El título de este mensaje es: “Recibid el Espíritu Santo”. Se trata de uno de los temas principales del Nuevo Testamento. Es un tema de suma importancia para cada creyente, porque Dios espera que cada creyente reciba el Espíritu Santo. Desafortunadamente, en la Iglesia, y en particular, digamos la rama protestante/evangélica/pentecostal, hay mucha confusión y muchos malentendidos con respecto a lo que significa recibir el Espíritu Santo. Por ejemplo, el que es buen bautista dirá: “Yo recibí el Espíritu Santo cuando nací de nuevo; no hay nada más que recibir”. El pentecostal dirá: “No, no recibiste el Espíritu Santo al nacer de nuevo. El creyente no recibe el Espíritu Santo hasta que es bautizado en el Espíritu y habla en lenguas”. Los creyentes tienden a enojarse bastante entre sí.

Ahora bien, como casi siempre que creyentes sinceros discrepan con respecto al significado de las Escrituras, la verdad es que cada uno tiene razón en parte, y en parte está equivocado. Creo poder ayudarle hoy mismo a aclarar esta confusión. En realidad, el Nuevo Testamento habla de dos maneras diferentes de recibir el Espíritu Santo; al diferenciar entre ellas, ya no hay confusión. Examinemos dos acontecimientos históricos del Nuevo Testamento, a fin de definir qué son exactamente estas dos maneras de recibir el Espíritu Santo, y cómo difieren entre sí.

Voy a referirme a dos domingos, dos domingos de suma importancia histórica para la Iglesia. Me referiré al primer domingo como “Domingo de Resurrección”, y al segundo, siete semanas más tarde, como “Domingo de Pentecostés”. En ambas ocasiones, los creyentes recibieron el Espíritu Santo, pero en los dos casos fue diferente. Al entender el significado de ambas experiencias, veremos cómo éstas se relacionan con nuestra vida. Debemos preguntarnos: “¿He recibido el Espíritu Santo? ¿Hay algo más que necesito recibir? ¿Qué implica recibir el Espíritu Santo?”

Por lo tanto, quisiera empezar leyendo el relato del primer Domingo de Resurrección, cuando Jesús se apareció por primera vez a un grupo de sus discípulos, como se registra en Juan 20:19–22:

Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana,...

Como sabe, el primer día de la semana es el día que nosotros llamamos domingo. El sábado es el séptimo día de la semana, y el domingo es el comienzo de otra semana. En hebreo, la palabra para designar el domingo es yom reshon, es decir, “el primer día”. En realidad, el hebreo es mucho más fiel a la Biblia en cuanto a los nombres que se les da a los días de la semana que los idiomas europeos. Lamentablemente, en la mayoría de éstos, los días de la semana llevan los nombres de dioses paganos. Por ejemplo, miércoles quiere decir “día consagrado al dios Mercurio”, y jueves “el día consagrado a Jupiter”. Lunes quiere decir “día consagrado a la luna”. Es un hecho lamentable que en nuestro idioma se designen los días de la semana de una manera tan pagana. En cambio, en hebreo se dice: “el primer día”, “el segundo día”, “el tercer día”, “el cuarto día”, “el quinto día”, y “el sexto día”. Luego, el séptimo día es shabbat, el sábado, y el domingo es yom reshon. Para el que vive en Jerusalén, como lo hacemos nosotros, el día más agitado de la semana es el domingo. Ese día, la vida cotidiana toma impulso. La gente ha estado descansando el sábado, y todos empiezan sus actividades el primer día de la semana. La mayoría, o por lo menos muchas de las congregaciones cristianas de Israel celebran su culto de adoración el sábado, porque el domingo es un día de trabajo. ¡Eso lo digo de paso, sin costo adicional!

Entonces, para regresar al versículo 19, dice así:

...el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado.

¿Por qué hizo eso? Para convencerlos de que estaban viendo el mismo cuerpo que había sido horadado en la cruz; había sido gloriosamente transformado, pero todavía era el mismo cuerpo.

Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío. Y habiendo dicho esto, sopló, y les dijo: Recibid el Espíritu Santo.

Ahora bien, quiero hacer un comentario sobre este último versículo. En el lenguaje secular, la palabra que se ha traducido aquí como “soplar”, se refiere al acto de soplar en el sentido de un flautista que sopla dentro de la boquilla de su instrumento a fin de producir música. Esto me hace pensar que Jesús no sopló sobre todos ellos desde lejos, sino que sopló dentro de cada uno, individualmente, mientras decía: “Recibid el Espíritu Santo”.

El griego es un idioma en que los tiempos verbales están muy bien definidos. Hay más de un imperativo, y el que se usa aquí indica que ellos habían de recibir algo cuando él pronunciara esas palabras. Así que todos aquellos discípulos recibieron el Espíritu Santo en ese momento. No cabe ninguna duda.

¿Qué implicaba eso? Según lo entiendo yo, en ese momento pasaron de la salvación según el Antiguo Testamento a la salvación según el Nuevo Testamento. En el Antiguo Testamento había personas que eran salvas. Eran salvas mediante la fe en un sacrificio que todavía no se había ofrecido, pero que Dios había prometido a través de las profecías y las figuras del Antiguo Testamento. De modo que su fe contemplaba algo que aún no se había cumplido. Sin embargo, en el Nuevo Testamento, somos salvos mediante la fe en el sacrificio de Jesús en la cruz, el cual es un hecho histórico. Cuando Jesús estaba a punto de morir, dijo: “Consumado es”. Nosotros contemplamos un hecho consumado.

Entonces, para recibir la salvación según el Nuevo Testamento, Pablo dice que hay que hacer dos cosas. En Romanos 10:9 dice:

Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo.

Así que hay dos requisitos para recibir la salvación según el Nuevo Testamento. Hay que confesar que Jesús es el Señor, y creer que Dios lo levantó de los muertos. Aquellos discípulos ya habían confesado a Jesús como Señor, pero hasta ese momento no habían creído que Dios lo había levantado de los muertos. Pasaron de la salvación según el Antiguo Testamento a la salvación según el Nuevo Testamento. Es un patrón a seguir. Aconteció al tener ellos un encuentro cara a cara con el Cristo resucitado y recibir de él el Espíritu.

La palabra griega para designar el espíritu, pneuma, también significa “viento” o “aliento”. Así que cuando Jesús sopló dentro de ellos y dijo: “Recibid el Espíritu Santo”, estaba diciendo: “Recibid el aliento santo”. Fue algo que recibieron directamente de Jesús. Llegaron a formar parte de la nueva creación. Pensemos en la creación del hombre al principio. Cuando Dios formó un cuerpo de barro, allí en el huerto, a fin de hacer de él un alma viviente, ¿qué hizo? Sopló dentro de él el aliento de vida y fue creado; llegó a ser un alma viviente. La nueva creación sigue el mismo patrón, pero el protagonista ya no es Dios Padre en el huerto, sino Jesús, el Salvador resucitado, quien ha atravesado la muerte y salido de la tumba, y que sopla dentro de sus discípulos una vida totalmente victoriosa. Se trata de una vida que ha vencido tanto a Satanás como el pecado, la muerte y la tumba. Esta vida la conseguimos al inhalar el aliento del Salvador.

A mi juicio, éste es un patrón que deben seguir todos los que reciben la salvación. No creo que se pueda ser salvo sin tener un encuentro con Jesús. No estoy hablando de conocerlo en carne propia, como lo hicieron los discípulos; sin embargo, estoy convencido de que no hay otra puerta de entrada a la verdadera Iglesia de Jesucristo sino Jesús. Él dijo: “Yo soy la puerta; el que por mí entrare, será salvo”. Por lo tanto, me parece que éste es un patrón que debe seguir todo el que nace de nuevo. Tenemos que encontrarnos con Jesús; no solamente creer una doctrina o hacernos miembros de una iglesia, sino tener un encuentro personal con el Cristo resucitado y recibir de él el aliento de Dios, el cual es el Espíritu Santo, y ser hechos una nueva criatura. Cuando hacemos esto, pasamos de muerte a vida.

Recuerdo el momento en que tuve un encuentro personal con Jesús. No lo vi, pero tuve un encuentro muy real con él en un cuartel, mientras servía con el Ejército Británico durante la Segunda Guerra Mundial. No tenía ningún conocimiento doctrinal acerca de la salvación. No podía decir que había nacido de nuevo; no sabía cuáles eran los requisitos para ser salvo, pero créame, fui salvo. Más adelante entendí la doctrina, pero ya había conocido a Jesús. Querido amigo, quiero asegurarle que es imposible conocer a Jesús y quedarse igual. Una persona puede hacerse miembro de una iglesia y no ser cambiada. Puede creer intelectualmente muchas doctrinas y no cambiar. Pero tener un encuentro con el Cristo resucitado lo transformará para siempre. Tuve esa experiencia hace cuarenta y cinco años, y el tiempo no ha cambiado nada. Mi salvación no se basó en conocimientos doctrinales, como tampoco la de los discípulos. Ellos no tuvieron una revelación repentina de las Escrituras, sino que conocieron a Jesús y recibieron el Espíritu Santo. Recibieron la vida divina: vida eterna, vida de resurrección, vida incorruptible e invencible. Más adelante, Juan dice al respecto: “Todo el que es hijo de Dios vence al mundo”. [Dios habla hoy] Usted no podrá ser derrotado si tiene esa vida dentro de sí, porque la vida divina no puede ser vencida; ha triunfado sobre todo mal, y es soberana. ¡Qué grandioso!

Lo que voy a leer ahora está mi guía. En ese momento, los discípulos recibieron la vida de Dios: vida eterna, vida de resurrección, pero aún no tenían una visión clara en cuanto al ministerio. Unos días después, Pedro salió de nuevo a pescar. Todavía no sabía el destino que Dios le tenía reservado. Además, los discípulos no hicieron efecto alguno en la ciudad de Jerusalén. Jerusalén siguió exactamente igual. Ellos iban todos los días al templo a alabar y bendecir a Dios, pero no hubo ningún cambio en Jerusalén. Después de esa primera experiencia, en el período entre ese Domingo de Resurrección y su ascensión, Jesús les dijo: “Todavía les falta recibir algo más. No crean que lo tienen todo”. Cuando conozco a personas que me dicen que lo recibieron todo en el momento de ser salvos, digo: “Si lo tienen todo, ¿dónde está? Muéstrenmenlo”. Debe ser posible verlo.

Quisiera leer dos pasajes en los cuales Jesús dijo claramente que, aunque lo que habían recibido mediante el nuevo nacimiento era maravilloso, no era todo. Veamos Lucas 24:4-49. Recuerde que Jesús pronunció estas palabras poco antes de su ascensión, y unos cuarenta días después de su resurrección.

Y vosotros sois testigos de estas cosas. [Está hablando a los discípulos] He aquí, yo enviaré la promesa de mi Padre sobre vosotros; pero quedaos vosotros en la ciudad de Jerusalén, hasta que seáis investidos de poder desde lo alto.

De modo que Jesús les dijo que no lo tenían todo. Dijo: “Todavía no han recibido la promesa del Padre, pero al recibirlo, les será dado poder para mis testigos”.

También dice en Hechos 1:4–5:

Y estando juntos, les mandó que no se fueran de Jerusalén, sino que esperasen la promesa del Padre, la cual, les dijo, oísteis de mí.

Luego, Jesús explica lo que es la promesa del Padre:

Porque Juan ciertamente bautizó con agua, mas vosotros seréis bautizados con el Espíritu Santo dentro de no muchos días.

Ésa es la promesa del Padre. Se ha calculado que hay siete mil promesas de Dios en la Biblia, pero ésta es la promesa más importante que tiene el Padre para sus hijos. “Seréis bautizados en el Espíritu Santo”.

Luego, en el versículo , explica el por qué de este bautismo. Dice:

...pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

Así que la promesa era el ser bautizados en el Espíritu Santo, y el propósito de ese bautismo era recibir poder para testificar. Esto todavía no había acontecido. Unos cuarenta días habían pasado desde aquel Domingo de Resurrección, en el que habían recibido el Espíritu Santo mediante el nuevo nacimiento. Sin embargo, Jesús dijo: “Tendrán otra experiencia mediante la cual recibirán poder para ser mis testigos”. Y casi todos los comentaristas bíblicos, sea cual sea su trasfondo religioso, concuerdan en que la segunda promesa se cumplió el día de Pentecostés.

Ahora leamos en Hechos 2 unos versículos que hablan del cumplimiento de la promesa. Empezaremos leyendo los primeros cuatro versículos de Hechos 2. Aquí estamos hablando del Domingo de Pentecostés.

Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos unánimes juntos. Y de repente vino del cielo un estruendo como un viento recio que soplaba, el cual llenó toda la casa donde estaban sentados; y se les aparecieron lenguas repartidas, como de fuego, asentándose sobre cada uno de ellos. Y fueron todos llenos del Espíritu Santo, y comenzaron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les daba que hablasen.

Éste es el cumplimiento de la promesa. Quiero señalar tres etapas sucesivas de esta experiencia. En primer lugar, el Espíritu Santo descendió como un viento recio y llenó toda la casa donde estaban. Recuerde que la palabra “bautizar” quiere decir “sumergir” o “hundir”. Gramaticalmente, no cabe ninguna duda de esto. Por lo tanto, todo bautismo tiene que ser por inmersión. El bautismo en agua implica una inmersión en agua, y el bautismo en el Espíritu Santo una inmersión en el Espíritu Santo. El bautismo en agua es una inmersión en la que el creyente baja al agua. Sin embargo, al ser bautizado en el Espíritu Santo, el Espíritu desciende sobre él y lo cubre. El bautismo se puede comparar a sumergirse en una piscina o pasar bajo las Cataratas del Niágara. En ambos casos, la persona se sumerge, pero en el último caso, el agua cae desde arriba.

Recuerdo que la primera vez que contemplé las Cataratas del Niágara, me dije a mí mismo: “Sería imposible estar debajo de esas cataratas ni un segundo sin ser sumergido”. En este caso, no se bajaría a las aguas sino que éstas caerían desde arriba. De modo que cada uno de los discípulos en aquel aposento alto fue sumergido en el Espíritu Santo cuando éste descendió desde lo alto. Dice que llenó todo el lugar donde estaban. Fueron totalmente sumergidos en el Espíritu Santo. Ésa fue la primera etapa.

Luego dice que todos fueron llenos del Espíritu Santo. Cada uno de ellos recibió la plenitud del Espíritu Santo dentro de sí. Ésta fue la segunda etapa.

La tercera etapa fue lo que llamo el desbordamiento. Empezaron a hablar en nuevas lenguas según el Espíritu les daba que hablasen. En Mateo 12:34, Jesús dice lo siguiente:

De la abundancia del corazón habla la boca.

En otras palabras, cuando su corazón está tan lleno que rebosa, lo que está allí se expresará mediante las palabras que salen de su boca. Por lo tanto, lo que aconteció fue bíblico. Cuando estaban completamente llenos del Espíritu, hubo un desbordamiento. Empezaron a hablar según el Espíritu les daba que hablasen. Pasaron por tres etapas: fueron sumergidos en el Espíritu, luego éste los llenó por completo, y rebosó mediante sus palabras.

Teóricamente, no es necesario pasar por las tres etapas. Los discípulos hubieran podido ser sumergidos, pero no llenos. O bien el Espíritu hubiera podido sumergirlos y llenarlos, sin que hubiese un desbordamiento. Pero mi pregunta es la siguiente: ¿Por qué conformarse con algo inferior? Muchas veces les predico a los católicos, y siempre les recuerdo que sus dos personajes preferidos del Nuevo Testamento—María y Pedro—recibieron el Espíritu de esta manera. Les digo: “Si ellos lo recibieron así, ¿por qué habría usted de recibirlo de otra manera?” Cuando lo he enfocado de esta manera, he visto a cientos de católicos recibir el Espíritu Santo inmediatamente.

Ahora, permítame leer mi comentario sobre esta segunda experiencia. “Los discípulos recibieron poder sobrenatural, manifiesto. Quiero hacer hincapié en estas palabras. El poder era manifiesto. Todos se enteraron de lo ocurrido. No fue sólo una experiencia interior. Ocurrió algo sobrenatural y trascendente. Recibieron poder para testificar, lo cual no habían tenido anteriormente. Habían nacido de nuevo, pero no testificaban con denuedo. Recibieron entendimiento de las Escrituras. Pedro se puso de pie inmediatamente, y sin disponer de concordancia ni de anotaciones, empezó a hablar del significado de las profecías del profeta Joel. No hubiera podido hacerlo una hora antes; no hubiera tenido la revelación necesaria. Repentinamente, las Escrituras cobraron vida para los apóstoles. En tercer lugar, se abrieron las puertas para que se entregaran a la labor apostólica. Pedro nunca más habló de ir a pescar después de Pentecostés. Y, finalmente, toda Jerusalén sintió el impacto de lo ocurrido. Pocas horas después, la ciudad entera sabía que había acontecido algo fuera de lo normal.

Cuando nacieron de nuevo, nadie lo supo; pero cuando fueron bautizados en el Espíritu, se enteraron todos. ¿Cuántos de ustedes saben por experiencia propia que esto es algo que no se puede ocultar por mucho tiempo? ¿Ha notado que, de alguna manera, el bautismo en el Espíritu siempre revuelve las cosas? Alguien le preguntó a mi amigo Bob Mumford cuál era la evidencia del bautismo, y él respondió que la evidencia eran... ¡los problemas que surgían! 

Veamos este pequeño resumen al final de la página. A la izquierda está el Domingo de Resurrección, y a la derecha, el Domingo de Pentecostés. Notará que hay tres diferencias. Ese punto de exclamación ahí abajo estaba aquí arriba en mi guía original, pero no importa. Domingo de Resurrección, el Cristo resucitado. Domingo de Pentecostés, el Cristo ascendido y glorificado. Domingo de Resurrección, el Espíritu inspirado. Domingo de Pentecostés, el Espíritu derramado. El Domingo de Resurrección surgió vida. El Domingo de Pentecostés surgió poder. Una cosa no contradice la otra. No es cuestión de escoger entre las dos; Dios quiere que todo su pueblo experimente ambas cosas. El hecho de que ya haya tenido la experiencia de Domingo de Resurrección, no quiere decir que no necesite la experiencia del Domingo de Pentecostés. ¿Entiende lo que quiero decir? Así que el bautista que dice: “Lo recibí cuando fui salvo”, tiene razón. Pero no lo ha recibido todo. Para decirle la verdad, no creo que la mayoría de nosotros lo tenga todo. Creo que a la mayor parte de nosotros nos falta mucho. Espero que haya aclarado el tema. Después de entender esta verdad y relacionar estos dos domingos, ya no tuve ningún problema para discernir quién había recibido el Espíritu Santo y quién no. Cada hijo de Dios que ha nacido de nuevo ha recibido la vida del Espíritu Santo. Sin embargo, según el Nuevo Testamento, cada hijo de Dios nacido de nuevo necesita ser bautizado en el Espíritu Santo y recibir poder sobrenatural para testificar. No hay ningún conflicto entre estas dos experiencias; encajan perfectamente.

Ahora tenemos el punto de exclamación en el lugar correcto. Recibid el Espíritu Santo. Quiero señalar que aquí no se trata de una recomendación, sino de un mandato. Por lo general, Jesús no hace recomendaciones; da órdenes. Aquí hay algo sumamente importante. Desde Hechos 2 en adelante, en el Nuevo Testamento la frase “recibir el Espíritu Santo” siempre se refiere a lo ocurrido el Domingo de Pentecostés. Así es que se usa esta frase en el Nuevo Testamento. No es que la otra experiencia no sea válida. Sin embargo, después de Hechos 2, cada vez que se habla de recibir el Espíritu Santo, se alude a la experiencia del Domingo de Pentecostés.

Veamos rápidamente tres ejemplos. En Hechos, vemos lo que ocurrió en Samaria después que Felipe fue y les predicó a Cristo. Dice el versículo 12 de Hechos 8:

Pero cuando creyeron a Felipe...se bautizaban hombres y mujeres.

Jesús dijo: “Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere bautizado, será salvo”. Así que tenemos que reconocer que aquellos samaritanos eran salvos. Creían y habían sido bautizados. Sin embargo, su experiencia era incompleta, y no recibieron nada más de Felipe. Ahora leemos en el versículo 14:

Cuando los apóstoles que estaban en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la palabra de Dios, enviaron allá a Pedro y a Juan; los cuales, habiendo venido, oraron por ellos para que recibiesen el Espíritu Santo...

Eran salvos, pero los apóstoles oraron por ellos para que recibieran el Espíritu Santo; no lo que aconteció el Domingo de Resurrección, sino lo ocurrido el Domingo de Pentecostés.

...porque aún [el Espíritu Santo] no había descendido sobre ninguno de ellos...

Fíjese que cada vez que habla del bautismo en el Espíritu Santo, señala que el Espíritu Santo desciende desde lo alto. No había descendido sobre ninguno de ellos; sólo habían sido bautizados en el nombre del Señor Jesús. Eran creyentes salvos y bautizados, pero el Espíritu Santo no había descendido sobre ellos.

Entonces les imponían las manos, y recibían el Espíritu Santo.

Se nos dice tres veces que estos creyentes, quienes eran salvos y bautizados, todavía necesitaban recibir el Espíritu Santo; no lo que aconteció el Domingo de Resurrección, sino lo ocurrido el Domingo de Pentecostés.

Luego, en Hechos 10:47, vemos lo que ocurrió en la casa de Cornelio. Recordará que Pedro fue y les testificó acerca de Jesús, y el Espíritu Santo cayó sobre ellos. Se interrumpió el sermón de Pedro, y todos aquellos gentiles empezaron a hablar en lenguas. Luego Pedro dice lo siguiente:

¿Puede acaso alguno impedir el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?

Se refería al hecho de que los habían oído hablar en lenguas, de modo que sabían que habían recibido el Espíritu Santo al estilo del Domingo de Pentecostés.

Luego, en Hechos 19:2, cuando Pablo fue a Éfeso por primera vez, halló allí a unos discípulos. Sintiendo que les faltaba algo, les hizo la siguiente pregunta:

¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis? Y ellos le dijeron: Ni siquiera hemos oído si hay Espíritu Santo.

Ahora bien, si todos recibieran automáticamente la plenitud del Espíritu Santo al creer, ésa sería una pregunta tonta, ¿no es cierto? Por lo tanto, es evidente que Pablo no hablaba de nacer de nuevo, sino de la experiencia del Domingo de Pentecostés.

Ahora quiero hacer algo muy práctico: quiero decirle cómo recibir el Espíritu Santo. Sin duda, muchas personas aquí lo habrán recibido, pero me parece poco probable que en una reunión tan concurrida como ésta lo hayan recibido todos. No digo esto simplemente para los que no lo han recibido—aunque ustedes son mi primera prioridad—sino también para que tengan todos un patrón de cómo instruir a las personas acerca de recibir el Espíritu Santo. Quiero asegurarles que sí funciona. Es algo que he comprobado. No estoy simplemente ofreciendo teorías. Ruth y yo estábamos con un equipo en Zambia hace ya unos dos años, y había siete mil personas reunidas en una parte muy remota del país. Me esmeré en darles una enseñanza sistemática acerca de la obra de la cruz, liberación de maldiciones, liberación de demonios—lo cual es imprescindible en África—y luego, al cuarto día les di una enseñanza acerca del Espíritu Santo. Les enseñé casi lo mismo que les he enseñado a ustedes. Entonces dije: “Ahora quiero enseñarles a recibir”. Cuando ya estaban preparados para recibir, dije: “De ahora en adelante, no quiero que hablen ni una palabra más en su propio idioma. Hablen en un nuevo idioma”. Hubo una pausa de un minuto, y luego un hombre empezó a hablar en una nueva lengua, y en los treinta segundos siguientes, por lo menos unas cuatro mil personas recibieron el bautismo en el Espíritu Santo simultáneamente.

He visto ocurrir lo mismo en muchos lugares, en escala más pequeña. Estuve en una iglesia católica en Austria hace un tiempo, y el padre me invitó a dar una enseñanza acerca del bautismo en el Espíritu Santo y el hablar en lenguas. En la Iglesia Católica, cuando uno tiene al sacerdote de su parte, no puede perder. Uno se siente como si fuera el profeta Elías. Así que les di esta misma enseñanza. Había unas novecientas personas en esa iglesia. Cuando dije: “¿Cuántos de ustedes quieren recibir?”, por lo menos unas quinientas personas pasaron adelante. Les di unas indicaciones sencillas, e inmediatamente empezaron a hablar en lenguas, y luego a cantar en lenguas. En ese hermoso edificio de piedra y mármol se oyeron sonidos que nunca antes se habían oído. ¡Qué hermoso! Quinientas personas recién bautizadas en el Espíritu Santo, adorando a Dios y cantando en lenguas. Una vez que los católicos pierden el freno, es difícil detenerlos. No se sabe hasta dónde van a llegar. ¿Es correcto esto? ¿Es bíblica esta doctrina? Con tal de que la autoridad dentro de la Iglesia Católica la apoye, será aceptada inmediatamente. Esto tiene cierto valor, aunque también acarrea problemas.

Ahora quiero decir una cosa más, que es muy importante. El sello particular del bautismo en el Espíritu Santo es el hablar en lenguas. Algunas personas lo llaman la evidencia. En realidad, yo prefiero llamarlo la culminación del bautismo. No es la inmersión, ni la llenura, sino el desbordamiento. Ahora bien, es posible detenerse antes del desbordamiento. Muchas personas han sido llenas del Espíritu sin experimentar jamás el desbordamiento. Pero, ¿por qué detenerse allí? Pablo habla de recibir el sello del Espíritu Santo tanto en Efesios como en Corintios. Un sello es algo que se le pone a un artículo, ya sea un paquete u otro objeto, que lo señala. No es invisible; es algo que lo diferencia de todos los demás. Así es el sello del Espíritu Santo. Es algo que diferencia a las personas que lo tienen de todas las demás. Usted es una persona marcada una vez que recibe el Espíritu Santo; marcada por los hombres, y le advierto que marcada también por Satanás.

Ahora bien, ésta es mi opinión personal, pero el sello que veo en el Nuevo Testamento es el hablar en nuevas lenguas. Quisiera sacar a relucir cuatro verdades. En primer lugar, fue éste el sello que recibieron los apóstoles. Lo esperaron unos diez días, pero una vez que hablaron en lenguas, nunca más tuvieron que esperar. En realidad, de ahí en adelante, nadie más tuvo que esperar para recibir el bautismo. La idea de que hay que aguardar semanas, meses y hasta años, no es bíblica. Después de Pentecostés, ya no hubo que esperar. Conocí una vez a un hombre en una iglesia pentecostal, quien me dijo: “He estado esperando el bautismo por veinticinco años”. Le dije: “Sé cuál es su problema: quiere que Dios lo haga todo”. Él dijo: “Así es. Quiero que todo venga de Dios”. Le dije: “ Nunca lo conseguirá. Dios hará su parte, pero usted tiene que hacer la suya”. No me sorprendería que se haya ido a la gloria sin hablar en lenguas. Después de Pentecostés, no es bíblico esperar para recibir el bautismo.

Fue éste el sello que recibieron los apóstoles y que reconocieron en los demás. Un ejemplo notable es la familia de Cornelio. Pedro ni siquiera creía que los gentiles pudieran convertirse a Cristo. En cuanto los oyó hablar en lenguas dijo: “Bautícenlos; han recibido lo mismo que nosotros”. No esperó a ver el fruto; no se cercioró de que supieran las doctrinas correctas; dijo que habían recibido. Lo apóstoles nunca pidieron otro sello, y el Nuevo Testamento no revela ningún otro.

Ahora bien, regresemos al tema de cómo recibir. Antes que nada, veamos lo que dice Lucas 11:11–13. Éstas son palabras de ánimo. Jesús está hablando y dice:

¿Qué padre de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? ¿o si pescado, en lugar de pescado, le dará una serpiente? ¿O si le pide un huevo, le dará un escorpión?

Esencialmente, dice que un padre cuyo hijo le pide algo bueno nunca le dará algo malo. Entonces, lo aplica a nuestro Padre Celestial:

Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre celestial dará el Espíritu Santo a los que se lo pidan?

He oído a creyentes decir que no es bíblico pedir el Espíritu Santo. Sin embargo, Jesús dijo que si somos hijos de Dios nacidos de nuevo, tenemos el derecho de pedir el Espíritu Santo. Sin embargo, la responsabilidad de pedirlo recae sobre nosotros. Recuerde que si usted es un hijo de Dios nacido de nuevo y viene a Dios su Padre por medio de Jesucristo el Hijo—que es la única manera de venir—si pide algo que es bueno y bíblico, nunca recibirá algo malo. Tiene esa garantía. Sin embargo, la responsabilidad de pedir es suya.

Ahora, con el fin de considerar en sí los pasos necesarios para recibir, busquemos Juan 7, y leamos los versículos 37 al 39.

En el último y gran día de la fiesta, [el cual creo que fue la fiesta de los tabernáculos] Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.

Sin embargo, este lenguaje es demasiado pulido. La Biblia dice literalmente: “de su vientre..”. Recuerdo que cuando era niño, en la Iglesia Anglicana, siempre me chocaba un poco la lectura de ese pasaje, pues me parecía que era un tanto vulgar hablar de algo como el vientre en la iglesia. La verdad es que fluye de ahí. ¿Sabía usted que en el cuerpo del creyente hay una parte que le es reservada al Espíritu Santo? Es interesante notar que en griego la palabra significa “un lugar cóncavo”, y la raíz de esta palabra se usa también para referirse a la bóveda del cielo. No sea demasiado espiritual. El Espíritu Santo reside dentro de su cuerpo. De su vientre. Cuando recibí el bautismo ahí en un cuartel, sin que nadie más estuviera presente, lo sentí en el vientre. Me preguntaba qué iba a pasar después. Entonces le dije a Dios en voz alta: “Si quieres que hable en otras lenguas, estoy listo para hacerlo”. En el momento en que lo dije un fuego me subió desde el vientre hasta el pecho y luego hasta la garganta. Luego sentí algo como un pedazo de goma duro que daba saltos en mi boca. Me di cuenta que era mi propia lengua. Abrí la boca y empecé a emitir unos sonidos raros. Siempre se me ha quedado grabado que todo empezó en el vientre, así como dijo Jesús.

De su vientre correrán ríos de agua viva.

¿No le parece una transformación maravillosa? He aquí un hombre sediento que no tiene lo suficiente para sí mismo. Recibe el Espíritu Santo, y se convierte en un canal para ríos—no un río, sino ríos—de agua viva. ¡Qué transformación!

Luego el autor del evangelio hace el siguiente comentario:

Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en él [Jesús]...

De modo que los creyentes han de recibir el Espíritu Santo.

...pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado.

En este sentido, el Espíritu Santo no podía venir mientras Jesús no hubiera sido glorificado. ¿Cuándo fue glorificado Jesús? Cuando ascendió al cielo y tomó su lugar a la diestra del Padre.

Si regresamos un momento a Hechos 2, veremos que al resumir lo que ocurrió el día de Pentecostés, Pedro dice lo siguiente en los versículos 32-33 de Hechos 2:

A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos. Así que, exaltado por la diestra de Dios, [es decir, glorificado] y habiendo recibido del Padre la promesa del Espíritu Santo, ha derramado esto que vosotros veis y oís.

De modo que el Cristo glorificado recibió el don del Espíritu Santo del Padre y lo derramó sobre los discípulos, y fíjese que el resultado fue algo que se podía ver y oír. No fue simplemente una experiencia interna invisible, sino una que afectó su cuerpo y sus sentidos.

Regresemos a Juan 7 y hablemos de cómo recibir. Aquí hay cuatro pasos muy sencillos. El problema no es que sean complicados, sino que son sencillos. Las personas a quienes les gusta la teología y que quieren que todo sea complicado a veces encuentran que creer y poner en práctica lo que dice aquí es demasiado sencillo. ¿Cuáles son estos pasos? El primero es tener sed. “Si alguno tiene sed”. Es lo que Dios requiere de usted. No tiene que saber citar escrituras. Ni siquiera tiene que haber pagado siempre sus diezmos. Lo que sí es imprescindible es que tenga sed. Al acercarse las personas a mí, les digo: “Recuerde que el bautismo es para los que tienen sed y la liberación para los que están desesperados”. A veces, cuando las personas quieren que yo ore para que reciban liberación, les digo: “Escuche, no puedo ayudarle. No está desesperado. Regrese cuando sí lo esté”.

Sin embargo, no estamos hablando de eso ahora. Estamos hablando de recibir el Espíritu Santo. Es para un solo grupo de personas: para los sedientos. No es para los teólogos a menos que tengan sed. No es para las personas altamente espirituales, sino para los que tienen sed. Por lo tanto, si usted se siente débil e impotente, y totalmente incapaz de hacer lo que Dios requiere de usted, es un buen candidato. Satisface los requisitos. Se da cuenta de que necesita más de Dios. Eso es lo que significa tener sed. Es lo único que pide Dios.

En segundo lugar, Jesús dijo: “Venga a mí”. El hermano David DuPlessey lo ha dicho muy claramente: sólo hay uno que bautiza en el Espíritu Santo, y su nombre es Jesús. ¿Cuál es su nombre? Así es, Jesús. De modo que si quiere el bautismo en el Espíritu Santo, tiene que venir al que bautiza. No conseguirá el bautismo en ningún otro lugar. Ningún ser humano bautiza en el Espíritu Santo. Ellos bautizan en agua, pero sólo Jesús bautiza en el Espíritu Santo. Afortunadamente para nosotros, Jesús dijo: “Al que a mí viene, no le echo fuera”. Por lo tanto, si usted viene a él, tiene la seguridad de que lo recibirá.

¿Qué hay que hacer después? Aquí radica el problema. Aquí es donde se hace tan práctico y tan sencillo que la gente religiosa tiene problemas. Hay que beber. Nadie puede obligar a otra persona a beber si no quiere hacerlo. Como dice un dicho: Se puede llevar el caballo hasta el agua, pero no se le puede obligar a beber. También se aplica a los miembros de una iglesia. Nadie puede hacer que una persona beba; es algo que ella misma tiene que decidir hacer. Se trata de algo muy sencillo. Siempre le digo a la gente que nadie jamás ha recibido el bautismo en el Espíritu Santo con la boca cerrada. Nunca sucederá de esa manera. Hay que abrirse físicamente y empezar a absorber el Espíritu de Dios. No se está bebiendo agua natural, sino el Espíritu de Dios, el agua espiritual e invisible que Jesús derrama sobre usted. ¿Por qué la derrama? Porque usted se la pide. Es así de sencillo. Él dijo: “Si tú vienes a mí, yo lo haré”.

Ahora bien, la manera más fácil de beber es simplemente inhalando el Espíritu. He visto a cientos de personas hacerlo todas al mismo tiempo, y quiero asegurarle que ni una de estas personas dejó de recibir. Los que tenían dudas no recibieron nada. Lo digo porque el problema es que las personas se cohiben. Dicen: “Bueno, a mí nunca me enseñaron a hacer esto en la iglesia”. Quizás no.

Hay una etapa más. Ya ha bebido; ahora tiene que permitir que el Espíritu se desborde. “De su interior correrán ríos de agua viva...Esto dijo del Espíritu..” De modo que la etapa final es el desbordamiento. ¿Cómo sucede? Fluye a través de la boca mediante palabras. “De la abundancia del corazón habla la boca”. Ya que el Espíritu lo llena de manera sobrenatural, habrá un desbordamiento sobrenatural. No hablará un idioma que conoce, sino uno que el Espíritu Santo le dará: un idioma que nunca ha oído ni aprendido, que no entiende, y que probablemente nunca llegue a entender.

¿Cómo sabemos que hemos recibido algo legítimo? Lo sabemos porque pedimos algo bueno. Dios nos ha garantizado por escrito, en Lucas 11:11–13, que si pedimos algo bueno, nunca recibiremos algo malo. Quisiera que todos lo repitieran. “Si pido algo bueno, nunca recibiré algo malo”. Ahora vuélvase a la persona a su lado y repítaselo: “Si usted pide algo bueno, nunca recibirá algo malo”. Muy bien. Ya estamos convencidos.

Ahora permítame señalar las dos objeciones que pone Satanás. Si yo preguntara cuántas personas aquí han sido bautizadas en el Espíritu, encontraríamos que el 90 por ciento de los que están aquí levantaría la mano. Cuando usted empieza a hablar en lenguas, el acusador de los hermanos está ahí mismo a su lado, y la primera piedra de tropiezo que le pone es que le dice: “Eso no es algo auténtico. Lo estás haciendo tú mismo”. ¿Cuántas personas aquí lo han recibido? Levanten la mano. ¿Se da cuenta? Casi todos aquí. Entonces, ¿cuál es la respuesta? Necesita tener la respuesta. La respuesta es: “Satanás, tienes razón. Lo estoy haciendo yo mismo. Yo estoy hablando, pero el Espíritu Santo me está dando el lenguaje”. En Hechos 2 dice: “Comenzaron a hablar según el Espíritu les daba que hablasen”. El Espíritu no habló por ellos; les dio las palabras. Por eso le dije al hombre que había esperado el bautismo por veinticinco años que moriría sin recibirlo ya que él quería que Dios lo hiciera todo. Dios no lo hará todo. Haga usted su parte, y Dios hará la suya. Dios no lo obligará a hablar. He oído a personas decir que el Espíritu Santo les obligó a hacer esto o aquello. Eso no lo creo. El Espíritu Santo no obliga a un hijo de Dios a hacer nada. El apóstol Pablo dijo: “El Espíritu Santo me dijo que fuera”, pero no dijo: “El Espíritu Santo me obligó a ir”. Tenemos libre albedrío y Dios nunca lo anulará, porque él nos creó así. Hay que decidirse a hablar, y no se puede hablar con la boca cerrada.

He ayudado a muchas personas. Les digo: “Escuche, abra la boca; mueva la lengua y los labios. Hable claramente. Enuncie cada palabra. Usted está en control. Usted toma las decisiones. Su voluntad es el interruptor. Hay corriente, pero usted es el único que puede encender la luz”.

Bien. De modo que hay que responderle a Satanás: “Así es, Satanás. Lo estoy haciendo yo mismo. Yo hablo, pero el Espíritu Santo me da las palabras”.

La segunda objeción es la siguiente: “¿Cómo sabemos que en realidad hemos recibido el bautismo en el Espíritu Santo?” Suena muy tonto hablar en lenguas. En realidad, casi cualquier idioma desconocido suena raro. Estando en diferentes partes del mundo, he oído muchísimos idiomas que no conocía, y todos me sonaban raros. Un idioma desconocido siempre parece extraño. Sin embargo, ¿cómo sabemos que en realidad hemos recibido el Espíritu Santo? Usted acaba de decírselo a la persona que está a su lado. ¿Cómo lo sabemos? Porque se lo pedimos a Dios y él nos prometió que si pidiéramos un don legítimo de él, nunca recibiríamos algo malo o indebido. Hermanos, todo esto se basa en la fe. No hay ninguna otra manera de venir a Dios. “Es necesario que el que se acerca a Dios [¿haga qué?] crea que le hay, [y eso no basta] y [crea que] que es galardonador de los que le buscan”.

Ahora lo único que hace falta es que recibamos. Hay algunos de ustedes que no han sido bautizados en el Espíritu Santo en el sentido de que no tienen ese sello. Tal vez hayan recibido, pero no han experimentado el desbordamiento. Y hay algunos de ustedes que sí lo han experimentado, pero se han preguntado si es algo legítimo, y nunca han tenido ni la fe ni el valor de seguir practicándolo. Nunca han experimentado el libre fluir del Espíritu. Si quisieran experimentarlo aquí esta mañana antes de que termine esta reunión, quiero ayudarlos. Voy a pedirles que se pongan de pie. No tengan pena. Cuando estén de pie, voy a guiarlos en una oración mediante la cual pueden venir a Jesús y recibir. No tenemos mucho tiempo, así que si quiere recibir, póngase de pie ahora, en el lugar donde esté. No tenga pena ni vergüenza. No hay por qué estar avergonzado. Lo más lógico es ir a Dios para recibir lo mejor.

Hay algunos de ustedes que no saben si han recibido o no. Han dicho algunas palabras, y sus labios se han movido, pero en realidad no están seguros. Quisiera que ustedes también se incorporaran, porque el Espíritu Santo puede fluir a través de ustedes como un río cristalino. Le digo a la gente: “Recuerde, no se trata de un charco, sino de un río que sigue fluyendo sin detenerse”. No vale decir que en 1974 habló en lenguas una vez. El hablar en lenguas no es así. En ese caso, no sería un río, sino un charco.

Cualquier otra persona que quiera ponerse de pie lo puede hacer. ¿Alguien me puede decir cuánto tiempo tenemos? Cinco minutos. Está bien; es suficiente. Podemos recibir en cinco minutos. Es más que suficiente. No tarda mucho recibir el Espíritu.

Ahora bien, voy a orar en voz alta y quiero que repita la oración frase por frase. Recuerde que no me está dirigiendo la oración a mí, sino al que bautiza, al Señor Jesucristo. Yo lo guiaré en una oración mediante la cual usted le dirá a Dios que viene a él sediento. Al terminar, diremos “amén” para que usted sepa en qué momento debe dejar de orar. De allí en adelante, no siga orando, ¿de acuerdo? ¿Qué debe hacer? Debe empezar a beber. ¿Está bien? No es preciso jadear; simplemente inhale con tranquilidad el Espíritu de Dios. Enciérrese con el Señor. Olvídese de que hay otras personas alrededor. Entonces vendrá ese momento de fe en que empezará a usar su nuevo lenguaje. Algunos de ustedes están listos para hacerlo ahora mismo. Tienen que romper la barrera del sonido. No tienen que gritar,ni vociferar, pero sí tienen que hablar lo suficientemente alto como para oírse, de modo que, cuando salgan de aquí, tengan la seguridad de que han hablado en lenguas. ¿De acuerdo? Recuerde, cuando lleguemos al amén, no hable más en su propio idioma, ya sea inglés, filipino, español, chino, japonés, o cualquier otro idioma. Bien. Repita estas palabras:

“Señor Jesucristo, creo que eres el Hijo de Dios y que moriste en la cruz por mis pecados, y resucitaste de los muertos. Confío en ti para recibir perdón y limpieza de mis pecados. Creo que me has recibido como hijo de Dios, y ya que tú me has recibido, me recibo a mí mismo como hijo de Dios. Si en mi corazón hay cualquier resentimiento o falta de perdón, lo abandono ahora; perdono a todas las demás personas como deseo que Dios me perdone a mí. Si he estado involucrado alguna vez en el ocultismo, reconozco que es un pecado. Te pido perdón, y en el nombre de Jesús, me desvinculo ahora mismo de todo contacto con Satanás y el poder del ocultismo. Y ahora, Señor Jesús, vengo a ti como el que bautiza en el Espíritu Santo. Te presento mi cuerpo para ser un templo de tu Espíritu. Te entrego mi lengua para ser un instrumento de justicia, para adorarte en un nuevo lenguaje. Por fe lo recibo ahora y te doy gracias por ello en el nombre de Jesús. Amén."

Ahora simplemente empiece a beber. Inhale el Espíritu; absórbalo. Entonces empiece a hablar. Simplemente abra la boca, mueva la lengua y los labios, y déle su voz. Muchos de ustedes están listos para hacerlo ahora mismo. Así es. Al mover los labios y la lengua, entréguele su voz. Eso es. No tiene que tener pena de haber recibido el Espíritu Santo. Él es un huésped de honor. ¡Aleluya! ¡Gracias, Señor! 

Pongámonos todos de pie y adoremos a Dios en lenguas, todos juntos. Gracias, Señor Jesús; gracias, Jesús. Te alabamos, Señor; te damos la gloria. Aleluya. Amén. 

¡No está mal que se emocione! Tomen unos minutos para disfrutar de lo que han recibido. Amén, te alabamos, Señor Jesús. Te damos la gloria. ¡Jesucristo es el Señor! Amén. ¡Él ha triunfado sobre el pecado, la muerte y la tumba! Ha resucitado de entre los muertos! Ha ascendido a la diestra del Padre. Toda autoridad en el cielo y en la tierra le ha sido dada a Jesucristo. Alábelo. Glorifique su nombre. Déle gracias. Aleluya. Gracias, Señor. Amén. 

Ahora vuélvase al que está a su lado y diga: “¡Gloria a Dios!”

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