Me alegro de estar nuevamente con usted para compartir uno más de los preciosos y maravillosos dones del Espíritu Santo.

En mis dos charlas anteriores, hablé de los dones de poder. Los dos dones de poder que he tratado hasta ahora son el don de la fe y los dones de sanidades.

Hoy, voy a hablar del tercer don de poder, la realización u operación de milagros. Las sanidades y los milagros están estrechamente relacionados; sin embargo, son distintos. Tal vez sea bueno empezar por destacar algunas diferencias entre sanidades y milagros. La sanidad puede ser gradual. Por ejemplo, usted puede ser sanado de una enfermedad como enfisema; puede ser que tome horas, días o semanas. A menudo, también, las sanidades son invisibles. Se llevan a cabo en lugares del cuerpo que no se pueden ver con los ojos. Por otro lado, los milagros son generalmente visibles. El resultado que producen normalmente se puede ver de alguna manera. Y con frecuencia, aunque no necesariamente son instantáneos. Así que hagamos estas dos diferencias. Las sanidades pueden ser graduales y a menudo son invisibles. Los milagros son generalmente visibles y frecuentemente instantáneos.

Sin embargo, los dones del Espíritu son como los colores del arco iris. Son colores diferentes y, aun así, se funden los unos con los otros. Y así, las sanidades se convierten en milagros, y los milagros se convierten en sanidades y ambos, a su vez, están de alguna manera relacionados por la fe.

Le daré algunos ejemplos de condiciones físicas que requerirían un milagro. Por ejemplo, si a una persona se le ha extirpado parte del oído por medio de una cirugía. No hay manera de sanar un oído medio que no está allí. Pero recuerdo hace algunos años en mi ministerio cuando oré por un hombre y todo lo que me dijo fue: "Es mi oído". Así que oré por él. Después de un tiempo lo encontré y le pregunté "¿Cómo está tu oído?" Él contestó: "Está bien". "Dime, ¿qué tenía de malo?" Él me dijo: "Me habían extirpado parte de mi oído por medio de una cirugía". Y dijo: "Volví al médico para que me revisaran, que no conocía mi problema y me dijo que tenía un oído perfectamente normal y sano". Al recordar ese incidente me alegré de no haber sabido por lo que estaba orando. No cuestioné lo que Dios podría hacer, sino que simplemente desaté el poder de Dios.

Además, una persona puede tener una pierna corta o un brazo corto, digamos tal vez un par de pulgadas más corta que la otra. Bueno, no hay forma de sanar una pierna corta o un brazo corto. No es una enfermedad. Y, sin embargo, puedo testificar para la gloria de Dios, que he visto a cientos de personas cuyas piernas y brazos han sido alargados visible y físicamente por medio de los milagros.

Otro ejemplo: una persona pudo haberse quebrado un brazo y que se le ha sanado, pero quedó torcido permanentemente. No se puede sanar un hueso, pero un milagro puede enderezar ese hueso torcido. Y, nuevamente, he visto eso suceder en varias ocasiones.

Una de las cosas interesantes de la operación de milagros es que a menudo se requiere un acto específico e inspirado para desatar el poder milagroso de Dios. Hay un principio aquí de que la fe, sin obras, está muerta. La fe debe ser expresada por algún acto apropiado y correspondiente para liberarla. Le daré un ejemplo del ministerio de Jesús. En Juan capítulo 9:1–3 y 6–7, dice:

“Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y sus discípulos le preguntaron, diciendo: Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que naciera ciego? Jesús respondió: Ni este pecó, ni sus padres; sino que está ciego para que las obras de Dios se manifiesten en él.” “Habiendo dicho esto, escupió en tierra, e hizo barro con la saliva y le untó el barro en los ojos, y le dijo: Ve y lávate en el estanque de Siloé (que quiere decir, Enviado). Él fue, pues, y se lavó y regresó viendo.”

Ahora, ese fue un milagro. No solo una sanidad. El hombre nunca había podido ver. Sus ojos no estaban enfermos, probablemente no estaban allí del todo. Puede ser que las cavidades oculares estaban vacías. Y Jesús hizo algo extraordinario. Escupió en el suelo, hizo barro y lo untó en el lugar donde habían estado sus ojos y le dijo que fuera a lavarse a cierto estanque. En fe y obediencia el hombre se lavó, y como resultado de ese acto de obediencia, el poder milagroso de Dios fue desatado por medio del barro en sus ojos y el hombre recobró la vista.

Usted se podría preguntar: "Bueno, ¿por qué hizo Jesús algo tan inusual?". No puedo explicarlo todo, pero lo que me impresiona es que el barro es el material original de la creación. Cuando Dios primero hizo el cuerpo del hombre, lo formó del barro. Y luego el Espíritu de vida sopló en el barro y lo hizo un ser viviente. Y pienso que cuando Jesús efectuó ese milagro, estaba notificando a las personas de su tiempo: que el creador aún está con ustedes. Él tomó el material original de la creación, lo puso en los ojos del hombre, y cuando el hombre, por su acto de fe y obediencia, desató el poder del Espíritu Santo, Él hizo del lodo dos ojos perfectos.

Veamos otro ejemplo en Lucas 17 de cómo puede efectuarse un milagro con un simple acto de fe. Esto es lo que dice de Jesús:

“Y al entrar en cierta aldea, le salieron al encuentro diez hombres leprosos, que se pararon a distancia, y alzaron la voz, diciendo: ¡Jesús, Maestro! ¡Ten misericordia de nosotros! Cuando Él los vio, les dijo: Id y mostraos a los sacerdotes. Y sucedió que mientras iban, quedaron limpios.”

El acto de ir, en obediencia al mandamiento de Jesús, desató el poder sobrenatural de Dios, el poder milagroso que eliminó todo indicio de lepra en sus cuerpos, pero no solo fueron sanados, sino que su carne fue realmente restaurada, es como digo, más que una sanidad, es un milagro. Pero lo significativo es que Jesús, inspirado por el Espíritu Santo, les dio cierta acción que debían hacer y cuando, en fe y obediencia a Él, quien era el representante de Dios para ellos, hicieron ese acto de obediencia, entonces el poder milagroso de Dios fue desatado en sus cuerpos.

Ahora voy a hablar de un milagro efectuado al principio del ministerio de los apóstoles. En Hechos capítulo 3:1–8, dice:

“Y cierto día Pedro y Juan subían al templo a la hora novena, la de la oración. Y había un hombre, cojo desde su nacimiento, al que llevaban y ponían diariamente a la puerta del templo llamada la Hermosa, para que pidiera limosna a los que entraban al templo. Este, viendo a Pedro y a Juan que iban a entrar al templo, les pedía limosna. Entonces Pedro, junto con Juan, fijando su vista en él, le dijo: ¡Míranos! Y él los miró atentamente, esperando recibir algo de ellos. Pero Pedro dijo: No tengo plata ni oro, mas lo que tengo, te doy: en el nombre de Jesucristo el Nazareno, ¡anda! Y asiéndolo de la mano derecha, lo levantó; al instante sus pies y tobillos cobraron fuerza, y de un salto se puso en pie y andaba. Entró al templo con ellos caminando, saltando y alabando a Dios.”

Bueno, allí hubo un milagro, no solo una sanidad. Obviamente, los huesos del hombre nunca habían estado bien. No era un caso de enfermedad. Probablemente, había nacido con los huesos de los tobillos torcidos y se sentaba sobre sus piernas, como a veces vemos que hacen los mendigos aún.

Pedro y Juan se le acercaron y fueron movidos por el Espíritu Santo. Es muy importante en este ministerio que aprendamos a responder al mover del Espíritu Santo. El hombre los miró esperando recibir dinero. Pedro le dijo: "No tengo dinero, pero lo que tengo, te doy”.

Me alegro mucho saber que como cristianos y siervos de Jesús, se espera de nosotros tener algo. No se espera de nosotros que veamos la necesidad humana y que simplemente sacudamos la cabeza y digamos: "Lo siento, pero no hay nada que yo pueda hacer". Pedro dijo en fe: "Yo tengo algo". Y luego hizo algo muy decisivo. Extendió su mano. Tomó la mano del mendigo y lo alzó. Y esa acción de levantarlo desató el poder milagroso de Dios en los pies y las piernas de ese hombre; se levantó y empezó a caminar y a saltar.

Notemos dos elementos en ese milagro: Primero, hubo un mandato de fe. Ya dije que muchas veces es el don de la fe que desata los otros dos dones. Es un tipo de catalizador que pone de manifiesto el don de sanidad o el don de la operación de milagros. En este caso, el mandato de fe de Pedro fue seguido de una acción que desató el poder milagroso de Dios. Ese hombre pudo haberse quedado sentado allí para siempre, si nada hubiera sido hecho en fe, no hubiera habido milagro.

Ahora, me gustaría decir que esto es algo que he aprendido en mi experiencia personal. Muchísimas veces he aprendido que se necesita una acción específica para desatar el poder milagroso de Dios.

Recuerdo de una señora por la que oré una vez en Florida, quien tenía artritis. Ella había estado en cama por cinco meses. Había sido llevada a la iglesia en una silla de ruedas. Al final de mi mensaje, empecé a ministrar a los enfermos. Las personas que la habían traído me pidieron que orara por ella, así que me arrodillé frente a ella, tomé sus pies y tuve la fe de que el poder milagroso de Dios había pasado a través de mis manos a su cuerpo, pero ella se quedaba sentada allí. Yo creía que se había sanado, pero ella estaba completamente pasiva. Luego hice algo que requirió un poco de resolución. Le dije: "¡Levántese y empiece a caminar!" Le di mi mano y la ayudé a salir de su silla de ruedas y en realidad me preguntaba, lo qué iba a suceder. Ella me miró incrédula por un momento, luego, muy dudosa, dio un paso; vio que lo podía hacer; dio otro paso, empezó a caminar y dentro de 30 segundos estaba corriendo por la iglesia. Pero si yo nunca la hubiera animado para hacer algo, el poder milagroso de Dios nunca se hubiera manifestado en esa mujer. Recuerde, muchas veces, se necesita una acción para desatar el poder milagroso de Dios.

Nuestro tiempo por hoy ha terminado, regresaré mañana a la misma hora para hablar del primero de los dones vocales, el don de profecía.

Como
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