Los dones de sanidad

Derek Prince
*First Published: 1979
*Last Updated: marzo de 2026
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Me alegro de estar con usted en el comienzo de una nueva semana para compartir las verdades que la vida me ha enseñado y que han marcado la diferencia entre el éxito y el fracaso en mi vida y que pueden hacer lo mismo por usted.
Déjame comenzar diciendo “Gracias” a aquellos de ustedes que me han estado escribiendo. Antes de terminar esta charla, les daremos una dirección postal a la que pueden escribir. Siéntanse libres de compartir con nosotros sus necesidades personales, sus problemas, sus peticiones de oración.
La semana pasada comencé el tema vital y emocionante de "Los dones del Espíritu Santo". Esta semana voy a continuar con el mismo tema. Al final de la semana pasada hablé del primero de los dones de poder, el don de la fe.
Hoy, voy a tratar con el siguiente de estos Dones de poder, “el don de sanidad o los dones de sanidades”. En el griego original del Nuevo Testamento, ambas partes están en plural: dones de sanidades. Esto lo podemos entender de varias maneras. Puede significar, en cierto sentido, que cada sanidad que recibe es un don o que hay varios tipos de sanidades. Sin embargo, yo no iré más allá con ese pensamiento, simplemente mencionaré que en el original es "dones de sanidades".
¿Cuál es la naturaleza de la sanidad de que se habla aquí? Yo diría que, en esencia, es el poder sanador de Dios canalizado por aquel que ministra el don en el cuerpo del que está enfermo. La sanidad está relacionada directamente con la enfermedad. Donde no hay enfermedad, no hay necesidad de sanidad. Por lo tanto, la sanidad es el poder divino y sobrenatural de Dios, canalizado a través de un creyente humano, en el cuerpo del que está enfermo. Es decir, viniendo contra esa enfermedad, tratando con esa situación y reemplazándola con sanidad.
Ahora, tomaremos algunos ejemplos del ministerio de Jesús. Si hacemos un estudio objetivo del ministerio de Jesús registrado en los evangelios, pienso que podríamos decir que Jesús pasó por lo menos una tercera parte de su ministerio público sanando a enfermos y echando fuera demonios. Ahora, no creo que esa haya dejado de ser la voluntad de Dios. Creo que aún sigue siendo la voluntad de Dios para aquellos que hoy ministran el evangelio.
En Lucas 4 versículo 40, encontramos esta descripción del ministerio de Jesús:
“Y mientras el sol se ponía, todos los que tenían enfermos con diversas enfermedades se los trajeron a Él; e imponiendo Sus manos sobre cada uno de ellos, Él los estaba sanando.”
Es un hecho significativo que Jesús nunca rechazó a una persona enferma que viniera a Él por sanidad. No hay ningún registro de eso en los evangelios. Él nunca dijo: "Tu enfermedad es muy grave" o "No es la voluntad de Dios que sea sanado". En esta ocasión descrita aquí, Jesús puso Sus manos sobre todos los que estaban enfermos. El poder de Dios fluyó de las manos de Jesús a los cuerpos de estas personas enfermas, echó fuera la enfermedad y la reemplazó con sanidad. Así que, había un poder sanador que emanaba de la persona de Jesús.
Este poder se trata más a fondo en un incidente en Marcos, capítulo 5; la sanidad de una mujer que tenía una hemorragia o flujo de sangre. Leamos en el evangelio de Marcos, capítulo 5:24-34, comenzando en el versículo 24:
“y una gran multitud le seguía y le oprimía. Y una mujer que había tenido flujo de sangre por doce años, y había sufrido mucho a manos de muchos médicos, y había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno, sino que al contrario, había empeorado; cuando oyó hablar de Jesús, se llegó a Él por detrás entre la multitud y tocó su manto. Porque decía: Si tan solo toco sus ropas, sanaré. Al instante la fuente de su sangre se secó, y sintió en su cuerpo que estaba curada de su aflicción. Y enseguida Jesús, dándose cuenta de que había salido poder de Él, volviéndose entre la gente, dijo: ¿Quién ha tocado mi ropa?” Quiero que vea que, aunque esta mujer tocó la ropa de Jesús con sus manos, con su fe tocó su persona. “Y sus discípulos le dijeron: Ves que la multitud te oprime, y dices: ‘¿Quién me ha tocado?’. Pero Él miraba a su alrededor para ver a la mujer que le había tocado. Entonces la mujer, temerosa y temblando, dándose cuenta de lo que le había sucedido, vino y se postró delante de Él y le dijo toda la verdad. Y Jesús le dijo: Hija, tu fe te ha sanado; vete en paz y queda sana de tu aflicción.”
Hay ciertas cosas que necesitamos ver aquí. En primer lugar, como ya dije, en algunas ocasiones un poder sobrenatural sanador emanaba del cuerpo de Jesús. En cierto sentido, este poder estaba disponible para todos y Él estaba rodeado por una multitud, pero no todos recibieron ese poder. Una mujer sí lo recibió. ¿Por qué? Porque su fe personal desató ese poder. Todos los demás lo estaban apretando a Jesús, pero ella lo tocó. Su fe desató esa virtud sanadora.
En segundo lugar, hubo un cambio manifiesto en su propio cuerpo. Ella sintió el cambio. Ella sabía que la hemorragia había cesado. Ese es un ejemplo de cómo opera el poder sanador de Dios. Luego miremos de nuevo en Lucas capítulo 5:17:
“Y un día que Él estaba enseñando, había allí sentados algunos fariseos y maestros de la ley que habían venido de todas las aldeas de Galilea y Judea, y de Jerusalén; y el poder del Señor estaba con Él para sanar.”
Aquí vemos que el poder sobrenatural de Dios puede impregnarse en un lugar. Todo un lugar puede estar lleno o cargado con este poder sobrenatural. Como resultado de esto, trajeron a un paralítico y fue sanado.
Quiero testificar que he estado en reuniones en las que el poder sanador de Dios ha saturado el lugar. A veces todas las personas enfermas en la reunión fueron sanadas.
Otro ejemplo es dado en Hechos, capítulo 5, en el ministerio de Pedro, versículos 15 y 16. Esto es lo que dice:
“a tal punto que aun sacaban los enfermos a las calles y los tendían en lechos y camillas, para que al pasar Pedro, siquiera su sombra cayera sobre alguno de ellos. También la gente de las ciudades en los alrededores de Jerusalén acudía trayendo enfermos y atormentados por espíritus inmundos, y todos eran sanados.”
Una vez más, vemos la realidad de este poder sobrenatural de sanidad que viene primero a través de Jesús y segundo, a aquellos que están directamente relacionados con Él y sirviéndole en fe. En este caso, en cierto sentido, el poder sanador de Dios fue realmente transmitido por la sombra de Pedro.
Ahora, quiero darle un ejemplo de este poder sanador en el ministerio de Pablo. En Hechos, capítulo 28 versículos 8 y 9, habla de lo que sucedió después que Pablo y su compañía llegara a la isla de Malta, leemos esto:
“Y sucedió que el padre de Publio yacía en cama, enfermo con fiebre y disentería; y Pablo entró a verlo, y después de orar puso las manos sobre él, y lo sanó. Cuando esto sucedió, los demás habitantes de la isla que tenían enfermedades venían a él y eran curados.”
Notamos allí una afirmación muy clara de la Escritura. Dice que Pablo puso sus manos sobre este hombre y lo sanó. Pablo lo sanó. Ahora sabemos, por supuesto, que el poder sanador en realidad viene de Dios. Pero, sin embargo, Dios lo ha entregado a sus siervos y hay tiempos en que tenemos la obligación de sanar. Por ejemplo, Jesús, cuando envió a sus primeros discípulos, dijo: "Cuando entren en una ciudad sanad a los enfermos". No les dijo: "Oren para que yo sane a los enfermos", y tampoco dijo, "Oren a Dios". Él les dijo: "Sanad a los enfermos". Creo que los que somos siervos del Señor Jesucristo tenemos que enfrentar esta obligación. Jesús espera que nosotros ministremos Su poder sanador para que los enfermos sean sanados en el tiempo y lugar que Él haya escogido.
Ahora me gustaría hablar un poco de mi propia experiencia con respecto a esto. Me gustaría relatar un incidente que sucedió alrededor de 1963 en la ciudad de Minneapolis. Yo era el pastor asociado de una iglesia en ese tiempo. Mi primera esposa, Lydia, y yo estábamos orando juntos en la mañana en nuestra habitación como lo hacíamos normalmente, y en un momento, nos dimos cuenta que la presencia de Dios había entrado de una manera muy especial a nuestra habitación. Ambos teníamos nuestras manos alzadas, alabando al Señor. Después de un rato, Lydia se volvió a mí y me dijo: "Derek, el Señor acaba de poner el don de sanidad en mis manos, ¡justo aquí!" Y me mostró la palma de su mano izquierda; y puso su dedo en ella. Le dije: "No necesitas decírmelo. Ya lo sé". Cómo lo supe, no le podría decir, pero lo supe. Bueno, esa mañana fuimos a la reunión semanal de oración de la iglesia, y después de un par de horas entró una hermanita bastante tímida, se acercó a mi esposa y le dijo: "Oh, me siento muy mal. ¿Podría orar por mí?" Sin pensar, ni reflexionar sobre lo que Dios había hecho, Lydia puso su mano izquierda sobre la cabeza de la mujer, y la mujer simplemente desapareció. Quiero decir que no se cayó, simplemente no estaba allí; y estaba tendida en el piso sobre su espalda. Permaneció allí por unos 5 minutos, luego se levantó y estaba bastante avergonzada. Ella dijo: "Siento mucho que eso haya sucedido”, pero es que había tanto poder en su mano, simplemente no pude quedarme de pie". Y así fue como Lydia se inició en el ejercicio de este don de sanidad. Por los siguientes 12 años, los 12 años restantes de su vida, este don operó a través de ella con frecuencia y muchísimas personas fueron sanadas instantáneamente.
Ella me explicó cómo operaba. Antes de eso, a menudo, ella oraba en fe para que las personas reciban sanidad y fueron sanadas, pero ella me dijo: "Derek, cuando el don opera, es diferente. No trato de ejercer mi fe, solo me mantengo quieta en mi espíritu y contacto a Dios a favor de la persona y luego, en un momento dado, el don viene a través de mí, y sé que si la persona lo recibe en ese momento será sanada". Por supuesto, que todavía hay un elemento de fe personal requerido en la persona por la que se ora. Dios da el don, pero la persona por la que se ora debe recibir el don de sanidad.
Nuestro tiempo por hoy ha terminado, regresaré mañana a la misma hora para hablar del tercer don de poder, los efectos o la operación de milagros. Explicaré entre otras la diferencia entre sanidades y milagros.

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