Rut y yo empezaremos con una proclamación tomada de Tito 2:11–14: Porque la gracia de Dios se ha manifestado para salvación a todos los hombres, enseñándonos que, renunciando a la impiedad y a los deseos mundanos, vivamos en este siglo sobria, justa y piadosamente, aguardando la esperanza bienaventurada y la manifestación gloriosa de nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo, quien se dio a sí mismo por nosotros para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, celoso de buenas obras.

Si usted se pregunta cómo Dios se beneficiará de la historia, y por qué tolera por tanto tiempo la maldad, la injusticia y el sufrimiento, la respuesta es que Dios va a conseguir un pueblo para sí. Ese es su objetivo final en el presente siglo.

Ahora vamos a empezar la tercera charla en la serie “Poniendo el fundamento”. El título de este mensaje es “Del arrepentimiento a la fe”. Quiero decir desde el principio que no podemos alcanzar la fe sino por medio del arrepentimiento. Cualquier otra cosa que dice llevar a la fe es un engaño. Es imposible tener verdadera fe sin arrepentimiento.

Permítanme recordarles brevemente lo que hemos estado estudiando juntos. En primer lugar, el fundamento de la fe cristiana, el fundamento en persona, es Jesucristo. Y todo el que ha de ser cristiano verdadero tiene que edificar su vida sobre ese fundamento. Les planteé que la conversación entre Jesús y Pedro, cuando Pedro declaró: “Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo del Dios viviente” es un modelo de lo que necesita pasar en cada una de nuestras vidas, aunque cada persona lo experimentará de una manera un poco diferente. Dije que esa conversación tenía cuatro partes. 

Primeramente, un encuentro. Jesús y Pedro se encontraron cara a cara. No había entre ellos ningún mediador, ningún sacerdote, ningún tercero.

En segundo lugar, hubo una revelación dada por el Espíritu de Dios en cuanto a la identidad eterna de Jesús: no como el hijo del carpintero, sino como el Hijo del Dios viviente.

En tercer lugar, Pedro recibió y reconoció esa revelación. No la rechazó, sino que la abrazó.

Y en cuarto lugar, hizo una confesión pública de su fe.

Me parece que estos son los elementos sobre los cuales tiene que estar fundada toda vida cristiana verdaderamente victoriosa. Encuentro, revelación, reconocimiento, y confesión.

Luego hicimos una pregunta práctica muy importante. Una vez que hemos puesto este fundamento, ¿cómo hacemos para edificar sobre él? Y en la parábola del sabio y el insensato que refirió Jesús, vimos que edificar sobre este fundamento implica primeramente reconocer que la Biblia es la Palabra escrita de Dios y Jesús es la Palabra viviente, y luego oír y hacer lo que dijo Jesús. De modo que edificar sobre el fundamento implica oír y poner por obra lo que dijo Jesús.

Luego hablamos de la autoridad y el poder de la Palabra de Dios. Señalé que la palabra “autoridad” viene de la palabra “autor”. Así que la autoridad de cualquier libro depende del autor. La autoridad de la Biblia depende del autor, y el autor es el Espíritu Santo, el Espíritu de Dios, Dios mismo. De modo que la autoridad de Dios respalda la Biblia.

Luego señalé que la Palabra se manifiesta de dos maneras: está la Palabra escrita, y la Palabra en persona: Jesús, la Palabra de Dios hecha carne. Y dije que esto tenía que ver con la relación que tiene cada uno de nosotros con la Biblia. Dije, y voy a volver a decir, que no amamos a Dios más de lo que amamos su Palabra. No obedecemos a Dios más de lo que obedecemos su Palabra. Si quiere saber el lugar que ocupa Dios en su vida, averigüe el lugar que ocupa la Biblia, porque las dos cosas van juntas. La Biblia es la Palabra escrita, y Jesús es la Palabra en persona. La Palabra en persona entra en nuestra vida a través de la Palabra escrita.

Ahora bien, hoy quiero hablar del fundamento doctrinal. Hemos dicho que el fundamento es la persona de Jesucristo. Pero el Nuevo Testamento también revela que hay un fundamento doctrinal. Esta es una revelación que millones de cristianos no han percibido, pero lo dice muy claramente Hebreos 6:1–3. Busquemos esa escritura. Hebreos 6:1–3:

Por tanto, dejando ya los rudimentos [es decir, las verdades básicas] de la doctrina de Cristo, vamos adelante a la perfección [o la madurez, o la plenitud]; no echando otra vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la fe en Dios, de la doctrina de bautismos, de la imposición de manos, de la resurrección de los muertos y del juicio eterno. Y esto haremos, si Dios en verdad lo permite.

Allí hay dos ideas relacionadas. Primeramente, es indispensable poner el fundamento. Si nunca se ha puesto el fundamento, nunca se podrá construir el edificio. Pero una vez que se haya puesto el fundamento, no se debe seguir poniéndolo; se debe completar el edificio. Esos son los dos conceptos relacionados. Pero verán que en Hebreos 6:1 dice el fundamento. Se trata del fundamento doctrinal de la fe cristiana, y se mencionan seis doctrinas que voy a volver a nombrar.

Número uno, arrepentimiento de obras muertas.

Número dos, fe en Dios.

Número tres, la doctrina de bautismos, en plural.

Número cuatro, la imposición de manos.

Número cinco, la resurrección de los muertos.

Y número seis, el juicio eterno.

Al examinar estas doctrinas, veremos que nos llevan desde el comienzo de la vida cristiana hasta su cumplimiento final en la eternidad. Es muy importante entender que la fe cristiana no termina en la dimensión del tiempo; no termina en esta vida, en este mundo. Nos lleva más allá de este mundo, más allá del tiempo hasta llegar a la eternidad. Me temo que muchísimos cristianos hoy casi no tienen ninguna visión de la eternidad. Piensan y actúan como si todo lo que tiene importancia va a acontecer en la dimensión del tiempo. Pero Pablo dice que si hemos esperado en Cristo para esta vida solamente, somos los más miserables de todos los hombres y los más dignos de lástima. Si usted no tiene una visión que lo lleve más allá del tiempo hasta llegar a la eternidad, su condición da lástima, y sufrirá muchísimas decepciones, porque la culminación de todo no se producirá en la dimensión del tiempo, sino en la eternidad.

Así que estas seis doctrinas nos llevan desde el punto de partida, que es el arrepentimiento, hasta la resurrección y el juicio.

Ahora quiero empezar a hablar de la primera doctrina de base, que es el arrepentimiento de obras muertas. Pero antes que nada, quiero señalar algo extraordinario en el versículo 3 de Hebreos 6. El autor dice:

Esto haremos, si Dios en verdad lo permite.

Avanzaremos hasta alcanzar la madurez y la perfección si Dios lo permite. Pudiéramos preguntar: “¿Por qué no lo permitiría Dios? ¡Se supone que él desea que todos avancemos!” Voy a darles una respuesta basada en un ejemplo muy sencillo de la construcción. Hoy día, en cualquier ciudad grande del mundo civilizado, para construir un edificio, hay que tener un plano, y hay que conseguir que el organismo correspondiente apruebe el plano y emita un permiso. Luego un inspector vendrá a inspeccionar cada etapa de la construcción del edificio a medida que se construye. Lo primero que inspeccionará es el fundamento, porque sabe que si el fundamento no está firme, el edificio tampoco lo estará. Si el fundamento es inestable, no se emitirá un permiso para seguir construyendo el edificio.

Dios trata con nosotros exactamente de la misma manera. Él dice: “Necesito inspeccionar tu fundamento. Si no está puesto según los requisitos míos, no voy a darte un permiso para seguir adelante”. Podemos seguir para siempre en esta etapa preliminar de la fe cristiana, sin madurar, sin llegar jamás a la perfección o la plenitud, por no haber puesto el fundamento correcto. Entonces, vemos lo imprescindible que es dominar estas seis doctrinas que constituyen el fundamento de la fe cristiana.

Ahora vamos a mirar la primera, arrepentimiento de obras muertas. Primeramente, ¿qué son las obras muertas? En algunas traducciones modernas dice “obras que llevan (o conducen) a la muerte”. No me parece una interpretación correcta. A mi juicio, una obra muerta es cualquier cosa que hacemos, cuando no lo hacemos en fe, para Dios. Cualquier cosa que no hagamos en fe es una obra muerta. Lo único que le da vida a lo que hacemos es la fe. Tal vez usted haya asistido fielmente a la iglesia, o dado ofrendas a los pobres o hecho oraciones, pero si no lo hizo en fe, todo eso constituye obras muertas. Tenemos que apartarnos de todo lo que no hagamos en fe. La fe es lo único que le da vida a lo que creemos y hacemos.

Eso no quiere decir necesariamente que usted haya vivido una vida de pecado. Simplemente no ha estado vivo para Dios porque la fe no ha entrado en su corazón y traído la vida de Dios.

Es muy importante que entendamos lo que es el arrepentimiento. El arrepentimiento no es un sentimiento. Muchas veces he visto que los predicadores tratan de crear un ambiente de emocionalismo y luego llevar a las personas a la fe en Cristo. Muchísimas veces eso lleva a la desilusión porque cuando el emocionalismo se acaba, se quedan sin nada. Así que tenga en cuenta que el arrepentimiento según la Biblia no es un sentimiento, sino una decisión. No nace de las emociones, sino de la voluntad. Si podemos alcanzar la voluntad de las personas y lograr que decidan cambiar, veremos conversiones permanentes. Muchas de las supuestas conversiones en la Iglesia hoy no son permanentes porque en realidad, la persona nunca decidió cambiar. Tuvo una experiencia emocional, se emocionó y tal vez sintió mucho gozo por unas semanas, o unos meses o hasta años. Pero al final no tiene lo que se necesita para perseverar porque no tomó una decisión personal.

Como saben, la Biblia fue escrita mayormente en dos idiomas: el Nuevo Testamento en griego y el Antiguo Testamento en hebreo. Y en ambas lenguas hay una palabra específica para señalar el arrepentimiento. Sólo entenderemos lo que significa verdaderamente el arrepentimiento si analizamos el significado en ambas lenguas. En griego, en el lenguaje secular, la palabra siempre se traduce: “cambiar de idea” es decir, cambiar nuestra forma de pensar. Entonces, primero que todo, el arrepentimiento es cambiar de opinión en cuanto a la manera en que hemos vivido. “He vivido para agradarme a mí mismo, para hacer lo que se me antoja. De ahora en adelante voy a vivir para agradar a Jesús mi Salvador”. Es una decisión. Como dije anteriormente, no es un sentimiento. Es posible arrepentirse sin mostrar ninguna emoción, pero es imposible arrepentirse sin decidir cambiar.

Luego la palabra en hebreo, y esto es muy típico del pueblo judío porque los judíos son muy prácticos. Quieren saber cuál será el resultado final. Y la palabra “arrepentimiento” en hebreo significa literalmente “dar la vuelta”. La persona ha estado mirando en cierta dirección, la dirección incorrecta, dándole la espalda a Dios, y luego da media vuelta y, mirando hacia Dios, dice: “Señor, aquí estoy. Dime lo que tengo que hacer, y lo haré”.

Entonces, al juntar estas dos palabras tenemos un cuadro completo de lo que es el arrepentimiento. La fe no viene sino después del arrepentimiento. Todo el mensaje de la Biblia lleva el siguiente orden: arrepiéntete y cree. Hay muchas personas —y algunas están sentadas aquí esta mañana— que están luchando por tener fe. En realidad, no es que se les dificulte tener fe, sino que nunca han cumplido con el requisito del arrepentimiento. Pues, es la primera de las seis doctrinas que constituyen el fundamento. Si esa piedra de base no está bien puesta en su vida, su edificio siempre será una estructura tambaleante.

A través de los años, he aconsejado a cientos de creyentes que han venido a contarme sus problemas personales. Después de muchas experiencias vividas, llegué a la conclusión de que por lo menos cincuenta por ciento de los problemas de los verdaderos creyentes se deben a una sola cosa: al hecho de nunca haberse arrepentido verdaderamente. En realidad, nunca han cambiado de idea; nunca han tomado una decisión. Nunca se han sometido al señorío de Jesucristo. Al tomar decisiones, todavía piensan de la siguiente forma: “Pues, si hago esto, ¿cómo me beneficiaré? Si hago aquello, ¿cómo me beneficiaré?” Cuando uno se ha arrepentido, no piensa así. Piensa más bien: “Si hago esto, ¿glorificará a Jesús?” De modo que hay multitudes de personas de doble ánimo, especialmente personas jóvenes, aunque no todos lo son. La Biblia dice que un hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos. No tiene un fundamento firme, así que no puede construir un edificio estable.

Pues, lo invitó, ahí mismo donde está sentado, a reflexionar tranquilamente por unos minutos y preguntarse: “¿Alguna vez me he arrepentido verdaderamente? ¿O todavía soy una persona de doble ánimo? El lunes, mi meta es agradar a Jesús; el martes, mi meta es agradarme a mí mismo”. En realidad, el que vive así tiene desventajas por ambas partes. Sería mejor que estuviera en el mundo y viviera para sí mismo, porque así como está, es una persona de doble ánimo; es como si tuviera una doble personalidad.

Ahora seguiremos hablando de lo que es el arrepentimiento. Hay una parábola que refirió Jesús que es un ejemplo perfecto de lo que es el arrepentimiento. Lo demuestra de una manera muy gráfica. Es la parábola que llamamos la parábola del hijo pródigo. Alguien una vez dijo que debería llamarse la parábola del Padre compasivo. Recordarán el relato en Lucas 15; la mayoría de ustedes la conocen. El hijo menor de una familia pudiente decidió pedirle a su padre la parte de la herencia que le correspondía, y se fue a un país lejano donde vivió perdidamente. Hizo muchas cosas que eran pecado. Luego cuando había malgastado toda su herencia, vino una gran hambre y el único trabajo que podía conseguir era apacentando cerdos. Recuerden que era judío, así que para él, el apacentar cerdos era lo más despreciable que había, sin querer ofender a los que crían cerdos. Mi intención no es desprestigiarlos, pero lo cierto es que para el pueblo judío, el cerdo era un animal inmundo.

Entonces, ahí está, apacentando cerdos, harapiento, hambriento, y deseando llenar su vientre de las algarrobas que comen los cerdos. Entonces pasa lo siguiente. Versículo 17 de Lucas 15:

Y volviendo en sí, dijo...

Ahí es donde tenemos que llegar. Hay que volver en sí; hay que llegar a lo que llamo yo el momento de la verdad. Tenemos que vernos como somos en realidad. Tenemos que vernos como Dios nos ve.

Y volviendo en sí, dijo: ¡Cuantos jornaleros en casa de mi padre tienen abundancia de pan, y yo aquí perezco de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.

Y aquí vemos los dos elementos del arrepentimiento, porque sigue diciendo:

Y levantándose, vino a su padre.

Tomó una decisión y dio media vuelta. Eso es arrepentimiento. Es tomar una decisión y llevar a cabo lo que se ha decidido. Es volver al padre que hemos ofendido, al Dios que nos ama, y decir: “He hecho un desastre de mi vida. No puedo guiar mi propia vida. Te necesito. ¿Estás dispuesto a recibirme?” Lo maravilloso es que él pensaba decirle al padre que lo hiciera como a uno de sus jornaleros, pero cuando se puso en camino, el padre estaba velando para ver si venía. Esto me parece tan hermoso. Así es Dios. Cuando empezamos a volvernos a él, él está velando y esperándonos.

Y cuando aún estaba lejos, lo vio su padre, . . . y corrió, y se echó sobre su cuello . . .

Así es Dios. Así es que él corre hacia nosotros.

. . . y le besó . . .

Y nunca le permitió decir esas últimas palabras “Hazme como a uno de tus jornaleros”. Dijo:

Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo.

Ese es el fruto del arrepentimiento verdadero. Vale la pena arrepentirse para recibir una bienvenida así de parte de Dios. Ese es el cuadro. Piénselo un momento. Volvió en sí. Dijo: “He hecho un desastre de mi vida. He malgastado todo lo que me ha dado mi padre. Pero voy a tomar una decisión. Voy a dar la vuelta, y voy a volver a mi padre y pedirle disculpas”. Dio la vuelta y regresó. Medite en eso. Ese es el verdadero arrepentimiento. Arrepentimiento en acción.

Ahora, puede haber un arrepentimiento falso que en español le decimos “remordimiento”. Eso fue lo que tuvo Judas, como vemos en Mateo 27:3 y los siguientes versículos:

Entonces Judas, el que le había entregado, viendo que era condenado, devolvió arrepentido las treinta piezas de plata a los principales sacerdotes y a los ancianos, diciendo: Yo he pecado entregando sangre inocente. Mas ellos dijeron: ¿Qué nos importa a nosotros? ¡Allá tú! Y arrojando las piezas de plata en el templo, salió, y fue y se ahorcó.

Judas sintió remordimiento, pero nunca cambió. En realidad, creo que había llegado a un punto donde ya no podía cambiar. En mi opinión, eso es algo muy serio. En esta vida, las personas pueden llegar a un punto donde ya no pueden cambiar. Creo que el momento más importante en la vida de cualquier persona es cuando Dios empieza a mostrarle que tiene que arrepentirse. Si la persona se encoge de hombros y dice: “Pues, no me interesa. Tal vez más adelante”, no hay ninguna garantía de que Dios le vuelva a hablar. El momento más crítico en la vida de cualquier persona es cuando Dios dice: “Arrepiéntete. Estoy dispuesto a recibirte. Te amo. Quiero tenerte a mi lado”.

He meditado acerca de lo que dice la Biblia y lo que he visto en la vida de las personas. He llegado a la conclusión de que hay una cosa que enfurece a Dios, y es el despreciar su gracia. Él nos ofrece su gracia gratuitamente, pero si la despreciamos, él se enoja y se aparta de nosotros. Hay una persona que despreció la gracia de Dios. ¿Saben cuál fue su nombre? Esaú. Hebreos 12 habla de él. Quiero mirar un momento ese pasaje, porque en personas como nosotros, hay mucho de Esaú. Debemos tener cuidado de no dejarnos guiar por esa parte de nuestro ser al momento de arrepentirnos. Esto es lo que dice en Hebreos 12, empezando en el versículo 14:

Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor.

Fíjense en eso; sin santidad, nadie verá al Señor.

Mirad bien, no sea que alguno deje de alcanzar la gracia de Dios; que brotando alguna raíz de amargura, os estorbe, y por ella muchos sean contaminados; no sea que haya algún fornicario, o profano, como Esaú, que por una sola comida vendió su primogenitura.

Ahora, la Biblia no dice nunca que Esaú haya fornicado, pero a los ojos de Dios, su actitud fue tan odiosa como si lo hubiera hecho. ¿Cuál fue su actitud? Por un simple plato de sopa, despreció su primogenitura. Como hijo mayor, la primogenitura le pertenecía. Toda la herencia hubiera podido ser de él. Pero sólo porque estaba hambriento y le llegaba el aroma del delicioso potaje que Jacob había preparado . . . y esto me lo imagino claramente, porque viví entre los árabes por un tiempo, y ellos preparan exactamente lo que preparó Jacob: potaje de lentejas. Lo llaman en árabe surabit addis. Tiene un aroma delicioso, que llena toda la casa. Me imagino a Esaú volviendo de la caza, cansado, hambriento y le llega aquel delicioso aroma. A Jacob le gustaba negociar y dijo: “Mira, véndeme tu primogenitura y yo te doy el potaje”. Supongo que Esaú habrá pensado que en ese momento su primogenitura no le servía para nada, hambriento como estaba, y que lo mejor era simplemente ofrecerle a Jacob lo que tenía. Y dice que Esaú despreció su primogenitura, y Dios se enfureció. Más adelante, a través del profeta Malaquías, Dios dijo: “Amé a Jacob, y a Esaú aborrecí”. Esto es algo muy serio. Si intencionalmente despreciamos la gracia de Dios y la herencia que él nos ofrece en Jesucristo para ir en pos de los placeres temporales de este mundo, que en realidad no tienen ningún valor, hacemos que Dios se enfurezca.

Y para seguir con el relato, dice:

Porque ya sabéis que aun después, deseando heredar la bendición, fue desechado, y no hubo oportunidad para el arrepentimiento, aunque la procuró con lágrimas.

En griego es muy claro. En realidad, no estaba buscando el arrepentimiento, sino la bendición. Pero fue rechazado porque no hubo oportunidad para el arrepentimiento; no hubo manera de arrepentirse. Sí creo que en esta vida, una persona puede pasar por alto la oportunidad de arrepentirse y luego llegar al punto donde ya le es imposible arrepentirse. Quiero instarles...esto es algo sumamente serio. Hoy día en muchas congregaciones y muchas denominaciones se habla demasiado poco de la necesidad de arrepentirse. Pero sin verdadero arrepentimiento, nunca puede haber verdadera fe. La persona siempre tendrá una vida cristiana con muchos altibajos; un día en victoria y el día siguiente derrotado, porque no ha puesto la primera piedra del fundamento, que es el arrepentimiento, una decisión de la voluntad para ya no agradarse a sí mismo y hacer su propia voluntad, sino volverse a Dios, ser sincero con Dios y decir: “Señor, aquí estoy. Dime lo que debo hacer y lo haré”. Eso es arrepentimiento.

Hay algunos de ustedes aquí esta mañana que nunca se han arrepentido verdaderamente. Quiero plantearles que tal vez esa sea la raíz de muchos de sus problemas. De sus altibajos. Un día se sienten bien; van al culto y se gozan mucho, pero a la mañana siguiente, sucede algo y se sienten abatidos. En realidad, nunca han puesto la primera piedra del fundamento. Lo que tienen es un edificio tambaleante que un día se vendrá abajo.

Ahora bien, quiero recalcarles que el arrepentimiento tiene que preceder la fe. No hay verdadera fe sin arrepentimiento. Se hace hincapié en esto en todo el Nuevo Testamento. En Mateo 3 leemos acerca del ministerio de Juan el Bautista, que fue enviado a prepararle el camino a Jesús, el Mesías. Y en una palabra, ¿cuál fue su mensaje? Arrepentíos. En otras palabras, era imprescindible que hubiera arrepentimiento antes que pudiera venir el Mesías. El arrepentimiento preparó el camino para la venida del Mesías. Hasta que no pasara por esta experiencia de arrepentimiento, el pueblo de Dios, Israel, no podía estar preparado para conocer a su Mesías. En Mateo 3:1–3, dice:

En aquellos días vino Juan el Bautista predicando en el desierto de Judea, y diciendo: Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado. Pues éste es aquel de quien habló el profeta Isaías, cuando dijo: Voz del que clama en el desierto: Preparad el camino del Señor, Enderezad sus sendas.

¿Cómo preparó el camino del Señor? Llamando al pueblo de Dios al arrepentimiento. El arrepentimiento es la única manera en que podemos prepararnos para que el Señor entre en nuestro corazón y nuestra vida.

Luego cuando Juan había terminado lo que tenía que hacer, Jesús mismo, cumpliendo así la palabra profética de Juan, vino a continuar el ministerio del evangelio. Dice en Marcos 1:14–15:

Después que Juan fue encarcelado, Jesús vino a Galilea predicando el evangelio del reino de Dios, diciendo: El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio.

Arrepentíos y creed. No podemos verdaderamente creer a menos que nos hayamos arrepentido. El primer mandato que salió de la boca de Jesús no fue “Creed” sino “Arrepentíos”.

Recuerdo que estuve en una conferencia en el sudeste de Asia donde cierto predicador había predicado un mensaje sobre la sanidad. Había hablado de manera muy elocuente sobre el plan y la voluntad de Dios de sanar, y había citado algunas de las promesas en cuanto a la sanidad. No había dicho ni una palabra con respecto al arrepentimiento. Luego hizo un llamado, y la mayoría de las personas venían de un trasfondo de idolatría y no tenían la menor idea de lo que tenían que hacer para recibir lo que Dios estaba ofreciendo. Lo sé porque yo fui uno de los consejeros, junto con Rut. Fue una gran lección para mí. Con todas sus buenas intenciones y su hermoso lenguaje, había confundido totalmente a esas personas al darles la impresión de que podían venir a Dios sin arrepentirse. No usó la palabra “arrepentimiento” ni una vez en todo el mensaje. No lo digo por criticar al predicador; sólo lo digo porque aprendí una lección, y lamentablemente hay muchísimas personas en muchas, entre comillas, “iglesias cristianas” y “cultos cristianos” que están confundidas porque lo único que se les dice es lo que Dios hará por ellas, y nunca se les dice lo que Dios exige. Lo primero que él exige es arrepentimiento. Cambiar de parecer, dar media vuelta, y sincerarse con Dios y decirle: “Señor, dime lo que tengo que hacer, y lo haré”. Eso es arrepentimiento.

Ahora, si miramos el final del ministerio de Jesús, su mensaje nunca cambió. En Lucas 24, después de su resurrección, Jesús les dio instrucciones a sus discípulos. Lucas 24:46–47. Recuerden que esto fue después de la resurrección, poco antes de que Jesús partiera de este mundo.

. . . y les dijo: Así está escrito, y así fue necesario que el Cristo [el Mesías] padeciese, y resucitase de los muertos al tercer día; y que se predicase en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén.

Fíjense en el mensaje: arrepentimiento y luego perdón de pecados. Pero no había perdón sin arrepentimiento, y ese era el mensaje que había de ser predicado primero en Jerusalén y luego a todas las naciones. Arrepentimiento, y luego perdón en su nombre.

Luego, cuando la iglesia nació a los ojos de todos el día de Pentecostés, y hubo aquel gran derramamiento del Espíritu Santo, y una multitud de judíos se reunieron y quisieron saber lo que estaba pasando, Pedro se puso de pie y predicó ese famoso mensaje en el segundo capítulo de Hechos. Y al final, ellos fueron convencidos de pecado y le preguntaron a Pedro qué debían hacer. Esta era la primera vez que pecadores le preguntaban a la Iglesia qué debían hacer. Permítanme leerlo. Hechos 2:37:

Al oir esto, [el mensaje de Pedro] se compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles: Varones hermanos, ¿qué haremos?

Quiero decirle que si alguna vez en su vida llega al punto donde sinceramente quiere saber lo que Dios quiere que haga, y está dispuesto a obedecer, Dios le mostrará claramente cuál es su voluntad. Para Dios lo difícil no es mostrarnos lo que él quiere, sino llevarnos al punto de querer saber su voluntad y estar dispuestos a obedecer. Y en cuanto estas personas que estaban bajo verdadera convicción de pecado dijeron a los apóstoles: “Varones hermanos, ¿qué haremos?” Pedro, como vocero de Dios y de la Iglesia, les dio una respuesta clara, precisa y práctica.

Pedro les dijo: Arrepentíos . . .

¿Qué viene primero? El arrepentimiento, así es.

. . . y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo.

Ahí hay una promesa en tres partes.

Primero, arrepentimiento.

Segundo, bautismo en agua.

Y tercero, recibir el Espíritu Santo.

No me parece que el programa de Dios haya cambiado. Creo que eso es exactamente lo que él quiere que los pecadores hagan hoy. Creo que ese es el mensaje que la Iglesia debería estar proclamando. Arrepentíos, bautizaos en agua y recibid el don del Espíritu Santo.

Y donde se predica ese mensaje, ocurre exactamente lo mismo que ocurrió el día de Pentecostés. La gente se arrepiente, se bautiza y recibe el don del Espíritu Santo. He visto esto pasar muchas veces. Muchas veces cuando son bautizados, al salir del agua son llenos del Espíritu Santo. ¿Por qué hemos de suavizar el mensaje? No tenemos autoridad para hacerlo. Sólo tenemos autoridad para proclamar el mensaje del Nuevo Testamento: arrepentíos, bautizaos en agua y recibid el Espíritu Santo. Cuando nosotros llevamos el mensaje, Dios da la respuesta. No es Dios quien ha cambiado, ni tampoco el mensaje, sino que en muchos casos es la Iglesia que ha cambiado.

Y permítanme decir algo que tal vez los asombre: desde el libro de Hechos en adelante, no he podido encontrar ni una persona que recibiera la salvación sin ser bautizada en agua. Busquen para ver si encuentran a alguien. Jesús dijo: “El que creyere y fuere bautizado, será salvo”. ¿Qué derecho tenemos nosotros de omitir las palabras “y fuere bautizado”? La salvación consiste en creer y ser bautizado. Y cuando una persona hace eso, puede recibir el Espíritu Santo. Ese es el mensaje de la Iglesia; Dios nunca ha querido que cambie.

Luego miremos el ministerio de Pablo, el gran apóstol a los gentiles. Miremos lo que dice en el libro de los Hechos. Primero que todo, Pablo fue a Atenas, que era una ciudad muy intelectual e idólatra. Terminó predicándoles. No creo que tenía la intención de hacerlo, pero ellos querían saber cuáles eran sus creencias, y él terminó diciéndoles. Concluye su mensaje en Hechos 17:30, y los versículos que siguen, hablando del tiempo que ellos llevaban viviendo en idolatría e ignorancia de Dios. Dice:

Pero Dios, habiendo pasado por alto los tiempos de esta ignorancia, ahora manda a todos los hombres en todo lugar, que se arrepientan . . .

Es tan claro. Dios ahora manda a todos los hombres en todo lugar que se arrepientan. No queda excluido nadie, en ningún lugar. Eso es lo que Dios exige de toda la humanidad. Él está dispuesto a pasar por alto el pasado, si nos arrepentimos.

Y luego dice:

. . . por cuanto [Dios] ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia, por aquel varón a quien designó, dando fe a todos con haberle levantado de los muertos.

Fíjense también en otro aspecto de la predicación de los apóstoles que muchas veces se omite: Jesús no es sólo el Salvador, sino también el Juez. Él desempeña la labor de Juez tan eficiente y cabalmente como la de Salvador. Si no lo conocemos como Salvador, lo conoceremos como Juez. Repito, esto se omite tan frecuentemente de las predicaciones. La gente habla del Salvador, pero nunca menciona al Juez. En realidad, en su mensaje a los hombres de Atenas, Pablo nunca mencionó al Salvador; no habló sino del Juez.

Les diré algo; si las personas supieran que un día serán juzgadas por Jesús, vivirían de una manera muy diferente. Hoy día en muchas ramas del cristianismo hay un cierto descuido y una falta de temor de Dios porque no hemos querido hacerle frente al hecho de que Jesús no es sólo el Salvador, sino también el Juez. Dios ha establecido un día en el cual juzgará al mundo con justicia. ¿Cómo nos va a juzgar? Según la rectitud de nuestras vidas; es decir, según nuestra manera de vivir, según lo que hayamos hecho. No tiene nada que ver con nuestra denominación, nacionalidad o nivel social . . . seremos juzgados únicamente según la rectitud de nuestras vidas. En la primera Epístola de Juan, Juan dice que toda injusticia es pecado. Imagínense que trataran de explicarle a alguien lo que significa la palabra “torcido”. No soy experto en geometría, pero le mostraría una línea recta y le diría que toda línea que difiere de ella es torcida. Tal vez la diferencia sea de un grado o tal vez sea de 90 grados, pero no es recta. Toda injusticia es pecado. Todo lo que no es justo es pecado. No hay ninguna tercera categoría.

He observado que para muchísimos creyentes hoy día existe una tercera categoría. Dicen: “Eso no es bueno, pero tampoco es pecado”. Para Dios, esa otra categoría no existe. Todo lo que no es bueno y justo es pecado.

Luego leemos más adelante en Hechos 20 lo que dice Pablo acerca de su ministerio en Éfeso, donde tuvo más éxito que en cualquier otro lugar. Está hablando a los ancianos de la iglesia en Éfeso porque está por dejarlos, y les dice que nunca más lo volverán a ver en esta vida. En su mensaje vemos el amor que les tiene y lo mucho que se preocupa por ellos. En los versículos 20–21, dice acerca de su ministerio en Éfeso:

. . . y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros . . .

Muchas veces he meditado acerca de esa frase “nada . . . he rehuido de anunciaros”. Da a entender que el predicador pudiera ser tentado a no predicar toda la verdad, ya que el hacerlo pudiera costarle su posición social. Al que es ministro en una denominación, pudiera costarle su posición dentro de la denominación. Al que es un personaje conocido en la sociedad, pudiera costarle su popularidad. Así que Pablo dice: “Lo pensé bastante, y decidí que nada iba a influir en mí para que dejara de predicar el mensaje completo”.

. . . y cómo nada que fuese útil he rehuido de anunciaros y enseñaros, públicamente y por las casas . . .

Me gusta eso; su mensaje no cambiaba, ya sea que hablara en una reunión grande o en una reunión hogareña. Seguía siendo el mismo mensaje. ¿Cuál era?

. . . testificando a judíos y a gentiles acerca del arrepentimiento para con Dios, y de la fe en nuestro Señor Jesucristo . . .

¿Qué viene primero? ¿La fe o el arrepentimiento? El arrepentimiento. El arrepentimiento para con Dios. “Señor, lo siento. He sido pecador. He guiado mi propia vida”. Luego, la fe en Jesucristo. “Jesús, creo que tú tomaste mi lugar. Moriste por mí en la cruz; tomaste mis pecados”. Pero no se puede tener verdadera fe en Jesús sin primero tener verdadero arrepentimiento hacia Dios.

El mensaje es el mismo en todo el Nuevo Testamento. Creo que la Iglesia tiene que arrepentirse, porque muchas veces hemos suavizado el mensaje, y engañado a la gente, dándoles una falsa impresión de lo que es la verdadera conversión. No se puede llegar a ser un verdadero cristiano sin arrepentimiento. Sin arrepentimiento, no hay fe.

La Biblia dice que todos en todo lugar tienen que arrepentirse. Pudiéramos preguntar: “¿Por qué todos en todo lugar?” Permítanme darles una respuesta tomada del libro del profeta Isaías. Isaías 53:6 dice lo siguiente:

Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino . . .

Pues, ese es nuestro problema. Tal vez no hayamos sido ni asesinos, ni idólatras, ni ladrones. Quizás ni siquiera hayamos mentido. Pero todos hemos cometido un pecado: nos hemos apartado por nuestro propio camino. Nuestro camino no es el camino de Dios. Esto es algo que todos tenemos en común, sin importar nuestros antecedentes denominacionales o raciales. Cualquiera que sea el color de nuestra piel, todos nos hemos apartado por nuestro propio camino.

Y luego dice:

. . . mas Jehová cargó en él [en Jesús] el pecado de todos nosotros.

La Biblia de las Américas dice “la iniquidad de todos nosotros”. Iniquidad. Es una palabra muy fuerte. El apartarse por su propio camino, ¿qué es? Es iniquidad; es rebelión. Es darle prioridad a mis propios deseos y no a los deseos de Dios. Y por eso es que Dios exige que todos en todo lugar se arrepientan. Todos nos hemos apartado por nuestro propio camino. Todos hemos hecho nuestra propia voluntad; nos hemos agradado a nosotros mismos, sin incluir a Dios en nuestros planes. Dios dice: “Te aceptaré, te perdonaré basado en lo que hizo Jesús, si te arrepientes”. En eso radica todo: arrepentimiento.

Ahora bien, quiero decir que el arrepentimiento proviene de Dios. Todo lo bueno nace de Dios. Siempre dependemos de la gracia de Dios. Aparte de su gracia, aparte del mover de su Espíritu, no podemos arrepentirnos. Esto sale a relucir tan claramente en el Salmo 80. La misma frase ocurre tres veces en este salmo. En la versión que yo tengo, dice en el versículo 3:

Oh, Dios, restáuranos; Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos.

Pero donde la traducción dice: “restáuranos”, en hebreo dice: “haznos volver”. En otras palabras, haz que nos arrepintamos. Eso se repite tres veces. En el versículo 3:

Haznos volver . . . y seremos salvos.

Versículo 7:

Haznos volver . . .y seremos salvos.

Versículo 19:

“Tráenos de vuelta, oh Señor, y seremos salvos.”

¿Entienden? No podemos arrepentirnos a menos que Dios nos haga volver. La acción de volvernos lo inicia Dios. Por eso es que el momento en que Dios empieza a volvernos a él es un momento tan crítico en nuestra vida, porque si no le hacemos caso y nos apartamos, no podremos arrepentirnos por nuestra propia cuenta. Dependemos de Dios para que él produzca arrepentimiento en nosotros.

Luego en el libro de Lamentaciones, capítulo 5, versículo 21. Lamentaciones expresa el dolor de Jeremías por la destrucción de Jerusalén debido a su rebelión constante contra Dios. Dice en esta traducción: “vuélvenos a ti”. Es la misma palabra que se usa en el Salmo 80.

Vuélvenos, oh Jehová, a ti, y nos volveremos.

Vuélvenos y nos volveremos. Esto es algo sumamente serio. No podemos volvernos a menos que Dios empiece a volvernos. Por eso es que este es un momento tan delicado en cada vida.

Sé de un joven que fue mi compañero en el ejército. Cuando me salvé, él fue el único testigo. Él sabía que mi vida había cambiado. Y más adelante, en la misma unidad, empecé un estudio bíblico. Sentía que tenía que hacer algo. No tenía idea de cómo dar un estudio bíblico. No sabía por dónde empezar. Me dije a mí mismo: “Pues, empezaré en el Nuevo Testamento. ¿Dónde se empieza? Pues, en el capítulo 1". Así que empecé con la genealogía de Jesús. Seguí con el estudio y asistían unos cuatro o cinco soldados. Estábamos en el desierto del norte de África. Luego este amigo mío --y en realidad era un amigo íntimo-- vino y me dijo: “Disculpa, amigo, pero no voy a seguir asistiendo a tus estudios bíblicos”. Yo le pregunté: “¿Por qué no?” Él me dijo: “Porque sé que si sigo asistiendo voy a convertirme”. Años después, lo vi en circunstancias totalmente diferentes. Era la persona más miserable que conocía. Me suplicó que lo ayudara. Hice todo lo que pude. Yo tengo mucha experiencia en cuanto a guiar a las personas al Señor, pero no pude ayudarlo. Había ayudado a su esposa; ella se había convertido. No sé cuál fue su fin, pero, ¡fue una tremenda advertencia para mí! Las personas creen que pueden volverse cuando quieren. Creen que pueden decir: “Dios, estoy ocupado ahora, pero regresa más tarde”. No se puede hacer eso. Cuando él quiso volverse, no pudo hacerlo. No digo que jamás pudo arrepentirse; no sé cómo habrá terminado. ¡Pero fue una tremenda lección para mí! No le convenía aceptar la salvación en el momento en que Dios le estaba hablando. Y cuando él quería la salvación, Dios no le habló. Quién sabe cómo habrá terminado.

Ahora, la Biblia dice que cuando no hay arrepentimiento, hay una sola alternativa. Eso lo dice Lucas 13, los primeros versículos que hablan del ministerio de Jesús.

En este mismo tiempo estaban allí algunos que le contaban acerca de los galileos cuya sangre Pilato había mezclado con los sacrificios de ellos.

Parece que Pilato los había ejecutado mientras estaban ofreciendo un sacrificio. Uno pensaría que a los ojos de Dios, eso les sería contado a su favor, pero Jesús respondió y dijo:

¿Pensáis que estos galileos, porque padecieron tales cosas, eran más pecadores que todos los galileos? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente. O aquellos dieciocho sobre los cuales cayó la torre en Siloé, y los mató, ¿pensáis que eran más culpables que todos los hombres que habitan en Jerusalén? Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis igualmente.

No hay sino dos alternativas: arrepentirse o perecer. Esas fueron las palabras de Jesús mismo.

Dijimos que el arrepentimiento es lo que nos lleva a la fe. Empecemos a hablar un poco acerca de lo que es la fe y seguiremos con este tema en nuestra próxima charla. En Romanos 10:17, que les leí anteriormente, dice que la fe es por el oír, y el oír por la Palabra de Dios. Ese es un principio muy importante. La fe bíblica siempre es fe en la Palabra de Dios. Sólo puede venir de una fuente: la Palabra de Dios. Se concentra en una sola cosa: la Palabra de Dios. Porque en español podemos decir que tenemos mucha fe en nuestro doctor, en un partido político, en cierta medicina o cierta dieta. Eso es válido. No es incorrecto usar así la palabra, pero no es el significado bíblico de la palabra “fe”. En la Biblia, la fe siempre se basa en la Palabra de Dios. Cualquier cosa que no esté basada en la Palabra de Dios no es fe bíblica.

Luego en Hebreos 11 está una definición de la fe. Creo que es la única palabra que la Biblia define. No se me ocurre otra palabra que la Biblia defina con exactitud. Hebreos 11:1:

Es, pues, la fe la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve.

La fe y la esperanza están relacionadas. Me he dado cuenta que muchas personas que piensan tener fe, en realidad tienen esperanza. La fe es algo que se tiene ahora mismo; la esperanza es para el futuro. La fe es una certeza; es algo tan real que la Biblia dice que es una certeza. Está en nuestro corazón. En base a la fe, podemos tener una esperanza legítima para el futuro. Pero cualquier esperanza que no esté basada sobre una fe verdadera no es sino ilusiones. Pero recuerden que la fe es una certeza en nuestro corazón. Está en nuestro corazón ahora mismo.

Romanos 10:9 dice:

. . . que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.

Fíjense que la fe bíblica no está en la mente, sino en el corazón. Y luego Pablo sigue diciendo:

Porque con el corazón se cree para justicia . . .

En el Nuevo Testamento, la fe es una palabra que implica movimiento. No es algo inactivo. Tener fe no constituye abrazar intelectualmente ciertas creencias. Es tener en el corazón una convicción que nos abre la puerta a algo nuevo. Tener fe es un verbo que implica acción. Por fe creemos para salvación. Podemos tener fe intelectual y nunca ser cambiados. Podemos abrazar con el intelecto todas las doctrinas de la Biblia y no cambiar en absoluto. Pero cuando tenemos fe en el corazón, nos lleva a la salvación.

La fe es para el presente; la esperanza, para el futuro. La fe se encuentra en el corazón; la esperanza está en la mente. En 1 Tesalonicenses 5:8, Pablo habla acerca de ambas cosas. Pinta un cuadro muy interesante.

Pero nosotros, que somos del día, seamos sobrios, habiéndonos vestido con la coraza de fe y de amor, y con la esperanza de salvación como yelmo.

Como ven, hay dos partes de la armadura. La fe es la coraza. ¿Qué es lo que protege la coraza? El corazón, así es. Pero la esperanza es un yelmo. ¿Qué es lo que protege el yelmo? Así es, la cabeza. La fe se encuentra en el corazón, y la esperanza en la mente.

Ahora bien, la esperanza es muy importante porque todo cristiano verdadero debería ser optimista. Si somos pesimistas, en realidad estamos negando nuestra fe. Mi definición de la esperanza es la siguiente: una expectativa firme de algo bueno por venir, basada en la Palabra de Dios. Y cada uno de nosotros que es un verdadero creyente tiene una expectativa firme de algo bueno por venir. Porque pase lo que pase en esta vida, vamos a estar con Jesús para siempre. El que tiene esa esperanza, podrá deprimirse o desanimarse, pero nunca podrá darse por vencido, porque tiene una esperanza, una esperanza basada en la fe.

Regresemos a Hebreos 11 y hablemos un poco más acerca de la fe. Es grandioso el capítulo 11 de Hebreos; es el gran capítulo de la fe. En Hebreos 11:3 dice:

Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.

Es muy importante entender que la fe nos vincula a lo invisible. La fe no se basa en lo que vemos. La fe nos lleva más allá del ámbito de los sentidos hasta llegar al ámbito de lo invisible.

Y en 2 Corintios 5:7, Pablo dice:

. . . porque por fe andamos, no por vista.

Fíjense que estas son las dos alternativas. Cuando vemos, no tenemos que creer. Sólo tenemos que creer cuando no vemos. Así que Pablo dice que andamos por fe. No andamos por lo que vemos, sino por lo que creemos.

Estando a la entrada de la tumba de Lázaro, Jesús le dijo a Marta:

¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?

Entonces, ¿cuál viene primero? ¿Ver o creer? Creer, así es. Hay tantas personas que dicen: “Bueno, cuando vea, creeré”. No funciona así, porque cuando se ve, no se tiene que creer. Hay que creer cuando no se ve. Andamos por fe y no por vista. He conocido a tantas personas que dicen: “Ay, si sólo pudiera ver, creería”. Pero no funciona así. Si uno viera, no tendría que creer. Hay que creer cuando no se ve. Andamos por fe, no por vista.

Luego quiero decir que en los idiomas originales, tanto en griego como en hebreo, tener fe no es principalmente una cuestión doctrinal, sino una cuestión de carácter. Como evangélicos, tenemos un concepto erróneo en cuanto a esto. Tendemos a decir que la fe es abrazar intelectualmente ciertas doctrinas. Pero ante todo, la fe es una cuestión de carácter. Tanto emanau en hebreo como pistos en griego quieren decir ante todo fidelidad, lealtad y compromiso.

Jesús dijo a sus discípulos: “Vosotros sois los que habéis permanecido conmigo en mis pruebas”. Eso es lo que es la fe. Es permanecer con Jesús. Es tener un compromiso con una persona.

Cuando confesamos nuestra fe, Jesús viene a ser nuestro sumo sacerdote. Hebreos 3:1 dice:

. . . considerad al apóstol y sumo sacerdote de nuestra profesión, Cristo Jesús.

Recuerden eso; es sumamente importante. Jesús es el sumo sacerdote de nuestra confesión. Si confesamos nuestra fe, él es nuestro sumo sacerdote; si callamos, él no puede ser nuestro sumo sacerdote. Por eso es que es tan importante confesar nuestra fe.

Y luego en Hebreos 4:14, dice:

Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión.

Confesamos nuestra fe, somos probados, pero retenemos nuestra confesión. Jesús es nuestro sumo sacerdote siempre y cuando la retengamos.

Pero Hebreos 10 nos lleva un paso más allá. Hebreos 10:21 dice:

. . . y teniendo un gran sacerdote sobre la casa de Dios . . . Versículo 23: . . . mantengamos firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza . . .

Fíjense que hemos avanzado de la fe a la esperanza. Tenemos una esperanza que está basada en nuestra fe. Confesamos nuestra fe, y también confesamos nuestra esperanza. Dice: “Mantengamos firme, sin fluctuar”. ¿Por qué creen ustedes que dice “sin fluctuar”? ¿Cuál será la razón? ¿Por qué será que se nos exhorta a retener la profesión de nuestra fe? Es porque habrá muchas potestades que se nos opondrán; habrá muchas presiones, muchas cosas que tratarán de desanimarnos y socavar nuestra fe. Es una batalla de perseverancia y paciencia.

Para terminar, es mi deber decirles que la fe será probada. La fe que no ha sido probada no tiene ningún valor a los ojos de Dios. Jesús le dijo a la iglesia de Éfeso:

Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego . . .

Aquí se refiere a la verdadera fe que ha sido probada. En la antigüedad, el oro que no había sido refinado por el fuego no tenía ningún valor. La fe que no ha sido probada no tiene ningún valor a los ojos de Dios.

Para cerrar, quisiera leerles Santiago 1:2–4:

Hermanos míos, tened por sumo gozo cuando os halléis en diversas pruebas, sabiendo que la prueba de vuestra fe produce paciencia. Mas tenga la paciencia su obra completa, para que seáis perfectos y cabales, sin que os falte cosa alguna.

¿Quiere usted ser perfecto y cabal? Debe permitir que la paciencia tenga su obra completa. Esa es la prueba que tiene que pasar. Y en otro sitio Pedro dice:

. . . para que sometida a prueba vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual aunque perecedero se prueba con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea manifestado Jesucristo.

Y permítanme decirles una cosa más que tal vez no desearían oír. Hay una sola manera de llegar a ser paciente y perseverante. ¿Saben cuál es? Perseverando y teniendo paciencia.

Que Dios los bendiga.

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