final, incambiable de porqué debemos cultivar el temor de Dios en nuestras vidas. Esta razón la da el apóstol Pedro en 1 Pedro capítulo 1, versículos 17 al 19:

“Y si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación; - note las palabras: conducíos en temor- sabiendo que fuisteis rescatados de vuestra vana manera de vivir, la cual recibisteis de vuestros padres, no con cosas corruptibles, como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como de un cordero sin mancha y sin contaminación.”

Note primero que todo que esas palabras no fueron dirigidas a pecadores, están dirigidas al pueblo creyente y redimido de Dios, es a ellos que les dice Pedro: “conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación”. Y nos da dos razones de por qué debemos tener esta actitud de temor reverente. Primero dice: Tendremos que dar cuentas de nosotros mismos a Dios, nuestro Padre; él dice que el Padre que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, nos espera un juicio; no es un juicio de condenación sino uno de evaluación de nuestras vidas, servicios, de nuestra fidelidad; necesitamos recordar siempre que vendrá un tiempo como dice el apóstol Pablo: Cada uno de vosotros dará cuenta de sí, de las cosas hechas en la carne, sea bueno o malo. Yo creo que eso es algo que todos nosotros debemos tener en cuenta continuamente.

La segunda razón es: El precio que Dios está dispuesto a pagar por nuestra redención, “fuisteis rescatados no con cosas corruptibles como oro o plata, sino con la sangre preciosa de Cristo, como la de un cordero sin mancha y sin contaminación”. Nuestra redención fue pagada con la cosa más preciosa del universo, eso nos debería hacer vivir en el temor reverente del Señor, no sea que hagamos algo que le desagrade o deshonre al que pagó tremendo precio por nosotros.

Les daré un ejemplo muy simple: usted va a una tienda y compra un reloj muy barato, unos cuantos dólares, usted no se preocupa muchos de cuidarlo pero suponga que usted va a otra tienda, una tienda de mucha clase, y usted compra un reloj muy caro y hermoso, puede ser de oro y tener muchas joyas, usted paga mucho por él; le pregunto ¿Cuál reloj va a cuidar más?... obviamente el que costó más. Y por eso es que debemos tener cuidado de la manera en que vivimos, por el tremendo precio que pagó Dios a través de la sangre de Jesús por nuestra redención.

Nuestro tiempo de hoy terminó, regresaré mañana a la misma hora, para ver el temor de Dios desde otro punto de vista, como la única fuente de sabiduría.

Como
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