Fe y Obras

Derek Prince
*Last Updated: mayo de 2026
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Esta noche nuestra proclamación está directamente relacionada con el tema del cual voy a hablar. Se toma de Efesios 2:8–10:
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios; no por obras, para que nadie se gloríe. Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.
Ahora voy a continuar con el tema que tocamos en nuestra última charla; examinaremos las seis grandes doctrinas que son el fundamento de la fe cristiana, que se mencionan en Hebreos 6:1–2. Las volveré a nombrar. El arrepentimiento de obras muertas, la fe en Dios, la doctrina de bautismos, la imposición de manos, la resurrección de los muertos y el juicio eterno. En nuestra última charla hablé del tema “Del arrepentimiento a la fe”. Hablé del arrepentimiento, y empecé a hablar de la fe. Esta noche quiero seguir hablando de fe y el tema es: “Fe y obras”, dos palabras sencillas que se usan con mucha frecuencia en el Nuevo Testamento, pero es verdaderamente increíble cuántas personas entre el pueblo de Dios no tienen un entendimiento claro de la relación que existe entre la fe y las obras.
Quiero decir que cuando hablamos de fe, simplemente nos estamos refiriendo a lo que creemos; cuando hablamos de obras, nos referimos a lo que hacemos. ¿Cuál es la relación correcta entre lo que creemos y lo que hacemos?
Quiero empezar por establecer lo que es el evangelio. Muchos de nosotros usamos esta frase y hablamos como si entendiéramos claramente lo que es el evangelio. Pero en realidad, creo que muchas personas hablan del evangelio sin saber lo que es realmente. Pablo expone muy claramente lo que es el evangelio en 1 Corintios 15:1–5:
Además os declaro, hermanos, el evangelio que os he predicado, el cual también recibisteis, en el cual también perseveráis; por el cual asimismo, si retenéis la palabra que os he predicado, sois salvos, si no creísteis en vano.
Luego Pablo establece lo que es el evangelio: consiste en tres hechos históricos sencillos. No es complicado.
Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: Que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras.
De modo que el evangelio consiste en tres hechos históricos sencillos: Cristo murió por nuestros pecados; fue sepultado; y resucitó al tercer día. Y donde no se mencionan estas tres cosas, no se predica el evangelio. Hay mucha supuesta predicación del evangelio que en realidad nunca expone el evangelio. Esos son los tres hechos que tenemos que entender.
Y la primera autoridad que da testimonio de esto no son los testigos que lo vieron después que resucitó, sino las Escrituras. Esa es la autoridad final. Pablo dice dos veces “conforme a las Escrituras”. Luego menciona a varias personas que fueron testigos de su resurrección. Pero tengan en cuenta que la autoridad final en todo lo que tiene que ver con la fe son las Escrituras.
Luego Pablo explica que si recibimos estas realidades sencillas por fe sin obras, sin lo que hacemos, nuestra fe nos será contada por justicia. Seremos considerados justos. Es muy importante ver que Pablo dice que no es por lo que hacemos, sino por lo que creemos. No es por obras, sino por fe. En Romanos 4, Pablo habla acerca de lo que podemos aprender de Abraham, diciendo que a Abraham, su fe le fue contada por justicia. Entonces Pablo empieza a hablar de lo que esto nos enseña. Dice en Romanos 4:
Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda.
Si trabajamos por alguien y recibimos nuestro salario, eso no es gracia, sino algo que se nos debe. Pero él dice que así no es que alcanzamos la justicia. No es por nuestras obras; no es algo que nos hayamos ganado.
Luego dice algo verdaderamente increíble, y le digo a la gente que si nunca les ha sorprendido lo que dice la Biblia, es porque en realidad nunca la han leído, porque en la Biblia hay algunas afirmaciones verdaderamente increíbles. Pablo sigue diciendo en Romanos 4:5:
. . . mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia.
De modo que si quiere que su fe le sea contada por justicia, ¿qué es lo primero que debe hacer? Dejar de obrar. “Al que no obra . . .”. Mientras piense que puede ganárselo por sus obras, no lo recibirá. Esto es sumamente difícil para las personas religiosas. Estamos tan acostumbrados a la idea de que tenemos que hacer algo para ganarnos el favor de Dios. No podemos ganarnos el favor. No podemos ganarnos la gracia. Por definición estas son cosas que no se pueden ganar. Así que lo primero que debemos hacer si queremos ser considerados justos por Dios es dejar de esforzarnos. ¡Deje de obrar! Esa es una afirmación que deja boquiabierta a muchas personas, pero la verdad es que la Biblia es un libro que asombra, mucho más de lo que la mayoría de nosotros nos damos cuenta.
¿Cuál es la verdadera relación entre la fe y las obras? No es que las obras no sean importantes, sino que hay que ponerlas en el lugar correcto. Ruth y yo citamos un pasaje de Efesios 2, que voy a repetir. Efesios 2:8–10:
Porque por gracia sois salvos por medio de la fe; y esto no de vosotros, pues es don de Dios . . .
Ni siquiera podemos jactarnos del hecho de tener fe, porque sólo tenemos fe porque Dios nos la ha dado. No es algo que podamos producir nosotros mismos.
Y luego dice:
. . . no por obras, para que nadie se gloríe.
Y en muchos lugares donde habla de personas que creen que han sido justificadas por sus obras, Pablo dice que no, para que nadie se gloríe. Lo que pasa es que una religión basada en obras estimula el orgullo del hombre. El orgullo es el gran pecado básico. De modo que Dios ha dispuesto una manera de ser justificado que no alimenta nuestro orgullo.
Si miramos los que practican una religión bastante complicada —y no quiero nombrar ninguna porque no quiero dar la impresión de atacar ninguna religión— pero básicamente, mientras más estricta su religión, más soberbios son. Están haciendo algo bien difícil; ayunan, se sacrifican, y así por el estilo. Esto alimenta su orgullo. Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes. Dios ha concebido una manera de ser justificado ante él que no alimenta nuestro orgullo.
No sé si se habrán fijado, pero hablemos de los cristianos. Los cristianos que son muy legalistas, que insisten mucho en reglas, a menudo no son personas muy amorosas. ¿Se han fijado? Si uno se acercara a ellas para recibir amor, tal vez no recibiría mucho. En realidad, el legalismo y el amor son prácticamente opuestos. Así que tenemos que guardarnos constantemente de cualquier cosa que alimente el orgullo. Básicamente, la religión sí alimenta el orgullo. Si se trata de religión sin la gracia de Dios, alimenta nuestro orgullo.
Sin embargo, las obras tienen su lugar. No es que carezcan de importancia; simplemente hay que darse cuenta que deben venir después de la fe y no antes. Efesios 2:10 lo dice tan claramente como cualquier escritura que yo conozca.
Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas.
Así que cuando Dios nos hace nuevas criaturas en Cristo —y la Biblia dice que si alguno está en Cristo, nueva criatura es— entonces Dios tiene preparadas obras apropiadas para esa nueva criatura. Pero la vieja naturaleza carnal no puede andar en las buenas obras que Dios ha preparado. Tenemos que ser hechos nuevas criaturas por fe antes de poder caminar en las buenas obras. Entonces las buenas obras llegan a ser sumamente importantes. Hay que poner las cosas en el orden debido: primero, el ser hecho nueva criatura por fe, y luego el andar en las buenas obras que Dios ha preparado para nosotros.
No sé si se habrá dado cuenta que en realidad, si ha sido hecho una nueva criatura en Cristo, no tiene que decidir por sí mismo lo que debería hacer para Dios, porque Dios ya lo tiene planificado. Lo que tiene que hacer es averiguar cuáles son las obras que Dios ha preparado de antemano. No trate de hacer su propio plan para su vida; averigüe cuál es el plan de Dios. Muchas veces es muy diferente de lo que pensaríamos.
Permítanme darles un ejemplo breve de mi propia vida. Yo fui hijo único; no tuve hermanos. Me crié en internados desde los nueve años hasta los veinte y cinco. Tuve una que otra novia, pero aparte de eso, no conocía a casi ninguna chica. En realidad, las muchachas eran seres misteriosos con los cuales no sabía relacionarme. Pero cuando Dios me llamó, me casé con una dama que tenía un hogar para niños, y el día que me casé con ella, me convertí en el padre adoptivo de ocho niñas. Pues, uno no pensaría que eso sería lo apropiado para Derek Prince. Si hubiera planificado mi propia vida, eso nunca hubiera figurado en el plan. Pero eran las buenas obras que Dios había preparado para mí, para que anduviese en ellas. Me da satisfacción el hecho de saber que aunque he fallado muchas veces, básicamente he andado en las buenas obras que Dios preparó para mí.
Ahora vamos a dar una definición y para esto necesitamos tener la mente despejada. ¡Bueno, en realidad, tenemos que tener la mente despejada todo el tiempo! ¿Cuantos de ustedes estarían de acuerdo? Pues, necesitamos hablar brevemente de lo que es la gracia. La gracia es una hermosa palabra, pero muchas veces se ha usado mal. Una vez estaba predicando en cierta iglesia y dije: “La verdad es que las iglesias que predican mucho acerca de la gracia a veces son las que menos saben de gracia”. ¡Y luego me di cuenta que estaba predicando en una de esas iglesias! Sin embargo, es cierto. Muchas personas que usan la palabra “gracia” no tienen ninguna idea de lo que significa realmente. El significado de raíz es “encanto” o “belleza”. Es una belleza que Dios nos imparte porque creemos en él. Él nos hermosea con su gracia.
Pablo dice en Romanos 11:6, y este es punto crítico:
Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia.
En otras palabras, según entiendo yo, la gracia no es algo que uno se pueda ganar. Cualquier cosa que uno pueda ganarse no es gracia. Esto es bastante humillante para muchos de nosotros. Tenemos que depender de su gracia; no podemos ganárnosla. Nunca podremos obtener la gracia de Dios a través de lo que hacemos. Por gracia hemos sido salvos por medio de la fe. Y justamente cuando empezamos a emocionarnos porque tenemos fe, debemos recordar que Pablo sigue diciendo:
. . . y esto no de vosotros, pues es don de Dios.
No tenemos absolutamente nada de que gloriarnos si hemos sido salvos por fe. Dios lo ha dispuesto así para protegernos del más grande pecado de todos, que es el orgullo.
Quiero examinar la relación que existe entre la fe y las obras, entre lo que creemos y lo que hacemos. Que yo sepa, todo lo que voy a decir viene directamente del Nuevo Testamento, y sin embargo, a muchos de ustedes les asombrará y hasta les escandalizará. Me he dado cuenta que el solo hecho de predicar el mensaje sencillo de salvación por gracia según el Nuevo Testamento asombra a la mayoría de cristianos profesantes.
Recuerdo que una vez dije en una congregación más o menos de este tamaño: “Por supuesto que el cristianismo no es un conjunto de reglas”. Luego miré a aquellas personas, y estaban estupefactas. Me parece que hubieran estado menos estupefactas si les hubiera dicho: “Dios está muerto”. Para ellos, el cristianismo consistía en un conjunto de reglas. Tal vez usted tenga el mismo concepto. Quiero decirle que el cristianismo no es un conjunto de reglas; no se llega a ser cristiano acatando reglas.
Miremos lo que dice Pablo en Romanos 3:20. Y, a propósito, el tema de Romanos es la justicia. Ese es el tema central de Romanos: cómo podemos ser justificados ante Dios. Muchos siglos antes, Job en su aflicción, había clamado en Job 9:2:
¿Y cómo se justificará el hombre con Dios?
Sus amigos religiosos todos se burlaron de la idea de que una persona pudiera ser justificada ante Dios. Pero Dios oyó ese clamor, y muchísimos años después, a través de la Epístola a los Romanos, contestó la pregunta: “¿Y cómo se justificará el hombre con Dios?”. No es acatando un conjunto de reglas.
En Romanos 3:20 Pablo dice:
. . . ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él; porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado.
La traducción que acabo de leer es la versión Reina-Valera de 1960. La Biblia de las Américas en realidad dice lo mismo. Ambas versiones añaden dos palabras que no están en el texto original. He estudiado el griego desde que tenía diez años y sé lo que estoy diciendo. Mencionan la frase “la ley” dos veces. La ley. Pablo lo dice. Él dice:
. . . porque por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de El; pues por medio de la ley viene el conocimiento del pecado.
Me preguntarán: “¿Cuál fue el propósito de la ley?” El propósito de la ley fue diagnosticar nuestro problema, exponer el hecho de que tenemos un problema, que es el pecado. La ley puede diagnosticar nuestro problema, pero no puede resolverlo. Sólo la gracia lo puede resolver. De modo que necesitamos la ley para llevarnos al punto donde vemos que necesitamos la gracia. Ese es su propósito.
Santiago dice en el capítulo 2, versículos 10 al 11 de su epístola:
Porque cualquiera que guardare toda la ley [la ley de Moisés], pero ofendiere en un punto, se hace culpable de todos. Porque el que dijo: No cometerás adulterio, también ha dicho: No matarás. Ahora bien, si no cometes adulterio, pero matas, ya te has hecho transgresor de la ley.
¿Entienden lo que está diciendo Santiago? O bien guardamos toda la ley, o no guardamos ninguna parte de ella. El guardar noventa y nueve por ciento de la ley no es guardar la ley. La ley es una sola unidad.
A propósito, ninguno de nosotros está ni cerca de guardar el noventa y nueve por ciento. Los judíos ortodoxos dicen que hay seiscientos trece mandamientos que hay que guardar. En privado, admitirán que ellos no guardan sino unos treinta y dos. Ningún ser humano viviente en la tierra guarda toda la ley de Moisés. Nadie jamás lo ha hecho sino una persona. Ya saben su nombre: Jesús, así es. Él le decía a la gente de su época: “¿Cuál de ustedes me declara culpable de pecado?” No podían responderle. Él es el único que guardó la ley perfectamente. Nosotros no lo podemos hacer.
Descubrí cuando estaba en el Ejército Británico y me salvé y empecé a hablarles a las personas de la salvación, que todos empezaron a pensar en función de la religión, y no de la salvación. Encontraba que en general, todos sacaban una pequeña lista de reglas que acataban. Esa era su justicia. Su lista se adaptaba específicamente a su situación individual. Si había algo indebido que estaban haciendo, esa regla no la incluían en su lista. Me di cuenta que así es que piensa la mente humana: Soy justo porque acato un conjunto de reglas. ¡No es así! Pudiera serlo si acatáramos todas las reglas, pero no lo hacemos; nadie lo hace. Así que no podemos decir: “Guardo esta parte de la ley, y eso es todo lo que hace falta”, porque la ley es una sola unidad. O la guardamos o no la guardamos. Si pudiéramos guardarla toda, Dios nos consideraría justos. Pero no podemos hacerlo. De modo que estamos consignados a la alternativa, que es la gracia, algo que no podemos ganarnos.
Ya lo he dicho, y quiero regresar a este punto en Romanos 3:20:
. . . ya que por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante de él...
Nunca trate de ser justificado delante de Dios acatando un conjunto de reglas. Eso es lo que significa la escritura. Porque fracasará. Si sus reglas son las apropiadas, no podrá acatarlas. Si sus reglas son inapropiadas, no somos justificados por acatar reglas inapropiadas. ¿Me explico?
Ahora sigamos. Lo que quiero decir ahora, y aquí es que la gente empieza a escandalizarse, es que la ley y la gracia no pueden obrar juntas. No podemos beneficiarnos de ambas; tiene que ser la una o la otra. Si buscamos más adelante en Romanos 6, versículo 14, dice:
Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia.
De modo que esas son las dos alternativas que tenemos. Podemos estar bajo ley, o bajo gracia, pero no podemos estar bajo ambas al mismo tiempo. Si estamos bajo ley, no estamos bajo gracia, y si estamos bajo gracia, no estamos bajo ley.
Lo que Pablo dice aquí tiene mucha trascendencia. Dice que el pecado no se enseñoreará de nosotros porque no estamos bajo la ley sino bajo la gracia. Esto da a entender que si estuviéramos bajo la ley, el pecado sí se enseñorearía de nosotros. La única manera de librarse del dominio del pecado es dejar de tratar de guardar una ley y valerse de la gracia de Dios. Les dije que esto los iba a dejar estupefactos. Veo que algunos de ustedes ya lo están.
En Romanos 8:14, Pablo dice:
Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, éstos son hijos de Dios.
¿Quiénes son los verdaderos hijos de Dios? Los que son guiados por el Espíritu Santo de manera habitual. Esa es la alternativa a acatar un conjunto de reglas. Podemos acatar el conjunto de reglas o bien ser guiados por el Espíritu Santo, pero no podemos hacer ambas cosas.
Se me ocurre una pequeña ilustración que suelo usar. La voy a usar para que sea más clara la idea. Hay un joven recién graduado de un instituto bíblico. Tiene un grado en teología; es fuerte y saludable, y tiene que ir de cierto lugar a otro. Dios le dice: “Pues, tienes dos alternativas. Puedes usar el mapa o puedes valerte de los servicios de un guía”. El joven dice: “Soy bastante listo. Tengo un grado en teología. Sé leer los mapas. Tomaré el mapa. No necesito el guía”. Cuando se pone en camino el sol está brillando y los pájaros cantan, pero unos tres días después, ha anochecido. Es muy de noche, se encuentra en un bosque, muy cerca de un barranco y ha perdido completamente el sentido de orientación. Una voz dulce le dice: “¿Puedo ayudarte?” ¿Saben quién es? El Espíritu Santo, el guía. Así que él dice: “Espíritu Santo, ¡te necesito!”. El Espíritu Santo lo saca de donde está y otra vez emprenden el camino.
Pero después de un tiempo, el joven dice entre sí: “La verdad es que me parece que fui un poco tonto. Pude haber salido de ahí sin ninguna ayuda. En realidad no tenía que haberme desesperado”. Mira alrededor y su guía ya no está ahí. Está solo. Dice: “Puedo hacerlo yo solo”.
Unos tres días después, está en medio de un pantano. Con cada paso que toma se hunde más, y no puede salir. La voz dulce le dice: “Tal vez ahora sí me necesites”. El joven dice: “Oh, Espíritu Santo, ¡por favor, ayúdame! ¡Tú eres el único que puede sacarme de esto!”. Y entonces sigue caminando hacia su destino con el Espíritu Santo. Entonces le dice al Espíritu Santo, a su guía: “Sabes, tengo un mapa verdaderamente excelente. ¿Qué te parece si comparto contigo el mapa?” El guía dice: “Gracias, pero no necesito el mapa. Sé el camino. Además, yo fui el que creé el mapa”.
¿Entienden el mensaje? ¿Cuánto tiempo nos tomará entender que no podemos hacerlo solos? Lo que importa no son nuestras buenas obras, ni el acatar reglas, sino el Espíritu Santo, el Espíritu de gracia. Todos los que son guiados por el Espíritu Santo de manera habitual, estos son hijos de Dios.
Y luego en Gálatas 5, Pablo regresa a este tema. Quiero decirles que este es uno de los temas principales del Nuevo Testamento. Cualquiera que no haya dominado este tema está en un estado de media luz. Creo que así es que viven muchos cristianos; viven en un crepúsculo incierto, a la mitad del camino entre la ley y la gracia, y no saben distinguir entre ambas cosas, ni cómo valerse de la gracia de Dios. En Gálatas 5:18, Pablo dice:
Pero si sois guiados por el Espíritu, no estáis bajo la ley.
Dijo anteriormente que los que son guiados por el Espíritu, estos son hijos de Dios. Así que podemos escoger. Podemos vivir como hijos de Dios y ser guiados por el Espíritu Santo, o darle la espalda al Espíritu Santo y tratar de guardar la ley. Pero no podemos combinar las dos cosas. Este es el meollo de lo que estoy tratando de decirles. Aquí es que la gente empieza a vivir en un crepúsculo incierto. En parte confían en la gracia, y en parte confían en el conjunto de reglas que están acatando.
Por favor entiendan que no estoy diciendo que es malo acatar reglas. Lo que estoy diciendo es que el acatar reglas no nos hace justos. ¿Captaron la idea? Tal vez deba repetirlo. El acatar reglas no nos hace justos.
La mayoría de ustedes pertenecen a una iglesia o denominación que tiene sus reglas. Me parece que si pertenece a ese grupo en particular, debería acatar las reglas. Si no puede acatar las reglas, no debería pertenecer al grupo. Sin embargo, el acatar reglas no nos hace justos. La verdad es que es una gran fuente de división en el Cuerpo de Cristo, porque la mayoría de grupos religiosos tienen su propio conjunto de reglas. Los católicos tienen uno, los bautistas tienen otro, los adventistas otro, los pentecostales otro, y así por el estilo. La mayoría de las personas en esos grupos piensan que el acatar sus reglas las hace justas. Luego miran las personas que acatan otro conjunto de reglas y dicen: “Pues, en realidad no son justos, porque no acatan nuestras reglas”. ¿Ven lo que hace el legalismo? Divide el Cuerpo de Cristo.
Los bautistas tienen la libertad de acatar sus reglas, con tal de que sean bíblicas, y también los pentecostales y los católicos. Pero tengan en mente que ninguno de ellos es justificado por acatar sus reglas. Son justificados por fe.
El problema es que si nos concentramos en las reglas, probablemente pasaremos por alto la fe, y nos encontraremos otra vez en aquella penumbra. O como el joven que pensó que podía llegar a su destino usando el mapa y terminó en un pantano. Algunos de ustedes entienden lo que es encontrarse en un pantano. Y la verdad es que algunos de ustedes están aquí ahora porque lograron salir del pantano y se dieron cuenta que necesitaban el Espíritu Santo. ¿No es así? ¡Amén!
Ahora voy a hacer otra afirmación que escandalizará a algunos. No me atrevería a hacerla si Pablo no la hubiera hecho primero. Se encuentra en Romanos 7. ¡Romanos sí que es un libro extraordinario! Yo era profesor de lógica antes de convertirme. Me interesaba mucho la lógica, y creo que la lógica es algo maravilloso. Es como una computadora. Si se le meten los datos correctos a la computadora, se obtendrán los resultados correctos. Pero si se le meten los datos incorrectos, se obtendrán resultados incorrectos. La lógica no nos da las respuestas; simplemente nos permite ver si nuestras conclusiones tienen sentido. Yo diría que de todo lo que he leído, la Biblia es el libro que tiene más lógica. Personalmente no siento que el hecho de creer lo que dice la Biblia me haga intelectualmente inferior. Esa es mi opinión. Quiero animarlo a que no se sienta intelectualmente inferior. Tal vez la gente lo acuse de fanatismo religioso. Pues, bien. ¡Sea fanático! La verdad es que por lo general, la gente acusa a una persona de ser fanático para que los demás piensen mal de ella. Los que lo hacen no han definido la palabra “fanatismo”. Hay muchas palabras que la gente usa sólo para desacreditar a otros, pero no las definen. No tenga miedo de ser acusado de fanatismo religioso; la próxima vez que alguien lo haga, pregúntele: “¿Qué exactamente entiende usted por fanatismo?”
Ahora llegamos a esa afirmación increíble de Pablo en Romanos 7. Mientras más uno lee de los escritos de Pablo, más lo deja a uno boquiabierto. Romanos 7:4 y los versículos que siguen:
Así también vosotros, hermanos míos, habéis muerto a la ley mediante el cuerpo de Cristo, para que seáis de otro, del que resucitó de los muertos, a fin de que llevemos fruto para Dios.
Pablo dice que si en una época alguien era judío religioso, estaba casado con la ley. Y el hecho de abandonar la ley y casarse con otra persona sería adulterio, adulterio espiritual, a menos que se enterara de que la ley estaba muerta. Pues, mediante la muerte de Jesús en la cruz, Dios le dio muerte a la ley. ¿Me explico?
Este es un verdadero problema para la mayoría de los judíos. Ellos sienten que si no tratan de guardar la ley —aunque en realidad no se esfuerzan mucho— están siendo infieles a su esposo. Tiene que haber una revelación de que en Cristo, Dios le dio muerte a la ley para que ellos pudieran casarse con otro, con el Mesías resucitado. Y por medio de él, tanto ellos como nosotros podemos llevar fruto. ¿Entienden la idea? El fruto solamente surge mediante la unión. Lo que producimos depende de aquello con lo cual estamos unidos. Si estamos unidos, si estamos en unión con Cristo, entonces llevaremos el fruto del Espíritu.
Pablo sigue diciendo:
Porque mientras estábamos en la carne, las pasiones pecaminosas que eran por la ley obraban en nuestros miembros llevando fruto para muerte.
Esa es una afirmación increíble, ¿verdad? Las pasiones pecaminosas que eran por la ley. En otras palabras, Pablo dice que la ley despertaba las pasiones pecaminosas. ¿Captan la idea?
Permítanme darles otro pasaje: 1 Corintios 15:56. Esta es una de esas afirmaciones que lo dejan a uno boquiabierto.
. . . ya que el aguijón de la muerte es el pecado, y el poder del pecado, la ley.
Pablo sigue diciendo en Romanos 7 que la ley no tiene nada de malo; es perfecta. El problema está en nosotros. Permítanme explicarlo de esta manera: la ley obra desde fuera. Dice: “Haz esto, no hagas aquello”. Nosotros decimos: “Está bien. Haré esto y no haré aquello”. Y al hacerlo estamos confiando en nuestra propia habilidad. Ese es el problema, porque no tenemos la habilidad de hacer lo bueno y evitar lo malo. En realidad, la característica básica de nuestra carne es que nos lleva a confiar en nosotros mismos y no querer depender de Dios.
Volvamos a la tentación en el huerto del Edén. ¿Cuál fue la motivación que usó Satanás? “Seréis como Dios”. No es malo ser como Dios. ¿Cuál era el problema? Serían como Dios sin depender de Dios; dependerían del conocimiento del bien y del mal. Ese es el problema de raíz de la humanidad; es el problema de raíz de las personas religiosas. Queremos ser como Dios, pero no queremos depender de Dios. En esencia, el pecado es negarse a depender de Dios. En eso radica el pecado. No se trata de un acto pecaminoso que hayamos cometido, sino de una actitud de autoconfianza que aleja de nuestra vida la gracia de Dios. En mi opinión, eso es lo que más le cuesta a Dios cambiar en nuestra vida, esa actitud de autojustificación que dice: “Lo puedo lograr yo mismo. No necesito a Dios”.
Que yo sepa, y esta es sólo una opinión, no hay sino dos criaturas en el universo que quisieron ser independientes de Dios: los ángeles caídos que se unieron a Satanás en su rebelión y el género humano. Ninguna otra cosa en el universo desea ser independiente de Dios. Las aves no desean ser independientes, ni los animales, ni los peces, ni las estrellas. Todos ellos son felices dependiendo de Dios. Pero nosotros, a causa de la caída y de nuestra naturaleza carnal, hemos heredado este problema. No nos gusta depender de Dios. Nos gusta poder decir: “Lo hice solo. No tuve necesidad de Dios”.
Queridos amigos, necesitamos a Dios desesperadamente y cuando más lo necesitamos es cuando pensamos que no tenemos necesidad de él. Si analizamos nuestra vida cristiana, veremos que cada problema que hemos tenido se debió al hecho de tratar de lograr algo sin Dios, y negarse a depender de su gracia.
Hace unos años, Ruth estaba hospitalizada, y estaba esperando ser operada. Estaba muy débil; quería leer la Biblia, pero no podía. La hermana superior (era un hospital católico, y a propósito, quiero decir que en los Estados Unidos, si tuviera que escoger un hospital, escogería un hospital católico, porque por lo menos ahí todavía se ve un poquito de compasión. Hay muy poca en la mayoría de los demás hospitales. Sólo lo digo de paso. Tal vez no sea así en Nueva Zelanda.) Pero en fin, Ruth estaba en ese hospital católico y la hermana superior, que tenía más de setenta años, iba de cama en cama hablando con los pacientes nuevos, y vio a Ruth, y Ruth tenía su Biblia pero estaba demasiada débil como para leerla. Esa querida hermana le preguntó si podía ayudarla en algo, y Ruth le pidió que le leyera la Biblia. La hermana le preguntó qué pasaje quería que leyera y Ruth le contestó: “Filipenses 2". La hermana dijo: “Esa escritura fue la que se leyó cuando tomé mis votos para ser monja”. Así fue que se conocieron.
Luego esa hermana católica compartió algo que le había pasado. Había asistido a un retiro para monjas en el cual el orador era un monje de la orden trapense. A los trapenses no se les permite hablar en su monasterio. Hacen un voto de silencio. Pero de vez en cuando se les permite salir del monasterio, y en esas ocasiones se les permite enseñarle a la gente lo que han aprendido al guardar silencio. Así que este monje trapense estaba enseñándoles a esas hermanas católicas, y esto fue lo que dijo, y ella se lo dijo a Ruth. Esto me da mucho gozo, porque veo que si Dios quiere que algo se difunda, ¡se difundirá! Aquí vemos un monje a quien no se le permite hablar enseñándole a un pequeño grupo de hermanas católicas que eran las únicas que estaban allí. Pero ese mensaje llegó a mis oídos, ¡y yo lo he grabado tantas veces que en realidad se ha difundido por el mundo entero! ¿Quién fue el que planificó eso? Solamente Dios. En fin, esto fue lo que aquel monje trapense les dijo a aquellas hermanas:
Pidan en oración no ser tenidas en alta estima, no sentirse seguras y no tener todo bajo control.
¿Haría usted esa oración? Cuesta bastante, ¿verdad? He meditado mucho acerca de eso. Bueno, en cuanto a no ser tenido en alta estima, no tengo tantos problemas con eso. Son las últimas dos partes que en realidad me preocupan. ¿Puedo yo en realidad desear no sentirme seguro? Bueno, está bien, mi seguridad está en el Señor. Pero cuando dice no tener todo bajo control, ese es el más difícil para mí. ¿En realidad deseo no estar controlando la situación? En otras palabras, ¿estoy verdaderamente dispuesto a dejar que Dios sea el que controle todo? Ese es el meollo de la cuestión. Cuando Dios está en control, esa es la gracia.
La verdad es que le agradezco muchísimo a esa querida monja. Espero que todavía esté viva. Le doy gracias por lo que contribuyó a mi manera de pensar a través de Ruth. Porque en mi opinión, el problema básico de la humanidad es ese: el deseo de estar en control, sentirse seguro, y no depender de nadie. Y el pecado radica en el hecho de encontrarse en un universo creado por un Dios lleno de amor y todo sabio, y querer ser independiente de él. Queridos amigos, no me digan que nunca han tenido ese problema. Porque no hay nadie que siempre haya estado dispuesto a depender de Dios y dejar que Dios sea el que controle su situación. Eso es verdaderamente caminar en fe. Es caminar en gracia. No llegamos a caminar así en unas cuantas horas. De hecho, me ha tomado más de cincuenta años y todavía no lo he logrado. Pero estoy más cerca de lograrlo, permítanme animarlos con eso.
Ahora sigamos. La ley despierta el pecado. ¿Por qué? Porque dice: “Puedes lograrlo. Anda, depende de ti mismo. Lo único que tienes que hacer es acatar estas reglas”. Y nos engatusa, llevándonos a confiar en nosotros mismos y depender de nosotros mismos. Así es que la ley nos engaña. Y por favor, quiero decir que la ley no tiene nada de malo. Más adelante en el mismo capítulo, Pablo dice que la ley es buena, la ley es perfecta; no tiene nada de malo. El problema está en nosotros. En nuestra naturaleza carnal, todos tenemos un deseo de ser independientes.
Estoy seguro que la mayoría de ustedes habrán observado cómo hacen los bebés. He notado que cuando una criatura tiene como dos años, ese deseo empieza a manifestarse como nunca. Uno le dice a esa niñita linda de dos años: “Ven acá”, y lo que hace es dar la vuelta y empezar a caminar en la dirección opuesta. ¿Es verdad, o no? Esa es la vieja naturaleza carnal manifestándose en nosotros. La ley es el medio que Dios usa para diagnosticar el problema y sacarlo a relucir.
Porque si uno fuera al médico, y le dijera que tiene dolor de estómago, él no le daría simplemente un frasco de pastillas, sino que trataría de averiguar lo que está causando el dolor de estómago. En otras palabras, antes de recetar un remedio, buscaría diagnosticar el problema. Y así es que Dios trata con nosotros. No nos ofrece un remedio hasta no diagnosticar nuestro problema. Entonces sabemos que necesitamos el remedio desesperadamente.
Vayamos ahora a Romanos 10:4:
Porque el fin de la ley es Cristo, para justicia a todo aquel que cree.
De modo que para el que ha creído en Jesucristo, la ley ha llegado a su fin. No en todo sentido, sino que ha llegado a su fin como fuente de justicia. Cristo le puso fin a la ley como manera de alcanzar la justicia. Cuando él murió, puso fin a la ley. Cuando él resucitó de entre los muertos, nos ofreció una nueva manera de ser justificados ante Dios, que no era guardar la ley. De modo que Cristo es el fin de la ley como manera de ser justificados. No es el fin de la ley como parte de la Palabra de Dios o como parte de la historia de Israel, o como ejemplo de la manera en que Dios trata con las personas. La ley no ha dejado de existir. Pero la muerte de Cristo en la cruz le puso fin a la ley como manera de alcanzar la justicia.
Ahora miremos un momento el ejemplo de los cristianos gálatas. Gálatas es una epístola interesante. Si usted supiera de teología, y yo le preguntara cuál es el problema que Pablo trata en Gálatas, tal vez me contestaría que es el legalismo. Ese es el nombre que se le da a este problema. En la mayoría de las cartas que Pablo escribe a las iglesias, empieza dándole gracias a Dios de manera muy entusiasta por todo el bien que hay en ellas. Aun al escribir a la iglesia en Corinto, donde había un hombre viviendo con la esposa de su padre, y donde se emborrachaban al tomar la Cena del Señor, empieza con mucho entusiasmo dándole gracias a Dios por su gracia. Pero al escribir a los gálatas, está tan, digamos, molesto, que no se toma el tiempo de darle gracias a Dios por su gracia. ¿Cuál era el problema de los gálatas? No era la borrachera, ni la inmoralidad, sino ¿qué? El legalismo. Pablo consideraba que eso era una amenaza a su bienestar mucho más grave que la inmoralidad o la borrachera.
Ahora bien, por favor entiendan que no estoy diciendo que Dios tolera la inmoralidad o la borrachera; lo que estoy diciendo es que esos son problemas mucho más fáciles de solucionar que el legalismo, porque el legalismo es tan sutil. Pareciera ser algo tan bueno, nos sentimos tan bien siendo legalistas, que nos es difícil ser librados de él. Pero Pablo dijo lo siguiente en Gálatas 1:6:
Estoy maravillado de que tan pronto os hayáis alejado del que os llamó por la gracia de Cristo, para seguir un evangelio diferente. No que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren pervertir el evangelio de Cristo.
Pues, no hizo ningún comentario positivo. Simplemente dijo: “Estoy asombrado de que se hayan alejado tan pronto”. Al alejarse, ¿qué abrazaron? El legalismo. Empezaron a acatar un conjunto de reglas y creer que eso los hacía justos.
Y luego en Gálatas 3, regresa a este tema empezando en el versículo 1:
¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó . . . ?
Recuerdo que hace años leí ese versículo y de repente me di cuenta de que cristianos “bautizados en el Espíritu”, entre comillas, podían ser embrujados, porque no hay duda de que éstos eran cristianos bautizados en el Espíritu. Resolvió una gran duda que yo tenía, porque me ayudó a entender una situación que había surgido en la iglesia que estaba pastoreando. No voy a entrar en detalles, pero vi que la congregación entera había sido hechizada por la esposa del pastor anterior, quien se había divorciado de su esposo, y se había vuelto a casar con un miembro de la junta directiva. Esa señora todavía dominaba espiritualmente a aquellas personas. Se lo digo por si les puede ayudar. Si están enfrentando algún problema que no entienden, puede ser que este sea el problema. Las personas con las que está tratando han sido embrujadas. Pablo lo dice muy claramente. En realidad, en griego la palabra “hechizar” quiere decir “herir con el ojo”. Han sido heridas con el ojo; alguien las ha contemplado con un ojo que las ha embrujado.
Hace años un sacerdote de la Iglesia Griega Ortodoxa que había recibido el Espíritu Santo, se me acercó pidiendo oración. Dijo: “He sido hechizado. Alguien me ha puesto el mal de ojo”. Era un hombre muy sobrio y conocía su Biblia. No quiero tomar mucho tiempo hablando de esto, pero sólo quiero plantearles que esto es algo que puede pasar. De hecho, en algunos lugares, es probable que ocurra.
¡Oh gálatas insensatos! ¿quién os fascinó . . . ante cuyos ojos Jesucristo fue ya presentado claramente entre vosotros como crucificado?
Pablo dice: “Les presenté el mensaje de la cruz. Les pinté un cuadro de Jesús crucificado por nuestros pecados. ¿Cómo pueden haberse apartado, y abrazado otra manera de alcanzar la justicia?”
Esto solo quiero saber de vosotros: ¿Recibisteis el Espíritu [el Espíritu Santo] por las obras de la ley, o por el oir con fe?
¿Fueron bautizados en el Espíritu Santo por haber acatado un conjunto de reglas o por haber oído el mensaje y haberlo recibido con fe?
Permítanme hacerles esa pregunta. ¿Hay alguien aquí en esta reunión que haya sido bautizado en el Espíritu Santo como resultado de haber acatado un conjunto de reglas? La respuesta es que no hay nadie. Necesitamos tener eso en cuenta. No fuimos salvos por haber acatado un conjunto de reglas. No recibimos el bautismo en el Espíritu Santo porque acatamos un conjunto de reglas. Lo recibimos, como dijo Pablo, por el oír con fe. Oímos el mensaje y ejercitamos nuestra fe; creímos el mensaje y recibimos.
Y luego dice:
¿Tan necios sois? ¿Habiendo comenzado por el Espíritu [el Espíritu Santo], ahora vais a acabar por la carne?
Expresado de esta manera, parece una estupidez, ¿verdad? Si necesitamos el Espíritu Santo para encaminarnos en la senda de justicia, ¿cómo podemos dejar en algún momento de depender del Espíritu Santo? ¿Cómo es posible que confiemos en algún conjunto de reglas? Pero eso es lo que ocurre.
Pablo sigue diciendo en el versículo 10:
Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición, pues escrito está: Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas.
Si vamos a ser justificados por guardar la ley, tenemos que guardar toda la ley en todo momento. Y si tratamos de guardar la ley, pero no la guardamos toda en todo momento, caemos bajo la maldición pronunciada sobre todo aquel que no permaneciere en esta ley en todo momento.
¿Es posible que creyentes bautizados en el Espíritu caigan bajo una maldición? Quiero decirles que es muy posible. La verdad es que sé que puede pasar por experiencia propia. Sin entrar mucho en detalles, estuve involucrado en un movimiento en el Cuerpo de Cristo, iniciado por el Espíritu Santo de manera soberana, una obra que ninguno de nosotros esperábamos. Dios me unió a otros tres predicadores, todos bastante conocidos. Fue un acto soberano de Dios. Empezamos en el Espíritu, pero ni siquiera teníamos un año juntos cuando terminamos en la carne. Y los resultados fueron desastrosos. Así que sé que esto es real. Tienen delante a alguien que pasó por esa experiencia. Por su gracia, Dios me sacó de ahí, creo que porque leí la Biblia, la creí y vi la situación en que me encontraba. Pero quiero decirles, queridos hermanos, que esto no es algo que sólo pasaba en un pasado lejano; esto es algo que todavía está pasando hoy. Los que empiezan en el Espíritu y luego tratan de ser perfeccionados por su naturaleza carnal caen bajo una maldición.
Yo personalmente creo que una gran parte de la iglesia está bajo una maldición.
Permítanme darles otra escritura, que es Jeremías 17:5:
Así ha dicho Jehová: Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo, y su corazón se aparta de Jehová.
Ahora bien, como dice que su corazón se aparta del Señor, está claro que este hombre tenía una relación personal con Dios. Pero después de establecer esa relación, empezó a confiar en el hombre, en sí mismo, y su corazón se apartó del Señor.
Pues, me parece que eso le ha pasado a la mayoría de la Iglesia cristiana profesante. No voy a mencionar ningún nombre, pero la mayoría de las denominaciones y los movimientos principales que conocemos en la Iglesia nacieron por obra soberana del Espíritu de Dios, por la gracia de Dios. Nunca hubieran tenido ningún auge si no hubiera sido por eso. ¿Pero cuántos de ellos siguen hoy en la gracia de Dios? Yo diría que muy pocos. De modo que han traído sobre sí mismos la maldición pronunciada en Jeremías 17:5:
Maldito el varón que confía en el hombre, y pone carne por su brazo.
Permítanme darles un ejemplo de mi vida personal. Ruth y yo decidimos vender nuestra casa en Jerusalén y fuimos a la agencia inmobiliaria, y nos dijeron: “Es una hermosa casa; la venderán rápidamente. Vale tanto”. Al cabo de catorce meses todavía no se había vendido. No entendíamos. Pero yo estaba en un culto en Christ Church, la iglesia a la cual asistimos en Jerusalén, y el sacerdote dijo: “Tengo que orar con un hombre que necesita liberación de espíritus malignos”. No todos los sacerdotes hablan así, pero éste sí. Por eso es que nos cae bien. Entonces me pareció que debía tratar de ayudarlo. Lo acompañé a la cita, y el hombre era un misionero a África quien había caído bajo una maldición, que a propósito, sin darles los detalles, había pronunciado sobre él un obispo africano. Estaba casi a punto de morir. Le ministramos, y fue librado de varios espíritus inmundos, y luego empezamos a hablar de su actitud en general hacia la vida. Yo le dije: “Sabes, me parece que en realidad estás confiando en ti mismo. No estás dependiendo realmente de la gracia de Dios”. Y seguí diciendo: “De hecho, yo he tenido ese problema”. No tenía la intención de decir eso; simplemente me salió. “He tenido ese problema, porque para vender nuestra casa, he estado confiando en lo que yo podía hacer; he estado dependiendo de mí mismo”. Ruth, con su franqueza habitual, me dijo enfrente de todas aquellas personas: “Entonces estás bajo una maldición”. Yo le contesté: “Es verdad”. Así que lo confesé, me arrepentí y me libré de la maldición. Salimos de aquella reunión y regresamos con el auto al apartamento nuevo donde estábamos viviendo, y en la planta baja, nos topamos con un agente de bienes raíces que nos dijo: “Me gustaría mostrarles su casa a unos clientes míos”. En dos semanas, la casa se había vendido. ¿Entienden? En cuanto yo fui libre de la maldición, Dios pudo moverse a favor nuestro.
Veo que algunos de ustedes están captando el mensaje. Bien.
Vamos a seguir con lo que estábamos diciendo. Voy a hacer unos cuantos comentarios en general acerca de este tema, y luego voy a hablar del aspecto positivo de esto. Ya lo he dicho, pero lo voy a repetir: la ley obra desde fuera, dejándonos dependiendo de nuestra propia habilidad. La gracia obra desde dentro, proveyéndonos habilidad sobrenatural. Sólo podemos hacerlo por gracia.
En Levítico 11:44 y 1 Pedro 1:16 vemos el mandamiento “Sed santos”. Es un mandamiento de Dios. Pero si leemos Levítico 11, viene al final de una serie de reglas muy detalladas en cuanto a lo que se puede o no comer. Da a entender que si uno va a ser santo, tiene que acatar todas esas reglas. Pero en 1 Pedro 1:16, no está vinculado a un conjunto de reglas. El mensaje es: Es un mensaje de parte de Jesús, “Permitan que yo manifieste mi santidad a través de ustedes”. Es totalmente diferente. Ya no se trata de depender de nuestros propios esfuerzos sino de depender de la gracia de Dios, y de Jesús, para hacer lo que no podemos hacer por nuestras propias fuerzas. Nosotros podemos escoger.
Ahora, apenas nos queda un tiempo para considerar el aspecto positivo de esto. Quiero que busquemos Romanos 8:3–4 y que tomemos nota de lo que dice allí.
Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne . . .
El escritor dice que la ley no tiene nada de malo; el problema es nuestra debilidad.
Lo que era imposible para la ley . . . Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne . . .
Ahora bien, ¿cuál es el aspecto positivo?
. . . para que la justicia [o el requisito] de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
Eso da lugar a que hagamos una pregunta de vital importancia. ¿Cuál es el requisito, o como dice la versión Reina-Valera actualizada, la justa exigencia de la ley? ¿Ha reflexionado acerca de eso alguna vez? Puedo contestarle con una palabra muy sencilla de cuatro letras: el amor. El amor es el requisito de la ley, y se lo voy a mostrar rápidamente a través de varias escrituras, y luego tenemos que cerrar.
En Mateo 22, un experto en la ley le preguntó a Jesús —y ya sabemos cómo piensan los abogados— en el versículo 35:
Y uno de ellos, intérprete de la ley, preguntó por tentarle, diciendo: Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?
Fue una pregunta específica, y Jesús dio una respuesta inmediata y específica:
Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
¿Cuál es la palabra clave? Amor. Amor por Dios, amor por el prójimo.
Y luego Jesús comentó que de esos dos mandamientos dependen la ley y los profetas.
Si tuviera calor, y la verdad es que sí siento calor, y quisiera quitarme la chaqueta y colgarla en algún sitio, necesitaría que hubiera una percha. La percha tendría que estar allí antes de yo poder colgar en ella la chaqueta. Estos mandamientos son la percha de la cual cuelgan toda la ley y los profetas. En otras palabras, si leemos toda la ley y los profetas, lo que está diciendo es que debemos amar a Dios y amar al prójimo. Eso es lo que exige la ley.
Luego en Romanos 13:8 y los siguientes versículos, Pablo dice:
No debáis a nadie nada, sino el amaros unos a otros; porque el que ama al prójimo, ha cumplido la ley.
Mi convicción es que no debo tener deudas, pero hay una deuda que nunca podré evitar. ¿Cuál es? El amar a mis hermanos cristianos, el amar a mi prójimo. Eso lo debo; estoy continuamente endeudado. No puedo evitar esa deuda.
Pablo continúa:
Porque: No adulterarás, no matarás, no hurtarás, no dirás falso testimonio, no codiciarás, y cualquier otro mandamiento, en esta sentencia se resume: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. El amor no hace mal al prójimo; así que el cumplimiento de la ley es el amor.
Eso está muy claro, ¿verdad?
Luego en Gálatas 5:14. Es maravillosa la manera en que Romanos y Gálatas concuerdan. Gálatas 5:14:
Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple . . . ¡Toda la ley se cumple en una sola palabra!
Porque toda la ley en esta sola palabra se cumple: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.
Y un poco más adelante en Gálatas 5:6, dice:
Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión vale algo, ni la incircuncisión, sino la fe que obra por el amor.
¿Cómo obra la fe? Díganme. Por el amor.
En la Epístola de Santiago dice:
La fe sin obras es muerta.
Entonces, la fe obra por el amor, así que llegamos a la siguiente conclusión: la fe sin el amor es muerta. Esa es una afirmación increíble, pero es verdad. Podemos tener muchísima fe, pero si no hay amor en nuestra vida, es una fe muerta.
Luego leemos en 1 Timoteo 1:5:
Pues el propósito de este mandamiento es el amor nacido de corazón limpio, y de buena conciencia, y de fe no fingida, de las cuales cosas desviándose algunos, se apartaron a vana palabrería.
La Biblia de las Américas dice: “El propósito de nuestra instrucción es el amor”. Cuando leí eso me pregunté: “¿Es ese realmente el propósito de mi instrucción? ¿Aspiro realmente a formar personas amorosas?” Me vienen a la mente algunas de las personas que se han formado bajo mi ministerio, y no estoy muy seguro, porque en el fondo soy maestro, y el maestro imparte conocimiento. ¿Saben lo que hace el conocimiento? Envanece. Hace que las personas se envanezcan. He aprendido a tratar por todos los medios de enseñar sin formar personas engreídas. Pero la verdad es que cuando miro algunas de las personas que se han formado bajo mi ministerio, tengo que decir: “Pues, no tuve mucho éxito”. El propósito de nuestra instrucción es el amor.
Y luego Pablo dice que si nos desviamos de ese propósito, nos apartamos a vana palabrería.
Reflexionemos un momento acerca de la Iglesia, tal como la conocemos. ¡Cuánta vana palabrería no hay en las iglesias! ¡Cuánta predicación, enseñanza y actividad que no produce amor! Todo es un esfuerzo perdido; es totalmente inútil. Hermanos, si están en cualquier tipo de ministerio, quiero retarles a que analicen sus motivos. ¿Qué aspiran a producir? Y en segundo lugar, si aspiran a producir amor, ¿están logrando hacerlo? Si no aspiran a producir amor, todo lo que dicen no es sino vana palabrería. Esa es una afirmación de mucha trascendencia, ¿verdad?
La ley nos motiva a través del temor, pero Jesús nos motiva a través del amor. Él dice: “Si me amas, guardarás mis mandamientos”. El temor no produce los resultados. Hay muchas religiones que usan el temor para motivar a las personas y producen los resultados más horribles, y eso incluye algunas ramas del cristianismo profesante.
También quiero decir, y estamos por terminar, que la obediencia del amor es progresiva. Usted no ama perfectamente. Es igual que yo: yo no amo perfectamente. Pero eso no quiere decir que Dios no me ve justo, porque hasta que lleguemos a la meta, nuestra fe nos es contada por justicia. ¿Puede recibir eso? Con tal de que siga creyendo, su fe le es contada por justicia. Un maravilloso ejemplo de esto es lo que Jesús le dijo a Pedro en la Última Cena. Le dijo: “Pedro, vas a negarme tres veces”. Pedro dijo: “¡Yo no, nunca!” Y luego Jesús dijo: “Pero yo he orado por ti, que tu fe no falte”. ¿Qué es lo que es verdaderamente importante? Que nuestra fe no falte. Tal vez cometamos muchos errores; tal vez hasta pequemos. No hemos llegado a la perfección. Pero mientras sigamos creyendo, nuestra fe nos es contada por justicia, hasta que seamos perfeccionados.
Permítanme cerrar con una escritura de Santiago que me encanta. No tengo tiempo de comentar acerca de su significado, pero permítanme leerla. Santiago 1:25:
Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, éste será bienaventurado en lo que hace.
La perfecta ley, la de la libertad, ¿cuál es, en una palabra? El amor, así es. Porque el que ama, el que ama de verdad, es el único que tiene libertad total, porque siempre puede hacer lo que quiere. Siempre puede amar a las personas. Tal vez los demás lo desprecien, tal vez lo persigan, hasta pueden tratar de matarlo. Pero no pueden hacer que esa persona deje de amarlos. La persona motivada por el amor es la única persona en todo el mundo que está totalmente libre. ¿Amén? Amén.
Código: MV-4163-100-SPA