Fundado en la Roca

Derek Prince
*Last Updated: marzo de 2026
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Hemos aprendido por experiencia que no hay una manera más efectiva de liberar el poder de Dios en una situación que proclamando Su Palabra con fe. De hecho, se lo he dicho a la gente muchas veces, pero nunca me he cansado de decirlo... Dudo que Ruth o yo estuviéramos vivos aquí hoy si no hubiéramos aprendido a usar esta arma de proclamación. Ambos hemos pasado, en diferentes momentos, por un período de enfermedad severa; de hecho, contraje algo, o algo se me adhirió que normalmente es fatal. Pero aquí estoy hoy y, gracias a los doctores, a Dios y al poder de las Escrituras, estoy vivo y bueno y sirviendo al Señor.
Esta mañana vamos a proclamar Isaías 55:10–11, que es una escritura muy apropiada a lo que vamos a estudiar en esta serie.
“Porque así como desciende la lluvia y la nieve del cielo, y no regresan allí, sino que riegan la tierra y la hacen producir y brotar, para dar semilla al que siembra y pan al que come, así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y prosperará en aquello para lo cual la envié.”
Amén.
El título de este primer mensaje es “Fundado en la roca”. Vamos a comenzar hablando de este tema. La Biblia es un modelo de lo que es la buena enseñanza, y se ciñe a ciertos principios de enseñanza. Uno de ellos es que se empieza con lo conocido para luego llevar a las personas a lo desconocido. Nunca se empieza con lo desconocido; se empieza con lo que ya se conoce, y de ahí se llega a lo desconocido. Una de las maneras en que la Biblia hace esto es que toma experiencias y actividades muy sencillas de todos los días, que todos conocen, y les da un sentido espiritual. Hay varios ejemplos. La Biblia habla de un labrador que siembra la semilla, un pescador que usa una red para pescar y un soldado que se pone la armadura. Luego en un contexto completamente diferente, habla de una novia que se prepara para su boda. Estos son sólo unos cuantos ejemplos de este principio.
Pero la actividad conocida que quiero enfocar es la de construir un edificio. Me parece que este cuadro de la vida cristiana se usa por lo menos con la misma frecuencia que cualquier otro cuadro en la Biblia.
Vamos a buscar primeramente la Epístola de Judas, versículos 20 y 21, que es una exhortación para nosotros como creyentes. Judas escribe a cristianos y dice:
“Pero vosotros, amados, edificándoos sobre vuestra santísima fe, orando en el Espíritu Santo, conservaos en el amor de Dios.”
Pues, ahí las Escrituras dicen que debemos edificarnos sobre nuestra santísima fe. Esta es una de las maneras en que se usa esta metáfora de edificar. Tenemos la responsabilidad de edificarnos.
Y luego en Efesios 2:21–22, habla de un templo santo en el Señor:
“…en quien también ustedes están siendo edificados juntos para ser morada [o lugar de habitación] de Dios en el Espíritu.”
Esto habla de la comunidad cristiana colectivamente; dice que hemos de ser juntamente edificados en el Espíritu Santo para ser una morada donde Dios pueda habitar.
Y luego en 1 Pedro 2:4–5, hablando de Jesús como una piedra viva, Pedro dice lo siguiente:
“Acercándoos a él [Jesús] como a una piedra viva, desechada ciertamente por los hombres, pero escogida por Dios y preciosa, vosotros también, como piedras vivas, sois edificados como casa espiritual, un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales a Dios por medio de Jesucristo.”
Ahí se nos compara a cada uno de nosotros a piedras vivas que están siendo edificadas como un templo santo que el Señor va a ocupar.
Y luego un ejemplo final en Hechos 20. Pablo se despide de los ancianos en Éfeso, quienes amaba con un amor especial, ya que en Éfeso su ministerio había tenido tal vez más éxito que en cualquier otro lugar. Con estas palabras en Hechos 20, se está despidiendo de ellos y les está diciendo que no volverán a verlo en esta vida. Es un momento muy conmovedor para todos. Esto fue lo último que él quiso decirles, en el versículo 32 de Hechos 20:
“Y ahora, hermanos, os encomiendo a Dios y a la palabra de Su gracia, que puede edificaros y daros herencia entre todos los santificados.”
Ahí Pablo dice que lo que más nos edifica es la Palabra de la gracia de Dios, la Biblia. Dice que ésta tiene poder para sobreedificarnos y darnos herencia con todos los que han sido apartados para Jesucristo mediante la fe en él.
Ahora, yo no soy constructor, pero una cosa sé. En cualquier edificio que va a ser permanente, ya sea que esté construido de ladrillo, piedra, concreto o hasta madera, la parte que es de vital importancia es el fundamento. La Biblia habla específicamente de esto, y es un tema de suma importancia para cada uno de nosotros. Es muy importante tener el fundamento debido, ya que el fundamento fija los límites en cuanto al tamaño y al peso del edificio que se puede construir encima de él. El fundamento fija los límites. También es así en la vida cristiana. No podemos construir una vida cristiana más victoriosa de lo que nos permite nuestro fundamento. Esto es algo de vital importancia. ¿Cuál es su fundamento? ¿Ha puesto usted el fundamento debido?
Ahora bien, hay un solo fundamento adecuado y suficiente, y es un fundamento idóneo. Se trata de una persona, la persona de Jesucristo. Al escribir a los cristianos corintios en 1 Corintios 3, Pablo usa dos metáforas. Usa una metáfora de la agricultura, y luego una metáfora de la construcción. Dice en el versículo 9:
"Porque nosotros somos colaboradores de Dios... [estamos trabajando junto con Dios.]... vosotros sois el campo de Dios... [esa es la metáfora agrícola.]... y sois el edificio de Dios [esa es la metáfora de la construcción. Luego continúa con la metáfora de la construcción:]. Según la gracia de Dios que me fue dada como un sabio maestro constructor... [Y en griego esa palabra es arquitecto.]... he puesto el fundamento y otro edifica sobre él. Pero cada uno mire cómo edifica sobre él. Porque ningún otro fundamento puede ponerse que el que está puesto, el cual es Jesucristo."
Pues, Pablo dice que hay un solo fundamento para la vida cristiana, y es Jesucristo mismo. Y cualquier cosa que no esté edificada sobre ese fundamento no resistirá a los estragos del tiempo y a las pruebas. Así que es muy importante que cada uno de nosotros analice sobre qué está construida su vida. ¿En realidad estamos edificados sobre el Señor Jesucristo? ¿Tenemos un conocimiento personal de Jesús que nos permite tener una relación personal e íntima con él?
El hecho de poner a Jesús como nuestro fundamento es sumamente importante, así que quiero tomar un tiempo para hablar de cómo podemos poner este fundamento, el fundamento de Jesús en nuestra vida. Quiero invitar a cada uno que examine su propia vida, su condición espiritual y sus experiencias espirituales, para ver si en realidad ha puesto su fundamento debidamente.
Quiero que busquemos Mateo 16 para que estudiemos unas enseñanzas básicas. En el versículo 13 y los versículos que siguen, Jesús está hablando con sus discípulos y dice:
“Cuando Jesús llegó a la región de Cesarea de Filipo, preguntó a sus discípulos, diciendo: ‘¿Quién dicen los hombres que soy yo, el Hijo del hombre?’ Ellos dijeron: ‘Algunos dicen que Juan el Bautista, otros Elías y otros Jeremías o uno de los profetas.’”
Luego les hace una pregunta muy personal:
“Pero Él les dijo: ‘¿Y ustedes, quién dicen que soy yo?’ Y Simón Pedro respondió y dijo: ‘Tú eres el Cristo [el Mesías], el Hijo del Dios viviente.’”
Ése fue un momento crucial en la vida de Pedro y en toda la historia del cristianismo.
“‘Tú eres el Cristo [el Mesías], el Hijo del Dios viviente.’ Y Jesús respondió: ‘Bienaventurado eres, Simón hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella.’”
De modo que Jesús usa esta conversación con Pedro para señalar la manera en que podemos poner nuestro fundamento sobre Jesucristo mismo.
Antes que nada, necesito explicar algunas de las palabras usadas aquí. En el versículo 18, Jesús dice: “Tú eres Pedro”, es decir petros en griego, y “sobre esta roca”, y en griego la palabra es petra, “edificaré mi iglesia”. Muchas veces se ha dicho que Pedro es el fundamento de la Iglesia. La verdad es que de ser así, sería una estructura muy tambaleante porque un poco más adelante, Jesús reprendió a Pedro y le dijo: “¡Quítate de delante de mí, Satanás!”. Y más adelante, Pedro negó al Señor tres veces. Aun después de la resurrección, Pablo tuvo que reprenderlo por haber comprometido la verdad del evangelio por temor a los demás judíos. Así que estoy agradecido de que ni la Iglesia, ni mi propia vida estén fundadas sobre Pedro.
Podemos ver algo en este pasaje, y es muy claro en el manuscrito griego, que es la versión original que tenemos. Jesús dijo: “Tú eres Pedro [petros], “y sobre esta roca [petra], edificaré mi iglesia”. En griego, petros significa una piedra o cuando mucho, una roca grande, pero en ningún momento algo más grande. Por lo general se usaba esta palabra para señalar el tipo de piedra que la gente usaba para apedrear a alguien. Por otra parte, petra significa una roca afilada que se extiende desde el lecho de roca. Muchas veces se usa esta palabra para hablar de un peñasco o algo de esa magnitud. Pero lo importante es que forma parte del lecho de roca. ¿En qué consiste este lecho de roca? Es justamente aquella experiencia que acababa de tener Pedro: el hecho de reconocer quién es Jesús en realidad, que sólo lo puede revelar el Espíritu Santo. Nadie puede conocer a Jesús y entender quién es en realidad, a menos que Dios Padre se lo revele.
De modo que ésta es la petra; es la roca firme sobre la cual debe estar basada nuestra fe cristiana. Es un encuentro personal y una revelación personal de Jesús, no como el hijo del carpintero, no como una figura histórica, sino como el Hijo de Dios sempiterno y no creado. Ahí es que tenemos que llegar si queremos edificar sobre esa roca. Tenemos que tener una experiencia parecida a la que tuvo Pedro.
He dicho muchas veces que podemos hacernos miembros de una iglesia, participar en una ceremonia religiosa, decir una oración y no ser cambiados. Pero si verdaderamente tenemos un encuentro con Jesús, seremos cambiados. Nadie puede tener un encuentro con Jesús y quedarse igual. Así que cada uno de nosotros debe preguntarse: “¿He tenido alguna vez ese encuentro personal con el Señor Jesús que nos transforma?”.
Quisiera plantearles que, al tener esta conversación, Pedro pasó por cuatro etapas sucesivas. Primeramente, tuvo un encuentro. Jesús y Pedro se encontraron cara a cara. No había nadie de por medio, ningún sacerdote, ningún mediador. Fue un encuentro directo y personal con Jesús. Y ahí es donde tenemos que llegar nosotros. Jesús dijo en otra parte: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo”. Hay una sola manera de entrar al reino de Dios, y es por la puerta. La puerta no es una iglesia; no es una doctrina; es Jesús. “Yo soy la puerta”.
En segundo lugar, después de este encuentro hubo una revelación, una revelación dada por Dios Padre por medio del Espíritu Santo. Jesús dijo: “No te lo reveló carne ni sangre”. No podemos alcanzar esto mediante nuestros sentidos; tiene que haber una revelación. De nuevo, esto es indispensable. Nadie puede conocer a Jesús, como él es verdaderamente, el Hijo de Dios eterno, sin una revelación personal. Pudiéramos estudiar teología, asistir a un instituto bíblico, hasta hacernos ministros, pero sin esta revelación personal de Jesús, no podemos conocerlo. Esta revelación viene de Dios Padre por medio de Jesucristo el Hijo.
Permítame preguntarle; no responda, pero, ¿ha tenido usted ese encuentro personal con Jesús? Yo sí. Hace más de cincuenta años, a una hora avanzada de la noche, en una barraca del ejército durante la Segunda Guerra Mundial, tuve un encuentro con Jesús. No tenía ningún conocimiento doctrinal; no sabía ningún vocabulario evangélico; no podía decir que había sido salvo o nacido de nuevo. Aprendí todo eso después. Pero quiero decirles que fui cambiado de una manera total y permanente. No llegué a ser perfecto. De hecho, quiero confesar que todavía no soy perfecto, pero fui cambiado, y el cambio fue positivo.
Luego tiene que haber un reconocimiento de lo que el Espíritu Santo nos muestra. Tenemos que decir: “Sí, creo. Recibo”. Tiene que haber una respuesta de nuestra parte. No es algo automático; tiene que suceder algo dentro de nosotros.
En cuarto lugar, tiene que haber una confesión pública de nuestra fe en Jesús. Jesús llevó a Pedro a hacer esto cuando Pedro dijo: “Tú eres el Cristo, el Mesías”. Hizo una confesión pública. La gente habla de los creyentes clandestinos, y reconozco que sí hay creyentes clandestinos, especialmente en países donde el admitir que uno es creyente lleva a la muerte. Pero no creo que nadie pueda permanecer un creyente clandestino para siempre.
Permítanme leerles lo que dijo Jesús en Mateo 10:32–33.
“Por tanto, cualquiera que me confiese delante de los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre que está en los cielos. Pero cualquiera que me niegue delante de los hombres, yo también le negaré delante de mi Padre que está en los cielos.”
Así que Jesús, como siempre, no nos deja tres alternativas, sino dos solamente. Lo confesamos, o bien lo negamos. Y si dejamos de confesarlo en el momento oportuno, en efecto, lo estamos negando. Entonces, cada uno de nosotros en algún momento tiene que llegar al punto de confesar abiertamente su fe en el Señor Jesucristo.
Para muchos, éste es un momento crítico. Después de convertirme estando en el ejército, me di cuenta que la mejor táctica era comunicarles a todos en cuanto los conocía, cuáles eran mis convicciones. De esta manera, nunca tenía que volver y decir: “Pues, en realidad, no te dije al principio, pero . . .”. No lo hacía como un acto religioso, pero cada noche en la barraca, dondequiera que estaba, me arrodillaba al lado de mi cama y oraba. Eso les mostraba el tipo de persona que era yo. Era mucho más fácil así. Veía a otros cristianos que vacilaban y no decían abiertamente cuáles eran sus creencias, y después les era mucho más difícil volver y hacer la confesión debida. Así que quiero recomendarle que haga eso. No tiene que pararse en una esquina y predicar; no tiene que ser predicador. Puede ser ama de casa o estudiante. Pero dondequiera que esté, dígale a la gente que usted cree en Jesús. Él es el Hijo de Dios.
Permítanme recapitular esas cuatro etapas sucesivas de este encuentro que es tan básico, porque es así que ponemos el fundamento de Jesús en nuestra vida de una manera personal.
En primer lugar, hubo un encuentro.
En segundo lugar, hubo una revelación dada por Dios Padre por medio del Espíritu Santo.
En tercer lugar, Pedro reconoció quién era Jesús.
Y en cuarto lugar, hizo una confesión pública.
Ahora bien, se pudiera preguntar: ¿Es posible tener ese tipo de revelación hoy? ¿Nos es posible a personas como nosotros conocer a Jesús de una manera tan personal e íntima como lo hicieron Pedro y los demás discípulos? Tenemos que ver dos cosas importantes. Antes que nada, Jesús no le fue revelado a Pedro como el hijo del carpintero. Pedro lo había conocido como tal por bastante tiempo. Le fue revelado como el Hijo de Dios sempiterno. Las Escrituras dicen en Hebreos 13:8:
Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre.
No ha habido en él ningún cambio, y nunca lo habrá. Así que no es cuestión de idioma, cultura o vestimenta; se trata de la persona eterna de Jesús. Eso fue lo que entendió Pedro, tal vez por primera vez en su vida. Tuvo una revelación de quién era Jesús en realidad.
En segundo lugar, la revelación fue dada por medio del Espíritu Santo. La Biblia se refiere al Espíritu Santo como el Espíritu eterno, el Espíritu imperecedero. El tiempo, la historia, los idiomas, las costumbres y las modas no cambian al Espíritu Santo.
Entonces, por esas dos razones, así como le fue posible a Pedro, también nos es posible a nosotros tener esa revelación personal y directa de Jesús. Primeramente, porque es el Hijo de Dios sempiterno que es revelado, y en segundo lugar, porque es el Espíritu eterno quien lo revela.
Ahora llegamos al próximo tema importante en la práctica. Habiendo puesto el fundamento, ¿cómo hacemos para edificar sobre él? Recordarán que todas las metáforas que usamos al principio tenían que ver con edificar. El próximo tema de vital importancia en la práctica es el siguiente: ¿cómo se edifica sobre el fundamento? Quiero que busquemos una parábola que Jesús refirió al final de Mateo 7, una parábola conocida acerca de un hombre prudente y un insensato. Ambos edificaron una casa, pero la edificaron de manera diferente. Empezando en Mateo 7:24:
“Por tanto, todo aquel que oye estas palabras mías y las hace, le compararé con un hombre sabio que edificó su casa sobre la roca [la roca, petra]. Y descendió la lluvia, vinieron los ríos y soplaron los vientos y golpearon aquella casa; y no cayó, porque estaba fundada sobre la roca. Y todo aquel que oye estas palabras mías y no las hace, le compararé con un hombre insensato que edificó su casa sobre la arena. Y descendió la lluvia, vinieron los ríos y soplaron los vientos y golpearon aquella casa; y cayó, y fue grande su caída.”
Antes que nada, es importante ver que ambas casas fueron sometidas a la misma prueba. Ninguna de las dos fue eximida de la prueba. La misma tormenta azotó ambas casas. Y déjenme decirles que la vida cristiana no es una vida libre de tormentas. Pasaremos por tormentas. Dios nunca nos ha garantizado lo contrario. De hecho, Pablo y Bernabé le dijeron a la Iglesia primitiva: “Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios”. Si usted está siguiendo un camino en el cual no hay ninguna tribulación, es dudoso que lo lleve al reino de Dios, porque eso fue lo que dijo Pablo, que era necesario que a través de muchas tribulaciones entráramos en el reino de Dios. No puedo abarcar en esta charla el porqué de las tribulaciones, pero créanme, Dios tiene un propósito en la tribulación. Si usted está pasando por tribulación en este momento, no se dé por vencido; Dios lo ayudará a vencer, y al final verá que él ha moldeado su vida, y le ha enseñado cosas que no hubiera podido aprender de ninguna otra manera.
¿Saben cómo sé eso? Por las experiencias que he tenido. Muy rara vez predico teorías.
Entonces, ¿cómo edifica el hombre prudente? Muy sencillamente, de dos maneras: oyendo y poniendo por obra las palabras de Jesús, las palabras de la Biblia. ¿Cómo podemos nosotros edificar sobre ese fundamento? Exactamente de la misma manera. Oyendo lo que dice la Biblia y haciéndolo. No sea solamente un oidor, porque en la Biblia no hay ninguna promesa para ellos. Sea un oidor y también un hacedor. Es algo práctico. Es aplicar las enseñanzas de la Biblia y las enseñanzas de Jesús a su propia vida. Verá que cuando empiece a hacerlo, Dios le estará siempre mostrando diferentes aspectos de su vida en las que necesita aplicar la verdad.
Quiero decirles que he sido cristiano por más de cincuenta años, pero Dios me está constantemente mostrando nuevas maneras de aplicar su Palabra. Otros aspectos de mi vida en las que necesito aplicarla. Mi edificio no ha sido completado; está siendo edificado. Pero le doy gracias a Dios que ha podido resistir a varias pruebas.
Hay otra parábola de Jesús en Lucas 6, que es muy parecida, pero se ha incluido algo importante. Voy a buscar un momento Lucas 6, versículos 46 al 49. De nuevo, es Jesús el que habla:
“Pero, ¿por qué me llamáis ‘Señor, Señor,’ y no hacéis las cosas que digo?”
Esa es una pregunta importante. Es inútil llamar a Jesús “Señor” si no lo obedecemos, porque en sí el calificativo “Señor” denota alguien que ha de ser obedecido. Jesús dice que nos cuidemos de hacer una confesión con nuestra boca que no afecte la manera en que vivimos.
Luego sigue con la parábola, diciendo:
“Cualquiera que venga a mí y oiga mis palabras y las haga, os mostraré a quién es semejante. Es semejante a un hombre que edificó una casa, que cavó profundo y puso el fundamento sobre la roca. Y cuando vino la inundación, el torrente golpeó vehementemente contra aquella casa y no pudo moverla, porque estaba fundada sobre la roca.” [la roca, la petra]. Pero el que oyó y no hizo nada es como un hombre que edificó su casa sobre la tierra sin fundamento, contra la cual el torrente golpeó vehementemente y cayó inmediatamente, y la ruina de aquella casa fue grande.”
Pues, en Lucas se incluye un detalle importante que no está en Mateo. Me pregunto cuántos de ustedes lo habrán notado. Dice que el hombre que quería llegar al lecho de roca tuvo que cavar hondo. Antes de poder edificar sobre el lecho de roca, tuvo que quitar de en medio muchas cosas. Y así es para muchos de nosotros, tal vez no todos, pero para la mayoría de nosotros que hemos crecido en una cultura supuestamente “cristiana”, hay muchas cosas que tenemos que quitar antes de poder llegar al lecho de roca. Los que han crecido en una cultura completamente no cristiana también tendrán que eliminar ciertas cosas, pero éstas serán diferentes.
Quiero mencionar cinco cosas que, en mi opinión, tenemos que remover. La primera son las tradiciones. No todas las tradiciones son malas; algunas son buenas. No es recomendable eliminar todas las tradiciones, pero Jesús le dijo a la gente de su época: “Habéis invalidado el mandamiento de Dios por vuestra tradición”. Están creyendo en ciertas tradiciones y actuando de acuerdo con ellas, cuando no están en conformidad con las Escrituras. Tengo que decir que, según he observado, Jesús les diría exactamente lo mismo a ese mismo pueblo judío hoy: Pero no enfoquemos solamente al pueblo judío, porque se aplica a muchas otras personas que tienen una formación cristiana. Hemos recibido por herencia ciertas tradiciones, ciertos comportamientos, cosas que hacemos, palabras que decimos que no están necesariamente de acuerdo con las Escrituras. Así que tenemos que examinar nuestra vida con mucho cuidado.
No voy a hacer sugerencias específicas, pero hay muchas que pudiera hacer.
Luego, la segunda cosa que tenemos que eliminar son los prejuicios. No hay nadie aquí que no haya tenido ciertos prejuicios en algún momento. Tal vez los hayan desechado, no lo sé. Pero hay todo tipo de prejuicios. Hay prejuicios raciales. Desafortunadamente, el mundo actual está lleno de prejuicios raciales. Sabemos que en países como Sudáfrica, por ejemplo, donde ha habido muchos cambios positivos, y permítanme decir además donde los prejuicios raciales impedían que ciertas personas formaran parte de la Iglesia. ¡Qué idea más horrible! Pero ese no es el único campo donde existen los prejuicios raciales. Los Estados Unidos de América ha estado lleno de prejuicios raciales, y en muchos lugares todavía lo está hoy día.
Yo soy de origen británico, y quiero decirles que los británicos también tienen sus prejuicios. Yo crecí con muchos de ellos. Tuve que cavar hondo para deshacerme de ellos. Mi familia había vivido muchos años en la India. Todos mis antepasados sirvieron con el Ejército Británico en la India. Me acuerdo que cuando era un niño de unos doce años, dije de manera muy inocente en un almuerzo: “No sé porqué no pudieran invitar a almorzar a un hindú”. Mi familia se horrorizó. Yo me preguntaba porqué reaccionaban así. Pues, más adelante, me di cuenta que era un prejuicio. Créanme, veo delante de mí muchas personas de diversos trasfondos raciales, pero muy pocos están completamente libres de prejuicios raciales.
Luego hay prejuicios denominacionales. La mayoría de nosotros miramos ciertas denominaciones de manera negativa. Mi primera esposa, que está con el Señor, era danesa. Creció en la Iglesia Luterana Danesa, pero luego hizo algo que para ellos era terrible: fue bautizada como creyente, lo cual en danés le dicen ser ginderker, es decir, uno que se bautiza por segunda vez. Ya que era maestra en el sistema educativo danés, su caso tuvo que ser juzgado ante el Parlamento para determinar si pudiera seguir siendo maestra. Tengo que decir que mi esposa siguió en un batalla constante con la Iglesia Luterana en realidad, hasta su muerte. No justifico eso; creo que fue una debilidad en ella.
Pero me he dado cuenta yo mismo que cuando oigo hablar de personas que pertenecen a ciertas denominaciones, formo una opinión negativa de su persona, sin haberlas conocido siquiera. Me parece que van a tener tales o cuales ideas, y que están equivocados en cuanto a esto o aquello. He aprendido por experiencia que de ser posible, nunca se debe juzgar a una persona antes de haberlo conocido. He conocido a personas que pertenecen a una denominación que pareciera tener muchos defectos, que son algunas de las personas más a tono con las cosas de Dios que he conocido, y otras que pertenecen a una denominación que goza de muy buena reputación, cuya vida cristiana es deficiente. Así que por favor no se dejen llevar por prejuicios denominacionales.
Luego están los prejuicios sociales. De nuevo, yo soy un ejemplo de alguien que creció en un ambiente de prejuicio social. Ni siquiera estaba consciente de que tenía prejuicios, pero fui educado en el colegio de Eton, uno de los colegios privados más exclusivos de Inglaterra, y luego en la Universidad de Cambridge. Simplemente no sabía cómo vivía el resto del mundo. Entonces tuve que alistarme en el Ejército Británico y conviví con todo tipo de personas con las que nunca había tenido ningún roce. Empecé a darme cuenta de lo poco que conocía mi propio pueblo británico. Le doy gracias a Dios por esa experiencia, cinco años y medio en el Ejército Británico. Me liberó de muchos prejuicios sociales. Ya que en mi familia todos habían sido oficiales en el Ejército, estaba acostumbrado a moverme en ese medio social, y al no hacerlo, aprendí algo. Cuando uno mira las personas estando en su mismo nivel social, se ven de cierta manera, pero cuando uno las mira desde abajo, se ven diferentes. Desde ese momento, siempre he tratado de decir: “Señor, ¿qué impresión le doy a la gente que tal vez me vea desde abajo?”.
Así que hay varios tipos de prejuicio. Hay prejuicios personales. A algunos no les gusta la gente que tiene voz alta. A otros no les gustan los pelirrojos. La mayoría de nosotros tenemos muchos prejuicios tontos. Yo tengo un prejuicio contra la gente que come manzanas entre comidas. Me esfuerzo por vencerlo, pero en el fondo, todavía persiste porque simplemente me molesta aquel sonido.
Además de esto, están las ideas preconcebidas, personas que tienen una imagen completamente falsa de quién es Jesús. Para ellos, Jesús es una persona extremadamente dócil, el niño Jesús de los cantos navideños. Ese no es el verdadero Jesús. Él no es así; a veces nos sacude, y está muy presto a eliminar nuestros prejuicios e ideas preconcebidas.
Hay muchas otras maneras en que podemos tener ideas preconcebidas. Ideas preconcebidas de lo que significa ser cristiano. Al haber crecido con la formación religiosa que ya les he relatado, decía entre mí: “Pues, si fuera a ser cristiano, tendría que ser miserable por el resto de mi vida”. Como Pat Boone, pensaba: “No vale la pena llegar al cielo si para lograrlo tengo que pasar setenta años de sufrimiento en la tierra”. De modo que totalmente eliminé la posibilidad de ser cristiano, hasta que tuve un encuentro con Jesús.
Luego, hay otra cosa que es sumamente peligrosa, y es la incredulidad. A veces cuando voy a impartir una enseñanza, empiezo haciendo que todos los presentes, incluyéndome a mí, renuncien a la incredulidad. Porque muchos de nosotros todavía tenemos mucha incredulidad en ciertas áreas. Nuestra mente en realidad no está abierta a la fe.
Y por último, y creo que es lo más importante, está la rebelión. Tal vez usted diga: “Hermano Prince, yo no soy un rebelde”. Pues, ¡sí lo es! Y si no se ha dado cuenta de ello, seguirá siendo un rebelde. No quiero entrar en detalles sobre la teología de esto, pero cada descendiente de Adán nace con rebeldía en su corazón. Tenemos que identificar esa rebeldía y eliminarla. Dios no tiene sino un remedio para la naturaleza rebelde. ¿Saben cuál es? La muerte, así es. Él no le dice a esa naturaleza rebelde que vaya a la iglesia; no le enseña la regla de oro. No la pone a aprender de memoria pasajes bíblicos. La hace morir. Pero la misericordia de Dios es que esa muerte tuvo lugar hace casi dos mil años cuando Jesús murió en la cruz. Nuestro viejo hombre fue crucificado con él. Tenemos que llegar al punto de reconocer la naturaleza rebelde en nosotros, y estar dispuestos a que Dios le dé muerte.
Ahora quiero hablar de la Biblia, porque esto es tan importante como cualquier otra enseñanza bíblica. ¿Cuál es su actitud hacia la Biblia? ¿Tiene usted la misma actitud que tuvo Jesús? Sólo quiero tomar un pasaje del evangelio de Juan, capítulo 10, versículo 35. No voy a explicar el contexto, porque tomaría mucho tiempo. Jesús dijo:
Si [Dios] llamó dioses a aquellos a quienes vino la palabra de Dios (y la Escritura no puede ser quebrantada) . . .
Éste es un versículo muy importante, porque aquí Jesús usa los dos calificativos principales de la Biblia: la Palabra de Dios y la Escritura. El hecho de que la Biblia lleve el nombre “la Palabra de Dios” nos muestra que provino de Dios, no del hombre. Surgió a través de canales humanos, pero es una Palabra que proviene de Dios.
La expresión “la Escritura” significa aquello que ha sido escrito. Dios ha dicho muchas cosas que no han sido escritas. Pero por orden divina, la Biblia contiene los dichos de Dios que él consideraba que era necesario que se escribieran. Esa es la Escritura. Quiere decir lo que está escrito.
Y con respecto a esto, Jesús hizo una afirmación sencilla que no deja lugar a duda: La Escritura no puede ser quebrantada. La gente puede discutir todo lo que quiera acerca de la inspiración o la autoridad de la Biblia, pero Jesús lo dijo todo: No puede ser quebrantada. Tiene toda autoridad. Se cumplirá a cabalidad. Todo lo que dice se llevará a cabo exactamente como está escrito. Uno puede pronunciarse en contra de ella, y negar su veracidad, pero no puede quebrantarla. De hecho, si uno niega su veracidad, al final ella lo destruirá a uno. La Escritura no puede ser quebrantada.
Quisiera que todos ustedes dijeran eso una vez conmigo: “La Escritura no puede ser quebrantada”.
Ahora dénse vuelta y miren a alguien a su lado, y díganselo a esa persona mirándole a los ojos: “La Escritura no puede ser quebrantada”.
Bien. Pues, ya está claro. Hay un sistema de análisis de la Biblia que somete las Escrituras a muchas fantasías ridículas, y que termina haciendo de ella un libro totalmente ineficaz. Si hay algo que el diablo quiere hacer en nuestra vida, es socavar nuestra fe en la autoridad y la exactitud de la Biblia. Pero si somos como Jesús simplemente diremos que la Escritura no puede ser quebrantada. ¿Me oíste, Satanás? La Escritura no puede ser quebrantada. Muy bien.
Lo que quiero decir ahora es que la Biblia es la Palabra de Dios, pero Jesús también lo es. Esto lo vemos en el evangelio de Juan en dos lugares, en Juan 1:1, una escritura conocida:
En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
Eso se refiere a Jesús. Él fue la Palabra y sigue siendo la Palabra.
Y en Juan 1:14 dice:
Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad.
Así que cuando Jesús nació, en la temporada en que celebramos Navidad —aunque en realidad Jesús no nació en diciembre— el Verbo se hizo carne. Pero él siempre fue el Verbo. Por toda la eternidad había sido el Verbo que era con Dios.
Y cuando él regrese, ¿saben cómo va a regresar? ¿Saben cuál será su nombre? Permítanme decirles. Apocalipsis 19. Es increíble: cuando él vino fue el Verbo, y cuando regrese será el Verbo. Este es un cuadro de Jesús viniendo desde el cielo en gloria para establecer su reino en la tierra. Apocalipsis 19:11–13:
Entonces vi el cielo abierto; y he aquí un caballo blanco, y el que lo montaba se llamaba Fiel y Verdadero, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos eran como llama de fuego, y había en su cabeza muchas diademas; [es decir, coronas reales] y tenía un nombre escrito que ninguno conocía sino él mismo. Estaba vestido de una ropa teñida en sangre; y su nombre es: EL VERBO DE DIOS.
De modo que él siempre ha sido el Verbo, todavía lo es y lo seguirá siendo.
Esto saca a relucir algo muy importante. Jesús y la Biblia están en completo acuerdo. Su actitud hacia el uno es su actitud hacia el otro. No se puede creer en Jesús y no creer en la Biblia. ¿Entendieron eso? Jesús es la Palabra de Dios; es la Palabra hecha carne. La Biblia es la Palabra escrita. Debemos tener la misma actitud hacia ambos. Hay un perfecto acuerdo entre ellos.
Y ahora, ya que estamos por terminar, quiero hablar de cinco verdades sumamente importantes con respecto a la Palabra de Dios y nuestra relación con ella, que se encuentran en el evangelio de Juan, capítulo 14. Solamente tres versículos. De cierta forma, Jesús se está despidiendo de sus discípulos; les está advirtiendo que él está por partir y que estarán solos por un tiempo. Es un momento sumamente difícil para los apóstoles, y esta revelación los abruma. Pero en medio de esto, Jesús les da una maravillosa revelación de lo que la Biblia debería significar para nosotros, como creyentes. Dice en Juan 14:19:
Todavía un poco, y el mundo no me verá más; pero vosotros me veréis; porque yo vivo, vosotros también viviréis.
Jesús ahí diferenció entre el mundo —es decir, los que no reconocen a Jesús— y sus propios discípulos. Dijo que el mundo no lo vería, pero que los discípulos sí lo verían.
Luego Judas, no el Iscariote, sino el otro Judas, le hizo una pregunta muy pertinente en el versículo 22:
Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo?
Dijo eso porque Jesús había dicho que el mundo no lo vería, pero los discípulos sí. Su pregunta era: ¿Cómo te manifestarás a nosotros, y no al mundo?”. Ahora, la respuesta que dio Jesús está llena de verdades importantes. Versículo 23:
Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él.
Quiero sacar a relucir cinco verdades sumamente importantes en la respuesta de Jesús. Antes que nada, Jesús dijo que se revelaría a sus discípulos, y no al mundo. ¿Qué es lo que diferencia a los discípulos del mundo? El hecho de guardar la Palabra de Dios. Los verdaderos discípulos guardan la Palabra de Jesús. No se distinguen por sus designaciones denominacionales, sino por la manera en que se relacionan con la Palabra de Dios. Eso es lo que hace que uno sea, o impide que uno sea un verdadero discípulo. Es nuestra relación con la Palabra de Dios. El guardar la Palabra de Dios diferencia a los discípulos del mundo.
Y en esta congregación aquí esta mañana cada uno de nosotros está en una de esas dos categorías. Si somos discípulos, guardamos la Palabra de Dios. Si no guardamos la Palabra de Dios somos del mundo, es decir de aquellos que no están bajo el señorío de Jesús.
Luego la segunda verdad es que Jesús dijo: El que me ama, mi palabra guardará. Así que el guardar o no la Palabra de Dios es la verdadera prueba del amor del discípulo hacia Dios. El amor es lo que nos motiva a obedecer. Es muy importante entender que como creyentes nuestra motivación es el amor, no el temor. En cierto sentido, bajo la ley, las personas eran motivadas por temor. Si hacen tal cosa, serán castigados. Pero eso no funciona. He ayudado a criar a muchos niños. Algunos de ustedes no me creerían si les dijera el número exacto, pero no voy a entrar en detalles. Me di cuenta que mientras están bajo el control de uno, como padre, se puede usar el temor, pero una vez que se separan de uno, si su motivación ha sido el temor, cambiarán. La única motivación que los mantendrá fieles es el amor. Dios y Jesús fueron lo suficientemente sabios como para edificar sobre la base del amor y no del temor. De modo que el guardar la Palabra de Dios es la verdadera prueba del amor del discípulo hacia Dios. “El que me ama, mi palabra guardará”. El amor es lo que nos motiva a obedecer.
Luego él dice: "El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará ..." Esa es otra realidad grandiosa. El hecho de guardar su Palabra es lo que hace que Dios nos ame con un amor especial. De cierta forma, Dios amó al mundo entero, pero tiene otro nivel y otro tipo de amor hacia los verdaderos discípulos de Jesús, aquellos que guardan su Palabra.
Luego está la pregunta que hizo Judas: “¿Cómo te manifestarás a nosotros, y no al mundo?” Y Jesús respondió: "el que me ama, mi palabra guardará". Entonces, ¿cómo se revela Cristo a nosotros? Mediante la Palabra. Es a través de guardar la Palabra que llegamos a conocer mejor a Jesús. Tal vez tengamos alguna experiencia espiritual notable. Tal vez seamos arrebatados hasta el tercer cielo o algo así. Pero eso no les ocurre a la mayoría de las personas, y no es la manera básica en que Dios y Jesús se revelan a sí mismos. Es a través de guardar la Palabra de Dios.
Luego, para terminar, y esta es una declaración increíble: El que me ama, mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. No hay sino unos cuantos lugares en la Biblia donde se usa el verbo en plural para referirse a Dios, pero éste es uno de ellos. Jesús dice que nosotros, mi Padre y yo, vendremos a él y haremos morada con él. Ésta es una declaración asombrosa, una revelación increíble de que Dios Padre y Dios el Hijo quieren venir a morar con nosotros. Quieren hacer de nosotros su morada. Pero, ¿cómo se logra esto? Mediante la Palabra. Si no amamos la Palabra, si no somos obedientes a la Palabra, Dios no hará morada con nosotros.
Para terminar esta mañana quisiera decir lo siguiente, y es algo muy serio. No amamos a Dios más de lo que amamos su Palabra. Así que si quiere saber cuánto ama a Dios en realidad, y cuánta importancia él tiene en su vida, puede averiguarlo. No tiene que hacer conjeturas al respecto. Simplemente pregúntese: ¿Cuánto amo yo la Biblia? ¿Qué importancia tiene la Biblia en mi vida? Ese es el amor que usted le tiene a Dios, y el lugar que le da a él en su vida.
Permítanme resumir esas cinco afirmaciones acerca de la Biblia, porque son de vital importancia. Hay tantos cristianos que se encuentran en un crepúsculo incierto; en realidad no saben lo que es la luz y lo que son las tinieblas. Desean y tienen esperanzas, pero en realidad no están seguros. Esto es porque no le han dado a la Palabra de Dios el lugar debido en su vida. Voy a repetir estas afirmaciones y luego cerrar.
En primer lugar, el guardar la Palabra de Dios diferencia a los verdaderos discípulos del mundo.
En segundo lugar, el guardar la Palabra de Dios es la verdadera prueba del amor del discípulo hacia Dios. El amor es lo que nos motiva a obedecer, no el temor.
En tercer lugar, el guardar la Palabra de Dios es lo que más lleva a Dios a amar al discípulo. Dios ama a los discípulos de una manera especial. Él ama al mundo entero, pero tiene un amor especial hacia los discípulos. Pero los que él ama como discípulos son los que guardan la Palabra de Dios. Si usted quiere que Dios le tenga un amor especial, tiene que guardar su Palabra.
En cuarto lugar, a través de guardar y obedecer la Palabra de Dios, Cristo se manifiesta a nosotros. Le preguntaron: “¿Cómo te manifestarás a nosotros, y no al mundo?” Jesús dijo: “Si me amas, guardarás mi Palabra. Así es que me manifestaré”.
Para terminar, a través de la Palabra de Dios, el Padre y el Hijo juntos vendrán a morar dentro de nosotros. ¿No les parece increíble? Esto me asombra. Dios Padre y Dios el Hijo quieren hacer su morada con nosotros, pero sólo lo harán a medida que nosotros guardemos la Palabra de Dios.
Permítanme cerrar con una oración por todos nosotros.
“Padre Celestial, te damos gracias por tu Palabra, la Palabra de Dios, la Biblia, esa Palabra segura e infalible que tiene toda autoridad y que es lámpara a nuestros pies y lumbrera a nuestro camino. Quiero orar por todos los que están reunidos aquí y por todos los que serán confrontados de cualquier manera por este mensaje, que tú nos hagas amantes de tu Palabra, que por tu gracia nos des la habilidad de darle a tu Palabra, la Biblia, el lugar que le corresponde en nuestra vida para que seamos verdaderamente discípulos del Señor Jesús. En su nombre te lo pido, amén”.
Código: MV-4160-100-SPA