Inmersión en el Espíritu Santo

Derek Prince
*Last Updated: mayo de 2026
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Esta noche tenemos una proclamación. Ésta la tomamos de Romanos 15:13. Donde Pablo dice “vosotros”, decimos “nosotros”. Así lo hacemos una confesión personal. Romanos 15:13:
Y el Dios de esperanza nos llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundemos en esperanza por el poder del Espíritu Santo.Amén.
Esta noche voy a seguir con la serie de charlas que vengo dando. Esta mañana hablé acerca de la inmersión en agua, es decir, el bautismo en agua. Esta noche voy a hablar de la inmersión en el Espíritu Santo. Señalé que la palabra “bautizar” que aparece en la Biblia en español no es una palabra propiamente del idioma español, sino una transliteración de una palabra en griego. No hay ninguna duda en cuanto al significado de la palabra en griego; significa “sumergir”. Por eso es que uso la palabra “inmersión”.
Esta mañana hablé acerca de la inmersión en agua; esta noche voy a hablar de la inmersión en el Espíritu Santo. Hay dos maneras en que podemos ser sumergidos. La primera es lo que ocurre en una piscina: la persona baja al agua, es sumergida, y luego sube del agua. Ese es el bautismo en agua. Pero también está la inmersión estilo Cataratas del Niágara. Me acuerdo que la primera vez que me puse a observar las Cataratas del Niágara, me dije a mí mismo que sería imposible estar debajo de esas cataratas ni un segundo sin empaparse completamente. Así es el bautismo en el Espíritu Santo. Cada vez que la Biblia lo menciona, da a entender de una manera u otra que el Espíritu Santo bajó sobre ellos desde arriba.
Entonces estamos hablando de dos inmersiones: la inmersión en agua, donde la persona baja al agua, es sumergida y vuelve a subir, y la inmersión en el Espíritu Santo, donde el Espíritu baja sobre la persona. Pero en ambos casos, la persona es sumergida totalmente, no sumergida parcialmente, ni rociada, sino sumergida totalmente.
Es muy interesante que la introducción a cada uno de los cuatro evangelios afirma específicamente que Jesucristo bautizará en el Espíritu Santo. Me parece que no le hemos prestado la atención debida a esto. Quiero leer los cuatro pasajes, en cada uno de los evangelios. Mateo 3:11. Juan el Bautista dice:
Yo a la verdad os bautizo en agua para arrepentimiento; pero el que viene tras mí [es decir, el Mesías], cuyo calzado yo no soy digno de llevar, es más poderoso que yo; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
Y luego en Marcos 1:8, en la introducción. Juan el Bautista está hablando y dice:
Yo a la verdad os he bautizado con agua; pero él os bautizará con Espíritu Santo.
Luego en Lucas 3:16, la versión que da el evangelio de Lucas. Juan el Bautista dice:
Yo a la verdad os bautizo en agua; pero viene uno más poderoso que yo, de quien no soy digno de desatar la correa de su calzado; él os bautizará en Espíritu Santo y fuego.
Y luego en el evangelio de Juan, capítulo 1, versículo 33. Esto es parte de la presentación oficial que le da a Jesús su precursor, Juan el Bautista. En cada una de las introducciones, en cada uno de los cuatro evangelios, dice específicamente que Jesús bautizará a su pueblo con el Espíritu Santo. En el evangelio de Juan, la introducción es un poco más completa. Empezando en el capítulo 1, versículo 29:
El siguiente día vio Juan a Jesús que venía a él, y dijo: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo.
Y luego sigue diciendo en el versículo 33:
Y yo no le conocía; pero el que me envió a bautizar con agua, aquél me dijo: Sobre quien veas descender el Espíritu [el Espíritu Santo] y que permanece sobre él, ése es el que bautiza con el Espíritu Santo. Y yo le vi, y he dado testimonio de que éste es el Hijo de Dios.
Juan dice tres cosas ahí. Este es el Cordero de Dios, este es el Hijo de Dios, y este es el que bautiza en el Espíritu Santo. Todos conocemos tan bien la maravillosa afirmación de que Jesús es el Cordero de Dios, pero sólo se menciona en un evangelio, mientras que en los cuatro evangelios dice específicamente que Jesús es el que bautiza en el Espíritu Santo.
En otras palabras, es una de las cosas más importantes que necesitamos saber acerca de él. Es maravilloso conocerlo como Salvador, o como Cordero de Dios, pero eso no es todo. También es sumamente importante que lo conozcamos individualmente y personalmente como el que bautiza en el Espíritu Santo.
Ahora, después de concluir su ministerio terrenal, después de su resurrección, en Hechos 1:4-5, Jesús repite esta promesa. Sería muy difícil recalcar demasiado la frecuencia con que aparece esta promesa en el evangelio. En Hechos 1:4–5, dice de Jesús:
Y estando juntos [con sus discípulos], les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí. Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.
De modo que Jesús se aseguró de repetir la promesa que Juan había mencionado al presentarlo: que él sería el que los bautizaría en el Espíritu Santo.
Casi todos los comentaristas bíblicos están de acuerdo en que el cumplimiento de esta promesa de Jesús se llevó a cabo el día de Pentecostés, según el relato en Hechos 2:1–4. Quiero leer lo que la Biblia dice allí y luego considerar rápidamente exactamente lo que da a entender. Hechos 2, empezando en el versículo 1:
Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como de un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas [otros idiomas], según el Espíritu les daba que hablasen.
Esa experiencia tiene tres etapas sucesivas. Primero que todo, fue un bautismo. El Espíritu Santo vino desde arriba y los sumergió. Llenó todo el lugar donde estaban sentados. Fueron sumergidos desde arriba.
En segundo lugar, cada uno de ellos fue lleno del Espíritu Santo de manera individual. No fue sólo una experiencia colectiva, sino una experiencia en que cada individuo recibió la parte suya.
Y en tercer lugar, al ser llenos del Espíritu Santo, hubo un desbordamiento, un desbordamiento sobrenatural. Esto está de acuerdo con un principio que se menciona en Mateo 12:34, sólo la última parte del versículo. Jesús dice:
Porque de la abundancia del corazón habla la boca.
En otras palabras, cuando el corazón de una persona está lleno, hay un desbordamiento, y lo que hay en su corazón se expresa mediante las palabras que salen de su boca. Hay varios pasajes en el Nuevo Testamento que hablan de personas que fueron llenas del Espíritu Santo. He mirado cada pasaje, y en todas, después de ser llena, la persona dijo algo, profetizó o habló en lenguas. Es un principio universal. De la abundancia del corazón habla la boca. Cuando el corazón está lleno hasta el punto de rebosar, este desbordamiento se expresa a través de las palabras que salen de la boca. Y eso fue lo que pasó el día de Pentecostés. Después que el Espíritu los llenó, todos empezaron a hablar en otros idiomas según el Espíritu les daba que hablasen. Es muy importante entender que este es un asunto en que Dios y el hombre tienen que trabajar juntos. Dios los llenó, pero ellos empezaron a hablar. El Espíritu Santo no fue el que habló; fueron ellos. El Espíritu Santo les dio el lenguaje.
Por muchos años he estado involucrado en el movimiento pentecostal, y he conocido a tantas personas que decían: “Hermano Prince, quiero que Dios lo haga todo”. Conocí a un hombre que decía: “Llevo veinte y cinco años esperando. Estoy esperando que Dios lo haga todo”. Le dije: “Pues, esperará por el resto de su vida, porque eso no es bíblico”. Dios hará su parte, y nosotros tenemos que hacer la parte nuestra. Nosotros hablamos, y Dios da el lenguaje. Dios no va a hablar. Todos empezaron a hablar según el Espíritu Santo les daba que hablasen.
Y permítanme decir que es verdad, ellos esperaron que el Espíritu Santo viniera el día de Pentecostés, pero después de eso, no hay ninguna prueba de que otros hayan esperado el Espíritu Santo. Dios ya lo había enviado y después de eso, cuando oraban y cumplían con las condiciones necesarias, inmediatamente recibían el Espíritu Santo.
Quiero decirle a cada persona aquí esta noche que si usted reúne las condiciones necesarias —y más adelante entraremos en detalles— y tiene sed, puede ser lleno del Espíritu Santo aquí esta noche. Si nunca lo ha recibido, esta puede ser su noche. Hablaremos de eso más adelante.
Ahora, quiero comentar acerca de lo que el apóstol Pablo dice de esto. En 2 Corintios 1:21, él dice:
Y el que nos confirma con vosotros en Cristo, y el que nos ungió, es Dios, el cual también nos ha sellado, y nos ha dado las arras del Espíritu en nuestros corazones.
Pablo dice dos cosas: El Espíritu Santo es un sello y es un depósito o pago inicial. En Efesios 1:14, usa un lenguaje parecido:
En él también [es decir, en Jesús] . . . habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa, que es las arras de nuestra herencia hasta la redención de la posesión adquirida, para alabanza de su gloria.
En otra versión dice: “el Espíritu Santo prometido, que es el depósito que garantiza nuestra herencia”.
Entonces, el bautismo en el Espíritu Santo es algo que se puede ver y oír, no solamente algo que ocurre dentro de nosotros y que no puede ser visto por los demás. Es algo que se puede ver y oír. Pablo dice que es dos cosas: es un sello, y además un depósito, un pago inicial.
En primer lugar, es un sello. Ya pertenecemos a Jesús, pero esto le muestra a todo el mundo que pertenecemos a él. Él nos sella de manera que todos puedan verlo.
No sé si alguno de ustedes recuerda la época en que al enviar las cartas por correo certificado, se sellaban con cera caliente. ¿Se acuerdan de eso? Y luego se les tenía que hacer una impresión. Eso es exactamente lo que es el Espíritu Santo. Es un sello, es cera caliente. Y luego Jesús le pone su marca particular, y esto nos separa para Jesús. Y como saben, el correo certificado lo tratan de una manera especial. Se le da un cuidado especial. Pues, después de haber sido bautizados en el Espíritu Santo, llegamos a ser correo certificado; la oficina de correos celestial nos atiende de una manera especial.
La segunda palabra es pago inicial o depósito. Me interesan mucho los idiomas, y esto es muy interesante. En hebreo la palabra es arbon. En árabe es arbone. En el idioma suajili es arabooni. En otras palabras, es la misma palabra en todos estos idiomas. Yo hablaba árabe cuando vivía en Jerusalén hace años con mi primera esposa. Siempre me acuerdo de algo que sucedió en 1947. Nos acabábamos de mudar a una casa nueva en Jerusalén, y necesitábamos comprar tela para hacer las cortinas. Fuimos a la ciudad antigua y encontramos a un hombre que vendía tela para cortinas, y vimos una tela que nos gustó. Las siguientes cifras no son exactas; no son sino para darles una idea. Necesitábamos unos veinte metros y el precio era, digamos, cinco dólares por metro. El precio total era de cien dólares. Le dijimos al hombre: “Escuche, no tenemos todo el dinero con nosotros, pero le daremos la quinta parte, veinte dólares, como pago inicial”. ¿Saben cómo el hombre le decía a eso en árabe? Arbon. Y dijimos: “Pues, después que le demos el pago inicial, usted debe recordar dos cosas. La tela nos pertenece; usted debe apartárnosla. No se la puede vender a más nadie porque es para nosotros. Y en segundo lugar, nuestro pago inicial es nuestra garantía de que vamos a regresar con el resto del dinero y llevarnos la tela”.
Eso es lo que es el bautismo en el Espíritu Santo. Jesús da un pago inicial y nos aparta para sí. Después de eso, ya no estamos a la venta para ningún otro cliente.
En segundo lugar, es su garantía, como si él dijera: “Voy a regresar para llevármelos y cuando regrese, pagaré lo que falta, y entonces serán míos para siempre”. Es una imagen tan descriptiva y elocuente de lo que es el bautismo en el Espíritu Santo.
¿Cuál es el sello? La gente pudiera discrepar en cuanto a esto. Quiero decir que en mi opinión, el Nuevo Testamento no indica sino un sello, y es el hablar en otras lenguas, según el Espíritu, el Espíritu Santo, le da a la persona que hable. Sé, como probablemente lo saben algunos de ustedes, que hay sectas —los rastafaris en Jamaica, por ejemplo— en que la gente habla en otras lenguas. Esto atemoriza a algunas personas. Dicen: “¿Cómo sé que voy a recibir las lenguas legítimas?” Pues, Jesús dijo —y tomen nota de esto— que si somos hijos de Dios, si le pedimos a nuestro Padre celestial un pedazo de pan, él no nos dará una serpiente. ¿De acuerdo? En otras palabras, si pedimos lo que es legítimo, Dios nos ha garantizado por escrito que lo recibiremos. No tenemos que tener temor. Ahora, esta promesa no se aplica al que no es hijo de Dios. Hay que ser hijo de Dios. Jesús dijo que si le pedimos a nuestro Padre celestial el Espíritu Santo, él nos lo dará. Entonces, el sello es algo visible, algo audible, algo público. Un sello no puede ser algo secreto porque así no cumpliría su propósito. El sello consiste en que todos empezaron a hablar en otras lenguas según el Espíritu les daba que hablasen, como pasó en Hechos 2.
Quiero decir tres cosas acerca de esto. En primer lugar, ese fue el sello que los apóstoles mismos recibieron. Jesús les dijo que esperaran en Jerusalén hasta recibir la promesa del Padre. Así que esperaron diez días. Después que vino el Espíritu Santo y ellos hablaron en lenguas, ya no esperaron más. Ese fue el sello que ellos mismos recibieron.
En segundo lugar, fue el sello que reconocieron en los demás. En un minuto miraremos un caso singular.
En tercer lugar, nunca pidieron ningún otro sello. Permítanme repetir eso, porque es muy importante. He conocido a tantas personas a través de los años que decían: “Hermano Prince, ¿cómo puedo saber si he sido bautizado en el Espíritu Santo? He tenido esta o aquella experiencia. He estado realmente orando y buscando a Dios, pero ¿cómo puedo estar seguro?” Mi respuesta es que pueden estar seguros en el momento de recibir el sello. Cuando por primera vez empiecen a hablar en otras lenguas según el Espíritu les da que hablen, quiere decir que lo han recibido. Han recibido el Espíritu Santo, que no es una fuerza impersonal, sino una persona.
Quisiera repetir esas tres cosas.
Fue el sello que recibieron los apóstoles.
Fue el sello que reconocieron en los demás.
Y jamás pidieron otro sello.
Además, el Nuevo Testamento no nos ofrece ningún otro sello; no se nos ofrece ninguna alternativa.
Miremos lo que dijo Jesús en Lucas 24:52–53 después de su resurrección, cuando se estaba despidiendo de sus apóstoles. Este es otro punto que quiero sacar a relucir. Muchas personas dicen: “Pues, me he llenado de gozo y estoy siempre alabando al Señor. ¡Estoy tan contento! ¿Ese no es el sello?” No según el Nuevo Testamento. Es maravilloso estar lleno de gozo; es maravilloso estar siempre alabando al Señor, pero no es el sello del cual habla el Nuevo Testamento. Eso lo sé por lo siguiente: después de la resurrección de Jesús, dice al final del evangelio de Lucas:
Ellos, después de haberle adorado, volvieron a Jerusalén con gran gozo; y estaban siempre en el templo, alabando y bendiciendo a Dios.
Pues, tenían gran gozo, estaban siempre alabando y bendiciendo a Dios, pero no habían recibido el sello. No lo recibieron hasta el día de Pentecostés. Jesús les dijo que esperaran recibirlo, y después que el Espíritu Santo vino y ellos hablaron en lenguas, jamás volvieron a esperar. Ya no esperaron más.
Ahora, me parece que hay un caso particular en el libro de los Hechos que demuestra esto muy claramente. Quiero que lo busquemos. Está en Hechos 10, al final del capítulo. Ya saben la historia: Dios guió a Pedro a ir a la casa de Cornelio de manera sobrenatural. En realidad no quería ir, porque como judío, no era correcto que entrara en la casa de gentiles, y mucho menos, que comiera con ellos. Pero ante la insistencia de Dios, fue y llevó con él otros seis creyentes judíos. Quería tener testigos. Y mientras Pedro les estaba hablando, contándoles acerca de Jesús, dice en Hechos 10:44:
Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso.
Es interesante ver hasta qué punto había llegado en su sermón. El versículo anterior dice:
De éste [es decir, de Jesús] dan testimonio todos los profetas, que todos los que en él creyeren, recibirán perdón de pecados por su nombre.
Y aquellas personas de corazón sencillo en la casa de Cornelio lo creyeron y recibieron perdón de pecados. Al haber recibido el perdón de pecados, el Espíritu Santo podía venir sobre ellos. ¿Entienden? Dice:
Mientras aún hablaba Pedro estas palabras, el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso. Y los fieles de la circuncisión que habían venido con Pedro se quedaron atónitos de que también sobre los gentiles se derramase el don del Espíritu Santo.
Recuerden que al ir allá, no creían que el evangelio fuera para nadie más sino para los judíos. No creían que los gentiles pudieran llegar a ser cristianos. Pero cuando los oyeron hablar en lenguas, dijeron: “Esto es definitivo. No podemos discutir con esto”. ¿Por qué estaban convencidos? Dice:
Porque los oían que hablaban en lenguas, y que magnificaban a Dios.
No tenían ninguna otra prueba, y tampoco pidieron ninguna.
Ahora, algunas personas dirían: “Pues, han debido esperar unas seis semanas para ver si aquellas personas llevaban fruto verdadero”. Pero no lo hicieron. Porque en realidad, no estamos hablando de fruto, sino de un don. Son dos cosas diferentes, ambas muy importantes. Los dones se reciben de una sola vez. El fruto se produce mediante un proceso lento de crecimiento.
Algunos de ustedes acaban de celebrar la Navidad, y sin duda algunos habrán puesto un árbol de Navidad, ¿no es cierto? Y habrán colocado sus regalos en las ramas del árbol, o debajo de él. Y las personas a quienes iban destinados los regalos vinieron y los tomaron, y los recibieron. Así de sencillo. Los regalos se reciben de una sola vez.
En cambio el fruto crece en los manzanos, no en los árboles de Navidad. Toma tiempo; es un proceso.
Por favor entiendan: el fruto es sumamente importante, pero no confundan el fruto con los dones. Aquí estamos hablando del don del Espíritu Santo, algo que se puede recibir de una sola vez.
Y entonces, hablando de las personas en la casa de Cornelio, Pedro respondió:
¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?
En otras palabras, estaba diciendo que lo que había pasado el día de Pentecostés era lo mismo que les había acontecido a estas personas.
Más tarde, al contarles lo sucedido a sus compañeros judíos que lo estaban criticando y diciendo que no debía haber ido a hablar con gentiles, Pedro dice en Hechos 11:15:
Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos también, como sobre nosotros al principio.
Allí en la casa de Cornelio no se hace mención de un viento recio o de lenguas como de fuego, pero una cosa que sí caracterizaba aquella experiencia era que todos empezaron a hablar en otras lenguas. Así que yo digo, y a mi juicio, es indiscutible que este fue el sello que los apóstoles recibieron y el sello que reconocieron en otras personas. Jamás pidieron otro sello, y en el Nuevo Testamento no veo que se ofrezca ningún otro sello.
Ahora bien, sé —y probablemente lo sepa mejor que la mayoría de ustedes— que el hablar en lenguas a veces se considera algo extraño, fuera de lo normal, y que algunas personas hasta dicen que es algo demoníaco. Recuerdo que en una época había un ministro evangélico muy querido que se negaba a caminar en la misma acera que yo, porque sabía que yo hablaba en lenguas. ¿Se fijan? Lo perdono, pero no apruebo su opinión.
La verdad es que Dios a veces coloca al principio de cierta experiencia algo que es como una piedra de tropiezo. Si la persona en realidad no está en serio, se desanimará. Para algunos es ofensivo ver personas hablando en un idioma que nunca han aprendido y tal vez mostrando gran emoción. Quiero plantearles que los que somos de ascendencia anglosajona o europea tenemos una idea más o menos falsa de lo que es el verdadero cristianismo. Primero que todo, pensamos que es algo muy solemne. Estando en la iglesia, no se habla en voz alta; la gente se pone de pie o se sienta, o canta himnos, pero en realidad no llega a mostrar mucha emoción. Esa es la imagen del cristianismo con la que crecí yo. Durante diez años, solía ir a la iglesia ocho veces por semana, así que tengo bastante experiencia. Pero no es el cuadro bíblico. Muchos de nosotros sufrimos mucho porque en realidad no nos sentimos libres de expresar lo que Dios está haciendo en nosotros. Cuando uno lee la Biblia, ve que la gente lloraba, gritaba, gemía, batía las manos, danzaba, cantaba, y mostraba su emoción. Eran entusiastas.
Por un tiempo fui director de una academia para entrenar a profesores en el este de África, y tenía que contratar al personal docente. Descubrí que un profesor puede tener mucha preparación académica pero no ser muy buen docente. Y otro profesor que tiene mucha menos preparación puede ser mucho mejor profesor, por una razón: es entusiasta. He llegado a la conclusión de que no hay nada como el entusiasmo.
Cuando Ruth y yo estuvimos en Moscú hace poco más de un año, en una conferencia donde había mil personas, casi todas nuevos creyentes, me impresionó muchísimo su entusiasmo. Dije entre mí: “Señor, ojalá pudiera encontrar esto en otros lugares también”. Al empezar a cantar, cantaban: “Jesús es el Señor de todo” y seguían cantando por diez minutos. Nadie tenía que animarlos a que cantaran, o guiarlos. Simplemente no podían dejar de cantar. Ruth y yo tenemos una grabación de aquella música y cuando de verdad necesitamos recibir ánimo, la ponemos. No es una grabación profesional, pero ¿qué es lo que se percibe? Emoción. Entusiasmo.
Saben, si queremos que los demás crean lo que nosotros creemos, una de las mejores maneras de convencerlos es siendo entusiastas. Si usted tuviera callos y encontrara un remedio para los callos —que creo que sí existe; nunca he tenido callos— usted estaría tan entusiasmado que tendría deseos de decirles a todos los que sufren de callos que hay un remedio.
Pues, tenemos un remedio mucho más valioso que ese; tenemos el remedio para el pecado. No es natural tener poco entusiasmo y no querer contarles a los demás. Pero el que da el entusiasmo es el Espíritu Santo. ¿Recuerdan lo que Ruth y yo citamos al principio?
Y el Dios de esperanza nos llene de todo gozo y paz en el creer, para que abundemos en esperanza por el poder del Espíritu Santo.
¿Qué es lo que hace que abundemos en esperanza? El poder del Espíritu Santo. ¿Cuántos de ustedes hoy en realidad —no respondan abiertamente—, pero, ¿cuántos de ustedes en realidad abundan en esperanza? ¿Cuántos de ustedes están emocionados porque conocen a Jesús? ¿Cuántos rebosan de entusiasmo hasta el punto de que no pueden dejar de hablar de Jesús? Así es que deberíamos ser. ¡Así es que deberíamos ser! Todo nuestro formalismo y nuestra sobriedad en realidad no tiene mucho que ver con el Nuevo Testamento. En un minuto les daré unos ejemplos.
Sigamos. En el Nuevo Testamento hay dos maneras en que se administra el bautismo en el Espíritu Santo. Una es que viene directamente del cielo; simplemente cae sobre la persona. Así pasó el día de Pentecostés, y en la casa de Cornelio. La otra manera es mediante la imposición de manos. Se habla de esto en tres lugares. En Hechos 8:14–19, esto es en Samaria:
Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo . . .
Ahora, aquellas personas habían oído el evangelio de la boca de Felipe. Habían creído y se habían bautizado. Eso lo dice claramente más adelante en ese capítulo. Eran salvos pero no habían recibido el Espíritu Santo todavía. Y los apóstoles no estaban satisfechos; no se contentaban con el hecho de que estas personas habían sido salvas de manera extraordinaria: querían algo más. Dice en el versículo 16:
. . . porque aún no había descendido [el Espíritu Santo] sobre ninguno de ellos . . .
Fíjense que dice que el Espíritu descendió sobre ellos.
. . . sino que solamente habían sido bautizados en el nombre de Jesús. Entonces [los apóstoles] les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo.
En este caso, recibieron el Espíritu Santo mediante la imposición de manos por parte de otros creyentes.
En el próximo capítulo leeremos el relato de cómo Saulo de Tarso, que llegó a ser Pablo, estaba allí en la ciudad de Damasco, y un discípulo llamado Ananías fue enviado a él, le impuso las manos, y oró por él para que fuera sanado y recibiera el Espíritu Santo. Pablo recibió el Espíritu al imponer manos sobre él Ananías.
Y en Hechos 19, otro pasaje que hemos mencionado donde vemos una situación parecida, Pablo encontró a ciertos discípulos en Éfeso. Cuando les preguntó si habían recibido el Espíritu Santo cuando creyeron, ni siquiera habían oído que existiera un Espíritu Santo. De esa manera, Pablo supo que no eran discípulos de Jesús. Se dio cuenta de que eran discípulos de Juan el Bautista. Entonces les dijo que el bautismo de Juan había servido para esa época, pero que ahora necesitaban tener fe en Jesús y ser bautizados. De modo que fueron bautizados en agua y luego dice:
Y habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y hablaban en lenguas, y profetizaban.
Permítanme sugerirles que no se detengan con el hablar en lenguas. Es algo maravilloso, pero ¿por qué no pasar a profetizar? Dios no es celoso. Él les permitirá tener esa experiencia.
¿Cuáles son los propósitos del bautismo en el Espíritu Santo? El propósito primordial es recibir poder sobrenatural de Dios. En Hechos 1:8, Jesús lo expresó de la siguiente manera. Jesús estaba por dejarlos y esto fue casi lo último que les dijo. De hecho, fue lo último; según el relato bíblico, éstas son las últimas palabras que pronunció Jesús estando en la tierra:
. . . pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo . . .
Esa palabra “poder” en griego es dunamis, de la que nos viene la palabra “dinamita” en español. La dinamita es aquella sustancia que produce explosiones. Observarán que cuando descendió el Espíritu Santo, provocó una explosión.
Mucha gente dice que recibieron poder por el hecho de que Jesús había resucitado de los muertos. Pero no es así, porque Jesús había resucitado de los muertos cincuenta días antes, pero nadie en Jerusalén se había enterado. Pero cuando vino el Espíritu Santo, toda Jerusalén se enteró en cuestión de unas horas. Fue dinamita, ¿me explico? Fue una explosión. A algunas personas no les gustan las explosiones; les da temor. Pues, tratándose del Espíritu Santo, ¡que explote! digo yo. Que él haga lo que quiera. Nunca he hecho nada estrambótico, pero si Dios me lo pidiera, lo haría con gusto. ¡Pero he encontrado que él no suele guiarme a hacer ese tipo de cosas!
¿Qué fue lo que recibieron? Poder para ser testigos.
Recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos...
El mensaje del evangelio es algo sobrenatural. No es un relato de sucesos naturales; es algo totalmente sobrenatural. Jesús murió, fue sepultado y resucitó, y ascendió al cielo. Eso es algo sobrenatural. Si vamos a testificar de un acontecimiento sobrenatural, necesitamos poder sobrenatural. Un poquito de teología no es suficiente. Necesitamos recibir poder. Las personas son perspicaces. A veces los pecadores son más perspicaces que los creyentes y cuando disciernen que el mensaje viene acompañado de verdadero poder sobrenatural, prestan atención. Me he dado cuenta de esto en muchas culturas diferentes. Los pecadores disciernen la presencia de un poder sobrenatural. Hace algo en ellos. Capta su atención, y eso fue lo que dijo Jesús: “Recibirán poder, y luego testificarán de mí”.
Y luego en Romanos 15:18–19, Pablo está hablando de su propio ministerio y dice:
Porque no osaría hablar sino de lo que Cristo ha hecho por medio de mí para la obediencia de los gentiles, con la palabra y con las obras, con potencia de señales y prodigios, en el poder del Espíritu de Dios.
Pablo dijo que lo único en su ministerio que valía la pena discutir era lo que el Espíritu Santo había hecho. Ni siquiera quería mencionar otra cosa. Dijo que el Espíritu Santo, mediante su poder sobrenatural, a través de señales y prodigios, había hecho que obedecieran los gentiles, los no judíos, la gente que no había sido evangelizada.
He tratado con gentiles en muchos países. Siempre recuerdo los cinco años que pasé en el este de África. Era director de un instituto para entrenar a profesores africanos. En esa época, todo africano aspiraba a recibir una buena educación. Yo estaba proveyendo algo que ellos deseaban desesperadamente. Venían al instituto como estudiantes, y solían colaborar en todo y ser muy obedientes porque querían educarse. Básicamente hacían todo lo que nosotros los misioneros les decíamos. Recuerdo que un día convoqué a todos los estudiantes y dije: “Quiero decirles algo. Quiero darles las gracias; son muy obedientes y colaboran en todo. Todo lo que nosotros queremos que hagan, lo hacen, porque quieren educarse. Pero en la mente de la mayoría de ustedes hay una pregunta que no ha sido contestada”. Y ahí capté su atención. Dije: “No puedo darles la respuesta a esa pregunta”. Y al decir eso sí que capté su atención. Dije: “La pregunta es ésta: ¿Es la Biblia en realidad un libro para africanos, un libro que podemos creer, o se trata simplemente de una religión del blanco, que no funciona para africanos?” Y eso era exactamente lo que les estaban diciendo sus ancianos. Luego les dije: “Escuchen, nunca sabrán la respuesta a esa pregunta hasta que no experimenten el poder sobrenatural de Dios en su propia vida. Cuando hayan experimentado eso, sabrán que no vino de los Estados Unidos, ni de Inglaterra, sino del cielo”. Los dejé, seguí presentándoles la Palabra de Dios, pero más que nada, oré. Unos cuantos meses después hubo un derramamiento sobrenatural soberano del Espíritu Santo sobre esos estudiantes. Cada estudiante en el instituto fue bautizado en el Espíritu Santo. Hasta ese momento, había que instarles a orar. Desde ese momento, fue difícil hacer que dejaran de orar. Pasaban la mitad de la noche orando en su dormitorio porque habían recibido el sello sobrenatural, el don sobrenatural de poder desde lo alto. La actitud de los demás misioneros blancos había sido la siguiente: —me pesa decirlo, pero es verdad— “Sólo se puede llevar a los africanos hasta cierto punto. No son capaces de ir más allá”. Yo no discutía con ellos, simplemente pasaba tiempo con los africanos. Pero cuando el Espíritu Santo cayó, ¿saben qué pasó? Los misioneros bajaron para ver qué estaba pasando. De repente descubrieron que los africanos sí eran capaces de ir más allá.
Pues, ese es sólo un ejemplo. Aquellos jóvenes, hombres y mujeres, necesitaban tener una experiencia sobrenatural ellos mismos. No era suficiente simplemente recibir un mensaje de otra persona de otra raza y otra cultura.
Y luego en los siguientes meses entre esos estudiantes, que tenían, en su mayoría, menos de veinte y cinco años, vimos operar los nueve dones del Espíritu Santo. De hecho, también vimos a dos personas levantadas de los muertos. La gente dice: “¿Has visto eso alguna vez?” Mi respuesta es que definitivamente sí lo he visto. No quiero entrar en detalles porque no tenemos tiempo. Pero créanme, cuando personas son levantadas de los muertos, ¡la gente presta atención! Jesús dijo a sus discípulos: “Mientras vayan de camino, prediquen el Reino de Dios, sanen a los enfermos, levanten a los muertos, echen fuera demonios y limpien a los leprosos”. ¿Retracta él en algún momento aquellas instrucciones? Nunca. Les he dicho a los judíos entre los cuales vivimos: “Nosotros los no judíos en realidad les debemos una disculpa a ustedes los judíos por haberles pedido que crean un evangelio que no ha sido confirmado con milagros. Porque según el relato bíblico, toda su historia les enseña que cada vez que Dios envía un mensaje a través de un mensajero especial, de una manera u otra, siempre lo confirma con milagros. Ese es en realidad el propósito del bautismo en el Espíritu Santo: es llevarnos a la dimensión de lo sobrenatural, que es la única dimensión en que el evangelio en realidad puede ser proclamado con eficacia.
Miremos Hebreos 2 un momento. Versículos 3 y 4:
. . . ¿cómo escaparemos nosotros, si descuidamos una salvación tan grande? La cual, habiendo sido anunciada primeramente por el Señor, nos fue confirmada por los que oyeron, testificando Dios juntamente con ellos, con señales y prodigios y diversos milagros y repartimientos del Espíritu Santo según su voluntad.
El escritor de Hebreos nos da tres razones por las que debemos atender al mensaje del evangelio. En primer lugar, el primero que proclamó el evangelio fue Jesús. En segundo lugar, fue confirmado por aquéllos que fueron testigos de Jesús. Pero la tercera razón es que el Espíritu Santo confirma el mensaje de manera sobrenatural con señales, prodigios y dones del Espíritu Santo. El mundo no creyente tiene derecho a esperar que la Iglesia hará eso mismo. Estamos viviendo en un nivel inferior a lo que Dios quiere si sólo presentamos un mensaje intelectual y citamos unas cuantas escrituras. Algunas personas se salvarán, y es maravilloso, pero no es lo máximo que tiene Dios.
Quiero darles una razón más por el bautismo en el Espíritu Santo. Lo dice 1 Corintios 12:13. Este es uno de los versículos menos comprendido de todo el Nuevo Testamento. En realidad, está mal traducido y es porque los traductores tenían una idea preconcebida de lo que creían que Pablo estaba tratando de decir. Tengo que decir que he estudiado griego desde que tengo diez años y estoy totalmente convencido de que lo que digo es cierto. Si no lo estuviera, no lo diría. El texto que tengo yo, y la mayoría de las demás traducciones, dicen lo mismo. 1 Corintios 12:13:
Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu.
Ahora, la palabra incorrecta ahí es “por”, porque en griego dice “en un Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo”. Y en todo el Nuevo Testamento, no hay ninguna otra indicación de que el Espíritu Santo bautice a las personas. Las personas son bautizadas en el Espíritu, pero el Espíritu Santo no bautiza. Somos nacidos de nuevo del Espíritu Santo; eso es lo que nos lleva a formar parte del Cuerpo.
Ahora, lo que se enfatiza ahí son las palabras “un”, “un solo” y “un mismo”. Lo que Pablo está diciendo es que el propósito del bautismo en el Espíritu es engendrar unidad en el cuerpo. En un Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, y a todos se nos da a beber de un mismo Espíritu. Pablo usa tres veces la palabra “un”. Pues, señalé anteriormente con respecto al uso de la expresión “bautizar en” y “bautizar para”, que al ser bautizados, somos bautizados “en” algo, “para” algo. Pero en los otros dos casos, el bautismo de Juan y el bautismo cristiano, en realidad las personas ya habían entrado en aquello para lo cual eran bautizadas. Por ejemplo, el bautismo de Juan era un bautismo de arrepentimiento, pero Juan no bautizaba a personas que no se hubieran arrepentido. De modo que el bautismo de Juan no producía arrepentimiento, sino que al bautizar a las personas Juan estaba reconociendo que se habían arrepentido.
Y luego mediante el bautismo cristiano, el bautismo en agua, somos bautizados para llegar a estar en Cristo. Pero cuando somos bautizados, ya estamos en Cristo; si no lo estamos, no tenemos ningún derecho de bautizarnos. Así que bautizarnos en agua no nos lleva a estar en Cristo; es un sello que da testimonio de que ya estamos en él.
Es lo mismo aquí. En un Espíritu fuimos todos bautizados para formar parte de un cuerpo. No significa que no formábamos ya parte del cuerpo, sino que este es un sello que confirma que estamos en el cuerpo. De modo que en cada caso, se bautiza “en” algo, “para” algo. “En” señala el elemento en que uno se bautiza. En el caso del bautismo de Juan, es agua. En el caso del bautismo cristiano también es agua, y en el caso del bautismo en el Espíritu Santo, es el Espíritu Santo. Cuando somos bautizados “para” algo, es porque ya hemos alcanzado ese estado, pero el bautismo es una señal externa de que es así. De que nos hemos arrepentido, de que estamos en Cristo, de que formamos parte de un solo cuerpo. Pero lo que tenemos que tener en cuenta, y esta es una de las tragedias de la historia reciente de la Iglesia, es que el bautismo en el Espíritu Santo está destinado a engendrar unidad en el cuerpo. Pero desafortunadamente hemos sido tan carnales que en vez de aceptar la unidad, muchas veces hemos usado el bautismo en el Espíritu para causar división. Y todos tenemos que arrepentirnos de eso. Así que tengan en cuenta que el bautismo en el Espíritu Santo está destinado a hacernos saber que formamos parte de un cuerpo y que todos los demás creyentes verdaderos, sin importar su denominación, raza o cultura, son miembros del mismo cuerpo. No hay sino un Espíritu Santo; no hay sino un solo cuerpo.
Ese era el propósito de Dios, y desafortunadamente, como en tantas otras cosas, no hemos cumplido con lo que él quiere. el propósito de Dios. Por ejemplo, la celebración de la comunión fue diseñada para el mismo propósito, para enfatizar la unidad del cuerpo. Por causa de nuestra carnalidad, ¿qué es lo que ha hecho? Nos ha dividido. Pero la culpa no es de Dios, sino de nosotros. Todos tenemos que asumir parte de la responsabilidad. Los no pentecostales, por criticar tanto; los pentecostales, por ser tan arrogantes. Pues, llevo bastante tiempo como pentecostal; nuestro lema famoso era: “Lo tenemos todo”. Cuando miro a algunos pentecostales, me parece que lo que tienen no es mucho. Recuerdo que estaba en una iglesia pentecostal danesa y había una viuda. Era pobre y estaba enferma. Dijo en danés: “Lo tenemos todo”. La miré, y pensé para mí: ¡Si eso es todo, no es mucho! Pues, esa actitud ha ofendido a mucha gente. Hemos tomado la actitud de que los pentecostales lo tenemos todo. Tenemos el evangelio completo. Pero en realidad no lo tenemos todo. Podemos tener el bautismo en el Espíritu Santo y hablar en lenguas, y todavía estar muy lejos de lo que Dios quiere. No es una garantía de que seamos perfectos. No es un sello de perfección. Es algo que nos ayuda a llegar a ser perfectos.
Muchos pentecostales toman la siguiente actitud —quiero decir, lo he visto tantas veces— la persona se salva, nace de nuevo, se bautiza en agua, habla en lenguas y supuestamente ya lo tiene todo. ¡No, no, no! ¡Acaba de empezar! No es un fin en sí, es un medio de acceso a otra cosa. Pero si actuamos como si este punto de partida fuera un fin en sí, nunca llegaremos más allá. Algunos de ustedes que son pentecostales necesitan hacerle caso a eso. Si usted está aquí y es pentecostal, quiero mucho a los pentecostales. Les debo la salvación. Por muchos años pensé que tenían la razón en todo. Pero luego descubrí que también tienen sus fallas. Pero tengan en cuenta que el fin del bautismo en el Espíritu Santo es unificar a los cristianos.
Hay una cosa más que tenemos que mencionar: cómo debemos expresar lo que Dios ha hecho en nosotros. En mi opinión, la mayoría de los cristianos llevan lo que llamo yo una vida reprimida. No están libres de expresar lo que Dios ha puesto en ellos, porque pensamos que es necesario comportarnos con mucho decoro. Hablamos en voz baja, no mostramos mucha emoción, nos mantenemos sentados derechos en nuestra silla, nos ponemos de pie, nos sentamos, nos arrodillamos y salimos de la iglesia. Yo llevaba años haciendo eso mismo, así que no me digan que no es así. Esto tiene muy poco que ver con el cristianismo del Nuevo Testamento. Tiene muy poco que ver con lo que experimentaban las personas en la Biblia. Ellos mostraban su emoción. Al leer los salmos de David vemos que él clamaba, lloraba, y bañaba de lágrimas su lecho. Era un hombre muy emotivo. Aun Jesús gimió y derramó lágrimas; expresó sus sentimientos.
La verdad es que nadie más que yo ha tenido este tipo de formación religiosa. Fui criado en el mero centro de un sistema tradicionalista muy fuerte. Si saben algo de Gran Bretaña, estudié en el colegio de Eton, uno de los colegios más prestigiosos del país, y en la Universidad de Cambridge. Yo era un baluarte del Imperio Británico. Pero una noche Dios me bautizó en el Espíritu Santo. No sabía lo que era. No fui a la iglesia; ocurrió en una barraca. ¡Qué les parece! ¡Yo era tan ignorante que no sabía que había que ir a la iglesia para ser salvo o bautizado en el Espíritu! Recibí ambas cosas estando en una barraca a horas avanzadas de la noche. Pero luego cuando empecé a asistir a la iglesia, descubrí que las personas no permitían que Dios se moviera libremente. No soy una persona excesivamente emotiva. Creo que la mayoría de ustedes que saben un poco acerca de mí estarán de acuerdo.
Pero el problema es que reprimimos nuestras emociones. No hemos expresado libremente lo que Dios ha hecho en nosotros. Voy a hablar el domingo por la noche acerca de la adoración. Si usted va a asistir, hablaré un poco más de eso. Pero la adoración no consiste simplemente en proferir palabras; es una actitud del cuerpo. Implica inclinarse, postrarse, batir las manos. Ese es el cuadro bíblico de la adoración. No nos hemos regido según el modelo bíblico, y una de las razones principales para nosotros los anglosajones, o sea cual sea nuestra nacionalidad, es que no hemos expresado lo que el Espíritu Santo ha puesto dentro de nosotros. Hemos apagado el Espíritu; lo hemos reprimido. Hemos tratado de ser decorosos; hemos tenido temor de mostrar demasiada emoción o demasiado entusiasmo.
No soy una persona extremadamente emotiva, pero creo que hay que rendirse al Espíritu Santo. Creo que es necesario expresar lo que el Espíritu Santo ha puesto en mí.
Tenemos que seguir, pero permítanme darles una pequeña lista de personas que tuvieron un encuentro con el Señor.
Abraham. El Señor se le apareció, y ¿qué hizo Abraham? Se postró sobre su rostro. ¿Cuántos de ustedes harían eso? Algunos. Siempre me sonrío cuando oigo a cristianos cantar el himno que dice: “Traed la diadema real y coronadle Rey sobre todas las cosas. Que los ángeles se postren ante él”. Me imagino a esos queridos miembros de la iglesia diciendo: “Está bien que se postren los ángeles, ¡pero no nosotros! ¡Qué va! Tenemos demasiado decoro como para hacer eso”.
Luego está Israel. Cuando el Señor aceptó su holocausto, consumiéndolo con fuego sobrenatural, dice que se postraron sobre sus rostros y dieron gritos de alegría. La Biblia nos insta a dar gritos de júbilo. Quiero decirles que dar gritos no es cantar en voz alta. No los voy a guiar a hacerlo ahora; tal vez lo hagamos el domingo por la noche. Pero dar gritos significa gritar. Estoy seguro de que algunos de ustedes van a juegos de fútbol. No levanten la mano para que no les dé vergüenza, pero lo cierto es que sí van. Y cuando el partido que apoyan marca un gol, ¿qué hacen? ¡Se ponen de pie y gritan! ¿Por qué? Porque están emocionados. Si se emocionan por el fútbol, ¿por qué no emocionarse cuando se trata de Jesús y el Espíritu Santo?
Luego Josué. Tuvo un encuentro con el capitán del ejército de Jehová cerca de Jericó, e inmediatamente se postró sobre su rostro en tierra. De hecho, me atrevo a decir que la mayoría de los grandes hombres de la Biblia se postraron en tierra delante del Señor por lo menos una vez. Y luego el Señor le dijo: “Quita el calzado de tus pies, porque el lugar donde estás es santo”. ¿Han estado en un lugar donde tuvieron que quitarse los zapatos? Nosotros sí. Dios se movió en una conferencia en la que estábamos, en Jerusalén hace dos años, y sin que nadie se lo indicara, la gente empezó a quitarse silenciosamente los zapatos porque sabían que estaban en un lugar santo.
Los sacerdotes, cuando la presencia y la gloria de Dios entraban en el templo, dice que se postraban en tierra. No podían permanecer de pie.
Me gusta leer Jeremías, porque después de todo, fue un profeta prolífico. Escribió una buena parte de la Biblia. Quiero decir, escribió más que casi cualquier otra persona. Jeremías 23:9:
A causa de los profetas [los profetas falsos] mi corazón está quebrantado dentro de mí, todos mis huesos tiemblan; estoy como un ebrio, y como hombre a quien dominó el vino, delante de Jehová, y delante de sus santas palabras.
Esa fue la reacción de Jeremías ante la santidad del Señor. Dijo: “Todos mis huesos tiemblan”. Los huesos de una persona no pueden temblar sin que su cuerpo también tiemble. Es imposible. Él dijo: “Estoy como un ebrio a causa de la santidad del Señor”. ¿Alguna vez han percibido la santidad del Señor hasta tal punto que afectó su cuerpo físico? La verdad es que la mayoría de nosotros estamos viviendo de raciones muy escasas.
Los apóstoles el día de Pentecostés. El Espíritu Santo vino y todos se comportaron con mucho decoro. ¡No! Al contrario, se comportaron de una manera muy extraña e indecorosa. Todos estaban hablando a la vez en idiomas que nunca habían oído y ¿saben lo que dijeron los no creyentes? Que estaban ebrios. ¿Alguna vez han dicho eso de usted al verlo salir de la iglesia?
Juan el apóstol tuvo un encuentro con Jesús mediante una visión, y cayó como muerto a sus pies. Había allí un poder que lo sobrecogió.
No seguiré hablando de los demás porque quiero llegar a la parte más importante de esto. El tiempo se me está acabando, como generalmente pasa. Siete requisitos para poder recibir el bautismo en el Espíritu, y voy a mencionarlos muy brevemente.
Número uno, arrepiéntete. Hechos 2:38, “Arrepiéntete, sé bautizado.”
Número dos, bautícese. Bautícese y recibirá el Espíritu Santo.
Número tres, ten sed. Jesús dijo: "Si alguno tiene sed, venga a mí y beba."
Número cuatro, tiene que venir a Jesús. No hay sino uno que bautiza en el Espíritu Santo. Si quiere el bautismo, tiene que venir al que bautiza.
Número cinco, tienes que pedir. Jesús dijo: “Si ustedes, siendo malos, saben dar buenas dádivas a sus hijos, ¿cuánto más dará el Padre celestial el Espíritu Santo a los que se lo pidan?” Muchos cristianos dicen: “Bueno, si Dios quiere que tenga el Espíritu Santo, supongo que me lo dará. No necesito pedir.” Bueno, Jesús dijo que sí necesitas pedir. Él dijo que tu Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que lo pidan.
Y luego hay que recibir. El recibir se compara a beber.
Y finalmente, y esta es la parte difícil para algunas personas, tienes que rendir el miembro indómito de tu cuerpo, el miembro que no puedes controlar, la lengua. El control de la lengua por el Espíritu Santo es la evidencia de Dios de que ha venido a tomar control. Sabes que en la Biblia la lengua se llama “mi gloria.” Esto no aparece en todas las traducciones, pero en el Salmo 16 el salmista dijo: “Alabaré a Dios con mi gloria.” Pedro citó eso en Hechos 2:26 y dijo: “Alabaré a Dios con mi lengua.”
Tu lengua es tu gloria, ¿lo sabías? ¿Sabes por qué? ¿Sabes por qué se te ha dado una lengua? Por un propósito supremo: glorificar a Dios. Cualquier uso de la lengua que no glorifique a Dios es un mal uso. Pero cuando el Espíritu Santo viene y toma control de tu lengua, todo lo que digas y hagas glorificará a Dios. Esa es la primera vez que realmente estarás usando tu lengua para el propósito para el cual Dios te dio una lengua en la boca.
Hemos llegado al final de mi pequeña explicación, pero sin duda habrá algunos aquí que tienen sed. Por lo menos, así espero. Si no es así, es una lástima. Quiero decirles de una manera muy sencilla cómo pueden recibir esta experiencia aquí esta noche. Quiero leer las palabras de Jesús en Juan 7. Dijo:
Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.
Dios no podía dar el Espíritu hasta que Jesús no fuera glorificado. Pero una vez que él estaba a la diestra del Padre, derramó el Espíritu Santo.
Ahora bien, esos son los requisitos básicos. Usted ha debido cumplir con algunos de ellos, pero tal vez no lo ha hecho. Tal vez no se ha bautizado; tal vez no ha pedido el Espíritu Santo. Yo no me había bautizado. Ni siquiera sabía lo que era el bautismo. No lo pedí, pero Dios me llenó del Espíritu Santo. Tuve una sensación muy extraña en el vientre, y sabía que era en el vientre. Pensé para mí: “¿Qué es esto?”. La frase “hablando en otras lenguas” vino a mi mente. Pensé: “¿Qué tiene que ver esto con hablar en otras lenguas?” Luego le dije en voz alta a Dios estando yo solo en el cuarto: “Dios, si quieres que hable en lenguas, estoy listo para hacerlo”. Y ese algo subió por mi pecho y llegó a mi garganta y mi lengua empezó a moverse. No lo estaba controlando, y en ese momento, descubrí que estaba hablando un idioma como el chino. No lo había pedido, y no me había bautizado en agua. Después sí fui bautizado en agua.
Pero hay ciertos requisitos básicos. Jesús dijo: “Si alguno tiene sed, venga a mí y beba”. Y entonces de su interior correrán los ríos de agua viva. ¡Es una transformación maravillosa! Venimos como personas sedientas, y llegamos a ser canales de ríos de agua. ¿Qué es lo que produce esto? El bautismo en el Espíritu Santo. ¿Qué hay que hacer? Es muy sencillo. Hay que venir a Jesús. No hay sino una persona que bautiza en el Espíritu. Venga al que bautiza para recibir el bautismo. Hay que beber.
Aquí es donde la gente religiosa tiene problemas. Es demasiado sencillo. Nadie jamás ha bebido con la boca cerrada. Nadie jamás ha recibido el bautismo en el Espíritu Santo con la boca cerrada. Al beber, se abre la boca y se ingiere algo. No se ingiere agua, sino el poder sobrenatural de Dios. No creo que haya visto a nadie hacer esto y no recibir. No me acuerdo de ninguno. He visto hasta tres mil personas recibir de una sola vez, pero bebieron. Y después de beber, está el desbordamiento. Recuerden que “De la abundancia del corazón habla la boca”. Aquí es donde hay que tener fe, porque el Espíritu Santo no va a hablar por uno. Uno tiene que hablar según el Espíritu Santo le da palabras. Este es un paso de fe, pero sin fe es imposible agradar a Dios.
Estoy dispuesto a guiar en una sencilla oración a cualquier persona aquí esta noche que desee recibir esta maravillosa experiencia sobrenatural. Recuerde que no le estamos pidiendo que deje una iglesia para hacerse miembro de otra. Eso no es lo que buscamos. Sólo le estamos planteando que usted necesita lo que necesitaban los apóstoles, lo que necesitaba la Iglesia primitiva. De modo que si quiere pasar adelante para que yo lo guíe en una oración, lo haré. Sin demorarnos más, si usted dice: “Hermano Prince, estoy sumamente sediento esta noche, y quisiera tener esa experiencia”, simplemente póngase de pie ahí mismo y camine hacia el frente y yo lo guiaré en una oración.
¡Qué maravilloso! ¿Alguien podrá mover aquellas sillas, por favor? Esto sí es maravilloso. Siga caminando hacia el frente porque hay mucha gente que viene detrás de usted. ¡Qué maravilloso! ¿verdad? Los que ya han recibido el bautismo, por favor manténganse en oración por estas personas, y por mí también. Acérquense un poco más. No me tengan miedo; no voy a morderlos. Si no pueden llegar hasta el frente, simplemente...No tenía idea de que íbamos a tener tantas personas sedientas. ¡Esto es magnífico! Esto puede tener un gran impacto sobre Nueva Zelanda. Si todos ustedes son bautizados en el Espíritu Santo, ¡quién sabe lo que pasará en Nueva Zelanda! Amén. Sólo estoy esperando porque las personas siguen pasando al frente. ¡Nunca pensé que pasaría tanta gente! Esto es emocionante. Me estoy gozando mucho.
Saben que a los presbiterianos se les considera bastante rígidos. En realidad, todos ellos no son así. ¿Pero saben qué dice la declaración de fe presbiteriana? “El deber supremo del hombre es glorificar a Dios y deleitarse en él para siempre”. ¿Cuántos de ustedes se están deleitando en el Señor? Dios quiere que nos deleitemos en él. Él nos a ayuda a deleitarnos en él. Esto les dará un entendimiento mejor de lo que es deleitarse en el Señor.
Escuche, usted no ha venido al hermano Prince. Yo no soy el que bautiza. Ha venido a Jesús. Le voy a dar una oración muy sencilla que puede hacer, mediante la cual se presentará ante Jesús como candidato al bautismo. Usted vendrá a él, pedirá y luego beberá. Aquí es donde se les hace difícil a las personas religiosas porque hay que hacer algo sencillo y práctico que parece tonto. Hay que abrir la boca y empezar a ingerir el Espíritu Santo. Usted no va a ingerir agua, sino el Espíritu Santo. Después de un rato---y para algunos pasa enseguida-- ese pequeño sorbo que se ingiere se convierte en un río que empieza a fluir en la persona y a salir por su boca. ¿Cómo sale? De la abundancia del corazón habla la boca. Cuando la boca de la persona habla según lo que está en su corazón, pasa lo siguiente. Su corazón está lleno hasta rebosar, pero la persona no puede ver su interior, y no sabe cuándo rebosará. Sin embargo, al oír el desbordamiento, que son las lenguas, sabe que debe estar lleno, porque si no, no rebosaría.
Ahora permítame decir una cosa más y lo guiaré en oración. Concéntrese en el Señor; no les ponga atención a las personas a su alrededor. Si alguien empieza a emocionarse, no deje que eso lo moleste. ¡Hemos decidido que el emocionarse no es necesariamente un pecado! Recuerde este paso crítico: debe beber, y en cierto momento, empezar a hablar, en fe. Recuerde que si usted es hijo de Dios —y quiero hacer hincapié en esto— si le pide pan, nunca le dará una piedra. Si pide el Espíritu Santo, eso es lo que va a recibir.
Voy a guiarlo en una oración mediante la cual vendrá a Jesús. Voy a guiarlo a confesar su fe en Jesús como Salvador porque si nunca ha sido salvo, puede salvarse ahora mismo mientras hace la oración. Y entonces habrá reunido las condiciones necesarias para recibir el Espíritu Santo. Después de decir “Amén” al final de esta oración, no siga orando. No se recibe el Espíritu Santo orando, sino bebiendo. Muchas personas no han podido recibir el Espíritu Santo por el hecho de estar orando, porque mientras uno está hablando en su propio idioma, es imposible hablar en otro idioma. Hay que dejar de hablar en español y empezar a hablar en el idioma nuevo.
Pues, voy a guiarlo en esta oración muy sencilla. Por favor recuerde que no está dirigiendo su oración a mí. Simplemente le estoy dando las palabras para poder venir a Jesús. Después de decir “Amén”, ¿qué hay que hacer? Empezar a beber. ¿De acuerdo? Lo siento, tal vez puedan hablar conmigo después, pero si empezamos con preguntas ahora, no podremos avanzar. Simplemente confíe que el Señor responderá su pregunta. ¿De acuerdo? Bien, ahora sí empezaremos. Quiero que repitan estas palabras:
Señor Jesucristo, creo que tú eres el Hijo de Dios y el único camino a Dios, que moriste en la cruz por mis pecados y resucitaste de los muertos. Confieso cualquier pecado que haya cometido, y confío en que me perdonas y me limpias en tu preciosa sangre. Te doy gracias por hacerlo. Ahora, Señor Jesús, vengo a ti como el que me bautiza en el Espíritu Santo. Me abro a ti y empiezo a beber de tu Espíritu que ya estás derramando sobre mí.
Voy a repetir eso.
Empiezo a beber de tu Espíritu que ya estás derramando sobre mí. Señor, confío en que me darás el desbordamiento. En fe te doy gracias por esto ahora, en el nombre de Jesús. Amén.
Ahora empiece a beber. No me mire; yo no soy el que bautiza. Simplemente entréguele su lengua y empiece a hablar. No tiene que gritar, pero tiene que hablar lo suficientemente claramente para saber que está hablando. Ahí está, muchos de ustedes ya están hablando. Hable un poco más duro. (Derek habla en lenguas.) Creo que la mayoría de las personas a mi alrededor están hablando. El hombre que tenía la pregunta está hablando con fluidez. Tómese el tiempo de deleitarse en el Señor. Olvídese de sus problemas y de sus preguntas y relájese completamente. Entréguese al Señor mediante esta experiencia.
Gracias, Señor Jesús. Gracias, Señor Jesús. Así es. Si usted llega a emocionarse, lo entenderemos. Gracias, Señor. Gracias, Jesús. Ahora se está comunicando directamente con el Señor. Su espíritu está orándole al Señor directamente. Ya no tiene que pasar por el estrecho canal de su mente. Su espíritu está libre para comunicarse con Dios. Gracias, Señor. Gracias, Jesús. Gracias. Todo anda bien; relájese. Gracias, Señor Jesús. (Derek habla en lenguas.) Muy bien. ¡Aleluya! Gracias, Señor. Gracias, Señor. Amén. (Una señora empieza a reírse bajo la influencia del Espíritu Santo.)
(Una mujer estalla en risa santa.)
La Biblia dice que Dios no aborrece al perfecto; aún llenará su boca de risa y sus labios de júbilo.
Está bien, hermana. He tenido esa experiencia. Es maravilloso. Amén.
Ahora, ¿qué de todas las demás personas que hablan en lenguas? Pónganse de pie donde están, y adoremos todos juntos al Señor en otras lenguas. No en español, sólo en otras lenguas. Llenemos este lugar de adoración hacia Dios.
(Hablan en lenguas.)
Señor Jesús, Señor Jesús, te adoramos. Te adoramos, Jesús. Tú eres nuestro Señor; eres nuestro Salvador; eres nuestro Dios. Te adoramos a ti solamente. (La señora sigue riéndose.) Me da envidia. Me siento celoso. He tenido esa experiencia y no hay nada que se compare. Si tienen ganas de reírse, ¡adelante! Es completamente bíblico. Dios no aborrece al perfecto; aún llenará su boca de risa y sus labios de júbilo. Gracias, Señor Jesús. Gracias, gracias, gracias.
Olvídense de su decoro por un rato. Emociónense. Gracias, gracias, gracias. Gracias, Señor Jesús.
Jesús no dijo que sería un charco, sino ríos. Así que dejen que fluya; no lo detengan. Siéntanse completamente libres esta noche. Tengan la seguridad de que han estado alabando al Señor en otras lenguas. No salgan de este lugar con dudas. (Se oye hablar en lenguas.) ¡Llenemos este lugar con las alabanzas de Jesús esta noche! Levantemos nuestras voces y démosle alabanza y acción de gracias. Gracias, Señor. Gracias, Señor Jesús. Tú eres digno. Digno es el Cordero que fue inmolado de recibir gloria y honra y poder y bendición. Aleluya. Te amamos esta noche, Señor Jesús. No nos avergonzamos de decirte que te amamos, Jesús. Te amamos porque tú nos amaste primero. Gracias, gracias, gracias. Gracias Señor. Gracias, Señor. Gracias por lo que has hecho aquí esta noche, Señor. Queremos darte toda la gloria y toda la alabanza porque sólo tú eres digno de recibirlo.
Ahora, sólo para asegurarme de que saben que lo tienen, quiero que cada uno de ustedes que ha hablado en lenguas lo vuelva a hacer en voz baja, pero lo suficientemente duro para que se puedan oír. Y recuerden que están hablando con el Señor, no conmigo. Esto es para que puedan salir de aquí sabiendo que han hablado en una lengua desconocida. Recuerden que si le pidieron pan, no recibieron una piedra. Amén. Simplemente disfruten de lo que Dios les ha dado. Gracias. Gracias, Jesús. Gracias. Gracias, Señor.
Creo que vamos a terminar esta reunión ahora. No tienen que irse, si es que quieren quedarse. Mañana estaremos hablando de la imposición de manos, que es la próxima doctrina de fundamento. Que Dios los bendiga. Espero que lleguen bien a su casa, ¡y si quieren pueden dormirse hablando en lenguas!
Código: MV-4165-100-SPA