Me alegro de estar nuevamente con usted al llegar a la conclusión de otra semana.

En charlas previas de esta semana hemos visto que la perseverancia es un elemento esencial en un carácter cristiano fuerte y exitoso y a menos que la cultivemos, no podemos esperar ser verdaderamente exitosos como cristianos.

Ayer compartí dos pasos importantes para alcanzar perseverancia; el primero hacer un compromiso firme y sin reservas con el Señor Jesucristo, y di el ejemplo de una actriz que tenía que decidir entre Cristo y el mundo, y al orar le dijo esto al Señor: “Ayúdame a darte un sí incondicional”. De eso estoy hablando, de darle un sí incondicional a Dios.

El segundo que tratamos ayer fue: mantenga sus ojos en lo invisible; vimos el ejemplo de Moisés, él permaneció como viendo al invisible y Pablo habla de ver en el espejo de la palabra de Dios y ver el mundo invisible; ver la gloria y ser transformados a la imagen de lo que vemos. Y luego nos advierte que solo la aflicción puede producir en nosotros este bendito resultado solo mientras mantengamos nuestra vida en lo invisible, y termina con esta frase “las cosas invisibles son eternas, las cosas visibles son temporales o transitorias o impermanentes”, y estamos tratando con lo eterno y lo permanente.

Hoy voy a compartir dos pasos más para alcanzar esta meta de la perseverancia, siguen naturalmente a los primeros dos. Así que el número tres es: No se dé por vencido aún cuando caiga; usted dice: No quiero caer, eso es bueno, yo tampoco quiero caer, pero la mayoría caemos en algún tiempo u otro en el curso de la vida cristiana. Hay algunos que lo han logrado sin caer, yo no puedo decir que soy uno de ellos, pero sí le puedo decir esto: Cuando he caído no me he dado por vencido. Primero, porque no había nada a que volver, afronte la posibilidad de que usted pueda caer, pero determine en su mente que aunque caiga no se da por vencido; en realidad sería un tipo de orgullo lo que nos causaría rendirnos si cayésemos, podemos estar tan disgustados con nosotros mismos que decimos: No lo puedo hacer, no soy lo suficientemente bueno así que no voy a seguir. En otras palabras, hemos estado viendo nuestra propia bondad en vez de ver la gracia de Dios.

Hay muchas palabras que hablan de rendirse cuando se cae, le daré dos de ellos Salmo 37, versículos 23 y 24:

“Por Jehová son ordenados los pasos del hombre,Y él aprueba su camino.Cuando el hombre cayere, no quedará postrado,Porque Jehová sostiene su mano.”

Hay una diferencia entre caer y permanecer postrado, un hombre cuyos pasos son firmes en Dios podrá caer y si estuviera solo quedaría postrado, pero el Señor sostiene su mano, y la mano fuerte de Dios lo levantará y lo pondrá sobre sus pies otra vez; está hablando de un hombre cuyo camino es aprobado por Dios, así que no es fracaso caer, no merece ser despreciado porque Dios ha hecho provisión, él dice: Si cayeres no te quedarás allí, yo te sostendré, no dependas de ti mismo, depende de mí.

Hay otro pasaje parecido, que va un poco más allá Proverbios 24, versículo 16.

“Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse;Mas los impíos caerán en el mal.”

Ese pasaje es asombroso, porque habla de un hombre justo, dice: “siete veces cae el justo”, no he contado las veces que yo he caído, pero sí podrían ser siete, siete es un número especial en las escrituras, es un número muy especial para mí, no puedo entrar en eso ahora porque siete veces cae el justo y vuelve a levantarse, más los impíos caerán en el mal. Hay una diferencia, el hombre justo tiene algo en él que dice: Sigue adelante, no te rindas, levántate, límpiate y empieza otra vez, pero cuando el impío cae en el mal ese es el final, simplemente se queda en el suelo, no se vuelve a levantar. Así que la diferencia no está tanto en si cae o no cae, la diferencia está en cómo reacciona cuando cae; el impío simplemente se desploma, no hace intento de levantarse, ese es el final; el justo aunque caiga siete veces se levanta, tiene algo dentro de sí que lo levanta, es su compromiso con el Señor. Hay veces que debemos sostenernos a pura fe ciega, no hay nada en nuestras circunstancias o situación o aún en nosotros que nos ofrezca aliento físico, pero no nos damos por vencidos.

Recuerdo siempre las palabras de Señor Jesús a Pedro la noche antes de la crucifixión, esto es lo que dice en Lucas 22:31-32:

“Dijo también el Señor: Simón, Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; - allí “os” es plural, son todos los discípulos, luego sigue singularmente, le habla a Simón Pedro - pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus hermanos.”

Jesús acababa de decirle a Pedro que lo negaría tres veces y Jesús dice: Pedro he orado por ti no para que no me niegues sino para que no falte tu fe”, ¿habría usted orado eso?, Jesús es realista, hay veces que él ve que vamos a caer, tal vez no ore: Padre no dejes que caiga; pero puede ser que ore: Padre no dejes que falte su fe. Vea lo que estoy diciendo “aunque caiga no se rinda”, aunque no vea ninguna razón visible para continuar, siga creyendo, no se dé por vencido, aférrese a su fe, la Biblia dice que es más preciosa que el oro, no se rinda.

Continuemos con el cuarto paso para alcanzar la perseverancia, el cuarto paso tiene como título “Recuerde la entrega de premios”, a algunas personas les gusta pensar que hay una recompensa por servir a Dios, la Biblia lo dice muy claro, probablemente Jesús mismo fue quien habló de las recompensas por servir a Dios. Hay una recompensa y la Biblia nos exhorta a que recordemos el premio y que no lo perdamos al hablarle a una de las iglesias en el libro de Apocalipsis, Jesús dice: “No pierdan lo que tienen, mantengan, no dejen que otro tome su premio”. Así que hay una manera legítima y bíblica de desear un premio, Pablo habla en Filipenses de esforzarse por un premio, habla de atletas que compiten por una corona que perece, y luego habla de esforzarse por una corona imperecedera.

Quiero tomar un ejemplo de la vida de Pablo, justo al final de su vida cuando estaba en prisión y en muchos sentidos pudo haberse visto como un fracaso, estaba viejo, estaba un poco inseguro, uno de sus mejores amigos los había abandonado, el mundo lo había desechado y estaba esperando sus ejecución. Esto es lo que dice 2 Timoteo 4:7 y 8:

“He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día; y no sólo a mí, sino también a todos los que aman su venida.”

Esas son palabras hermosas, me conmueve, he peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe, quiero decirle esto, di usted va a guardar la fe, usted tiene que pelear la buena batalla y terminar la carrera, el cristianismo es una carrera y es una pelea y tiene que estar preparado para pelear, no contra los hombres sino contra las fuerzas invisibles del mal, el pecado y lo mundano; si va a guardar la fe, tiene que pelear la batalla y guardar la fe. Y luego Pablo dice “Ahora espero la corona”.

Allí hay un hermoso contraste, en lo natural en el ambiente humano está esperando juicio y ejecución por un juez humano, injusto, corrupto y malo, Nerón el emperador de Roma en ese tiempo; pero él vio más allá de esa terrenal y él sabía que un día iba a estar frente a otro juez, y en ese día ese juez absolutamente justo le daría la recompensa que se merecía, la corona de justicia, y él dice: “Esta corona no es solo para mí, sino para todos los que esperan la venida del Señor”. Terminaré con estas palabras “Recuerde la recompensa”, hay un día adelante, si usted ha sido fiel, si ha peleado la buena batalla, si ha terminado su carrera; entonces habrá una corona para usted y para todos los que cumplan con las condiciones, no es malo desear esa corona, la Biblia nos alienta. Recuerde, no pierda su corona, persevere.

Nuestro tiempo por hoy ha terminado, regresaré la próxima semana a la misma hora, de lunes a viernes para compartir otro tema importante y útil de la palabra de Dios.

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