La mansedumbre

Derek Prince
*First Published: 1979
*Last Updated: marzo de 2026
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Me alegro de estar nuevamente con usted para seguir compartiendo uno de los temas más hermosos de la Escritura, el fruto del Espíritu Santo.
Ayer hablé del fruto de la fe o la fidelidad. Expliqué que estas son como las dos caras de la moneda: una cara es depender, esa es la fe. La otra cara es ser confiable, esa es la fidelidad.
Hoy voy a hablar del fruto de mansedumbre. La palabra en griego original puede ser traducida como mansedumbre o templanza. Hay versiones que usan una palabra y algunas otra. Cualquiera de estas palabras que se use recuerde que la palabra mansedumbre incluye templanza y templanza implica mansedumbre.
Lo primero que quiero decir es que la mansedumbre, no es debilidad. Algunas personas piensan que sí lo es, pero en realidad es exactamente lo contrario. La mansedumbre es la demostración de fuerza.
La mejor manera para demostrar esto en lo natural es considerar un gran avión de pasajeros. Tengo el privilegio de viajar a menudo en avión. He viajado en ellos por muchos años. He estado en aviones que van desde el 707 al 727 y hasta el 747. Cuando comencé a viajar en el Jumbo, unas de las cosas a las que me acostumbraba era la suavidad con la que aterrizaba, no podía concebir, como una construcción como esa, pesando tantas toneladas y llevando tal vez cuatrocientas personas, podía aterrizar con esa suavidad asombrosa. Tengo la impresión, que un 747, aterriza más lentamente que un avión más pequeño como el 707 o el 727.
Recuerdo en un viaje, una vez había estado muy ocupado predicando, me sentía cansado y me dormí en mi asiento justo antes de que el avión aterrizara. Cuando me desperté ya estábamos en la puerta de la terminal; habíamos aterrizado tan suavemente que ni siquiera me desperté.
Piense en esa enorme construcción de metal y los otros elementos que componen un avión de propulsión, aterrizando tan suavemente que no despierta a una persona que duerme en un asiento. ¿Diría usted que esa suavidad es debilidad? Obviamente que no. Este es una magnifica demostración de habilidad y fuerza. Así es la mansedumbre, es una magnifica demostración de habilidad y fuerza.
Suponga que ese gran avión jet hubiera aterrizado haciendo un gran ruido, dando golpazos y que luego hubiese rebotado en la pista varias veces. ¿Qué hubiera indicado eso? ¿Fuerza o debilidad? Obviamente debilidad. Y así son algunas personas que piensan que son fuertes. Gritan, patalean, alzan la voz y son abusivas. Eso no es fortaleza es una demostración de debilidad.
Otra cosa que necesitamos entender es que la mansedumbre, o la templanza se alinean con la autoridad. Y eso es nuevamente contrario al pensamiento común.
Fui director por cinco años en una universidad que entrenaba maestros en África del Este y aprendí que la idea africana de la autoridad en un maestro es llevar un palo y gritar. Yo tuve que oponerme a esto, tuve que explicarles a mis estudiantes que esas cosas no representan la autoridad. En realidad era una indicación de inseguridad y de falta de autoridad. Si una persona tiene que gritar en realidad no tiene autoridad. Les dije que la clave para tener autoridad es estar bajo autoridad. Si usted está bajo autoridad la tiene.
Veamos por un momento el ejemplo de Moisés, esto es lo que dice, en Números, capítulo 12 versículo 3, de Moisés:
“(Moisés era un hombre muy humilde, más que cualquier otro hombre sobre la faz de la tierra)”
En esos tiempos Moisés era el hombre más manso en la tierra. ¿Fue Moisés un debilucho? ¿Le faltaba autoridad a Moisés? Por el contrario. Probablemente, no hay ningún otro personaje en la Biblia que tuviera más autoridad que Moisés; pero su autoridad venía de su mansedumbre.
¿Cómo adquiría Moisés su mansedumbre o templanza? La respuesta es porque se sometió al trato de Dios en su vida. A la edad de cuarenta años, Moisés estaba listo para liberar a su pueblo de Israel con su propia fuerza. Salió, se enojó, mató a un egipcio y tuvo que huir. Su intento de hacerlo con su propia fuerza fue un fracaso total. Luego pasó cuarenta años en el desierto, fue un don nadie, cuidando las ovejas de su suegro. Me imagino que fue humillante, cuidar las ovejas de su suegro; una versión bíblica más Antigua dice “detrás del desierto”, que es el fondo o la parte occidental del desierto.
Moisés pasó los siguientes cuarenta años haciendo eso. Y ¿terminó a la edad de los ochenta años? No, estaba listo para empezar ¿Por qué? Porque había sido vaciado de su propia fuerza y de la confianza en sí mismo. Le tomó a Dios ochenta años para vaciar a Moisés de lo que lo que los seres humanos llamamos fuerzas. Una vez que fue vaciado de su propia fuerza y de la confianza en sí mismo, entonces había lugar para la fuerza de Dios, que fue manifestada en mansedumbre.
Mientras estemos operando en nuestra propia fuerza, no damos lugar para la fortaleza de Dios. En el capítulo 40 de Isaías Dios dice que El da fuerzas al fatigado. En otras palabras, cuando nuestras fuerzas se agotan, es entonces cuando la fuerza de Dios puede empezar en nuestra vida. Nuestra conducta refleja si tenemos mansedumbre o no cuando estamos fatigado.
¿Cómo fue que Moisés se mantuvo firme durante esos cuarenta años en el desierto? Cuando había muy poco en sus circunstancias que lo animaban. La respuesta es que él mantuvo su mirada en el Señor. En referencia a Moisés leemos lo siguiente en Hebreos, capítulo 11, versículo 27:
“27 Por la fe salió de Egipto sin temer la ira del rey, porque se mantuvo firme como viendo al Invisible.”
¿Cómo vio Moisés al invisible? Es decir, como mantuvo sus ojos en Dios, durante esos cuarenta años en el desierto. La escritura dice: por la fe. Recuerde que la fe es la que nos permite ver al invisible. Y es la fe que nos mantiene firmes cuando no hay nada en nuestras circunstancias que nos anime.
Usted podría preguntarse ¿Que tiene que hacer Dios para producir mansedumbre o templanza en nosotros? Creo que la respuesta está en una frase muy distintiva que se usa en la Escritura. La frase es: el espíritu contrito. En el Salmo 51, versículo 17 tenemos una declaración hecha por David. Es parte de la oración de arrepentimiento después de darse cuenta de lo terrible de su pecado de adulterio con Betzabé, la esposa de Urías el heteo. Con un tremendo arrepentimiento y quebrantamiento (o espíritu contrito) se humilló ante Dios y se desahogó en esta hermosa oración que está contenida en el Salmo 51. Pero en el versículo 17, llegando al final en el Salmo, David dice:
“Los sacrificios de Dios son el espíritu contrito; al corazón contrito y humillado, oh Dios, no despreciarás...”
El tipo de sacrificio que Dios busca en nosotros no es el de un buey o un cordero sobre un altar, sino algo profundo dentro de nosotros, un Espíritu quebrantado. Hay una gran diferencia entre una voluntad rendida y un espíritu quebrantado: La voluntad rendida dice: “Voy a hacer la voluntad de Dios, sin importar lo que cueste”. Y cuando la voluntad de Dios no es muy atractiva o no es lo que pensamos que podría ser, crujimos los dientes, apretamos el puño, resistimos y decimos: “voy a hacer la voluntad de Dios. Voy a hacer la voluntad de Dios”. Pero hay una lucha interna tremenda. Hay muchas cosas en nosotros que resiste la voluntad de Dios. Puede que nos conformemos exteriormente, pero en nuestro interior todavía hay mucha oposición a la voluntad de Dios.
Recuerdo la historia de un niño que estaba en la iglesia sentado a la par de su padre, y por ahí se paraba en la banca, y cada vez que se paraba, su papá lo sentaba; la tercera vez que sucedió su padre lo sentó y lo castigó. Así que el niño permaneció sentado pero miró a su papá y le dijo: “Exteriormente estaré sentado, pero por dentro estoy de pie”. Bueno, a veces eso es muy parecido a nuestra actitud hacia Dios. Por fuera nos conformamos, pero por dentro aún estamos resistiendo. Esa es la diferencia entre una voluntad rendida y un espíritu quebrantado o contrito. El espíritu contrito no reacciona, no resiste, no responde, no se justifica, sino que da lugar para que El espíritu Santo obre.
Recuerdo haber escuchado el testimonio de una adolescente, que había tenido muchos problemas en la relación con su madre. Cada vez que su madre la castigaba o le mandaba que hiciera algo ella quería responder y justificarse. Pero un día ella dio este testimonio: “Saben lo mejor de todo fue que ni siquiera quería responder”. Eso es un espíritu quebrantado.
¿Cómo podemos lograr un espíritu quebrantado? Sea usted o yo. Quiero sugerirle que hay dos maneras posibles. Una es a través de un proceso gradual como Moisés. Cuarenta años en el desierto. La otra manera es a través de una crisis, como David. De repente, él fue confrontado con lo terrible de su pecado y entonces su espíritu fue quebrantado.
Al terminar mi charla de hoy, quiero preguntarle: ¿Permitirá que Dios obre en usted dándole un espíritu quebrantado? ¿Le dé un verdadero espíritu de mansedumbre? ¿Le dé una verdadera templanza?
Nuestro tiempo por hoy ha terminado, regresaré mañana a la misma hora para hablar de la última forma del fruto del Espíritu, el fruto del dominio propio.

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